
Sin que haya mediado una razón que disparara la memoria, me acordé esta mañana de una compañera de escuela muy singular, que durante nuestra infancia envidiaba a viva voz no los encantos sino los reveses de los demás.
Era frecuente escucharla decir para sorpresa de los miopes y de los que padecíamos las visitas al dentista: “Ay, ¡anteojos! Me encantaría tenerlos” o “¡Qué bueno: usás aparatos!”. Sucedía algo parecido con las quebraduras: para ella no había nada mejor que un yeso.
La primera reacción ante sus comentarios era de asombro, tratando de calibrar si la expresión era broma o burla. Pero M parecía anhelar de corazón los artefactos que llegaban en auxilio de una naturaleza en jaque, que nunca era la suya.
Sigue siendo un enigma para mí. Me he preguntado si había en ella una desesperada necesidad de agradar, solidaridad con quienes requeríamos correcciones o la sensación honesta de que esos dispositivos eran deseables porque elevaban a quien los portaba por sobre el resto, al estilo de los superpoderes que ejercitaban los personajes de “El hombre nuclear” o “La mujer biónica”, dos series de televisión de aquellos años, en las cuales la tecnología potenciaba ciertas capacidades.
Como las asociaciones son caprichosas, aún hoy vinculo a M con esos cuestionarios que indagan por algo de la propia personalidad que no gusta y en los que las respuestas, por autopreservación, se alejan convenientemente de la verdad. ¿Qué hubiera dicho ella entonces?
¿Habría respondido listando la ortodoncia que no requería o los yesos que no supo conseguir? ¿O nos habría dispensado una zambullida parecida al “sincericidio” diciendo, por ejemplo: “No me gusta ver lo que deseo siempre en otros”?
Puestos a explicar, puede también que lo de M haya sido pura altivez. El gesto condescendiente de quien cree que puede jugar a necesitar porque no necesita; un sostenido “como si” en el que cabe fantasear con otras vidas posibles con más conflicto y más ficción, anabolizadamente interesantes a los ojos de quien mira.
No sé qué fue de ella. Si vive en Córdoba todavía o cambió de territorio. “…el tiempo conmueve, el tiempo reclama el contacto, ser palpable”, dice un poema de Louise Glück. La edad, que suma prótesis y refuerzos a nuestra arquitectura, habrá resuelto, confío, las ansias de M de galvanizar, junto con el cuerpo, la armadura y los lances que le tocaron en suerte.