
La noción de juventud es uno de esos conceptos que nos permite dimensionar la incidencia de las condiciones sociales, culturales, políticas, económicas, en definitiva, coyunturales y fluctuantes; respecto al sentido que se le atribuye.
De eso se ocupa la historiadora Valeria Manzano, que viene investigando desde hace mucho las vicisitudes de esta categoria, y cuyos análisis permiten lecturas más atinadas respecto a temas de suma actualidad, que van desde las dificultades que atraviesan para poder dejar la casa familiar, pasando por la insistencia de otros grupos etarios por aferrarse a esta etapa, llegando al feminismo como el fenómeno social más relevante del último tiempo, y la paradójica relación que puede establecerse con otra cara de la juventud: aquella que radicalizó posturas, que luego sintonizaron, por ejemplo, con las propuestas de la Libertad Avanza.
—Hoy en día, los niños visten y escuchan música de adolescentes, así como los adultos se empeñan en parecer jóvenes. ¿Es la juventud un terreno en disputa?
— Absolutamente, y creo que esto se intensificó en las últimas dos décadas, en las que se produjo un amesetamiento en el sistema de edades: la juventud tiende a ocupar cada vez más espacio, y coincido en que es una cuestión que tiene que ver con la entrada y la salida al espacio de la juventud. Es muy evidente que para las infancias contemporáneas, especialmente para las nenas, el ingreso a la adolescentización es muy temprano, y tiene que ver con pautas de vestimenta, de consumo, incluso se da cierta sexualización que las van aproximando cada vez más a la pubertad. Y luego están las dificultades en lo que es el deseo de salida de la juventud. En términos experienciales, el fin de la juventud asociado al inicio de la conyugalidad y un hogar propio, ha sido relativamente consensuado como un final de la edad juvenil. Pero eso, en los últimos 20 años, está mutando. En términos socioeconómicos las dificultades para salir de la casa familiar hacen que el proyecto de conyugalidad se posponga o se anule. Lo cierto es que hay un deseo colectivo de seguir estando dentro de ese territorio, por pautas de consumo, y de otras cuestiones: no es un dato menor que la Argentina sea el segundo país de América Latina en donde se practican mayor cantidad de intervenciones estéticas.
—¿Puede estar el «edadismo», que asocia vejez a decrepitud, entre las causas del intento de permanecer en el terreno de la juventud? ¿Es la categoría de envejecimiento saludable una manera simbólica de encontrar una salida a este prejuicio?
— Si, pero esa contraposición es la que en definitiva terminó borroneando lo que durante un tiempo largo, históricamente hablando, más se validó, que era la edad adulta. La contraposición pareciera ser efectivamente juventud versus decrepitud, sin que opere ese eslabón que estaba suavizando ese pasaje. Deberíamos volver a pensar qué quiere decir ahora ser adulto, que creo que es lo que se está difuminado.
—¿Y qué significa hoy ser joven, teniendo en cuenta las rupturas y continuidades históricas?
— Hay cuestiones, en términos de continuidades, que se sedimentaron y las podemos ver operando hasta el momento, como la manera en que el Estado ha sido capaz de establecer marcadores de edad, especialmente en relación con el sistema educativo. Desde 2007, con el establecimiento de la educación media obligatoria, se consolidó un movimiento que viene de todo el siglo XX. También, desde la década del 80 el sistema de educación superior universitaria se está expandiendo considerablemente, y si bien durante el siglo XX hubo una creencia colectiva de que el ascenso y la movilidad social ascendente se vinculaban estrechamente al ascenso en la escalera educativa; eso puede ser leído como un signo de ruptura. Hoy la educación se establece como marcador de edad, pero la confianza en que estar mejor educado implica ascender, se quebró en algún momento de los 90, y, es muy difícil de recomponer. Por otro lado, hay otra cuestión que también se sedimentó a lo largo del siglo XX y que ahora es cada vez más obvia: los vínculos intrínsecos entre identidades juveniles, cultura de masa y consumo. La actual, atravesada por lo digital, vuelve a tener a los jóvenes en el centro, marcando una brecha muy importante con las generaciones anteriores: la idea del nativo digital.
—¿Qué podemos decir respecto a la relación histórica entre juventud y política?
—El vínculo entre juventud y política de masa s creo que es intrínseco. A lo largo del siglo XX, los partidos que pretendieran tener una relevancia pública desarrollaron sus ramas juveniles, con la idea de proyectarse hacia el futuro. Y esa es una línea de continuidad muy evidente: al iniciar el siglo XXI, hubo un proceso muy intenso de atracción de jóvenes a los partidos de todo el espectro ideológico. Las grandes oleadas de movilización política en lo que va del siglo XXI estuvieron también protagonizadas por jóvenes: entre 2015 y 2020, con la renovación de los feminismos y de los antifeminismos, que tuvieron en el centro una nueva corte juvenil, de chicas que transformaron el modo de activación política en un movimiento social mucho más amplio.
–¿Cómo se configura hoy la relación entre juventud y política?
— Las minorías intensas, que se activan fuertemente incluso en los momentos de mayor politización, pueden ayudarnos a analizarlo. Pienso en la década del 70, que en términos sociodemográficos se configuraban como una minoría, pero eran particularmente intensos. En los últimos diez años, estamos asistiendo a algo similar, con dos grandes características: la digital, pero también la pista callejera, que en la política argentina habitualmente no falta. El dato más importante que surge en las últimas elecciones tiene que ver con un importante componente del voto juvenil masculino hacia la Libertad Avanza. Habría que pensar por dónde pasa esta atracción de quienes no se involucran de manera directa con X, pero que están ahí. Creo que hay un componente socioeconómico y sociocultural. Y ahí hay una afinidad entre las creencias de estos jóvenes en torno a las posibilidades individuales, no de progresar, sino de mejorar su propia situación, y cierta idea más sistematizada sobre el emprendedurismo. También hay un punto de convergencia ideológico, si consideramos que dentro de la población juvenil son básicamente los varones quienes están apoyando las propuestas más extremas de la derecha, hay algo en cómo se fueron configurando públicamente las demandas de los nuevos feminismos, sobre todo 2015 en adelante, que generó un efecto, en principio, de bastante silenciamiento, sobre todo de los varones adolescentes. Y luego, rumbear sobre lo que podemos llamar privilegios perdidos, que después se expresó políticamente en el apoyo a quien venía a plantear el orden genérico que iba a restituir.
—Los historiadores tienen la ventaja de poder observar los procesos en tanto ciclos. ¿Puede tu análisis darnos una pista respecto de hacia dónde vamos?
—Ojalá pudiéramos. Hay algo que ya estamos empezando a transitar: cada momento de radicalización, supone también un momento de desradicalización. Por muchas razones, pero una de las más importantes es que los compromisos militantes son desgastantes. Y mucho más cuando se solapan con ciclos vitales, como el pasaje de un momento de la vida a otro. Eso no quiere decir nada en torno al signo ideológico o al signo cultural al que estamos yendo. Pero sí, hay un momento donde la cresta de la ola está muy alta y tiende a bajar. Y tengo la impresión, aunque esto es especulativo y de observación, que la cresta de la ola ya está bajando. ¿Qué queda de todo? No sabría decirlo. No me gustan las etiquetas, pero la percepción de que las nuevas juventudes configuran una generación de cristal, no nos dice solamente que son más frágiles, más emocionales, que tienen una conexión diferente con el yo y con la singularidad. Creo que este dato nos está hablando también de un momento cultural contemporáneo, en el cual está en el centro de la escena la reflexión sobre el bienestar, y que pone en el centro la salud mental.
Señas particulares
Valeria Manzano es doctora en Historia Latinoamericana, investigadora del Conicet y profesora en la Escuela de Altos Estudios Sociales de la UNSAM. Recientemente publicó “Historia de la juventud en la Argentina en los siglos XX y XXI”. Dictó cursos de grado y posgrado en universidades de Chile, Costa Rica, Estados Unidos y Suiza.