
Javier Molina se define como «un vecino de Monte Grande de toda la vida». Nació en una familia gastronómica y trabajó 25 años en ese rubro hasta que perdió la vista por una enfermedad genética. En ese momento, decidió retomar un hobby que tenía de la juventud y se reencontró con lo que realmente lo apasionaba en la vida: la carpintería.
Desde hace más de quince años, Molina se dedica a trabajar la madera. Hoy en día, tiene su propio local y empleados a cargo. «Poder trabajar con mis manos me dio la esperanza y seguridad que me hacía falta», relata en diálogo con Clarín.
La historia de Molina está atravesada por un giro inesperado. La pérdida de la vista, lejos de paralizarlo, lo empujó a replantear su vida. “Lo que me trajo acá fue algo muy loco. Perder la vista me mostró otro mundo”, cuenta. La causa fue la retinosis pigmentaria, una enfermedad genética cuyos primeros síntomas comenzaron a manifestarse durante su adolescencia. “Empecé a notar cosas entre los 13 y 15 años”, recuerda.
Durante años convivió con el deterioro progresivo de su visión mientras sostenía su actividad en el rubro gastronómico. Hijo del fundador del restaurante Piú, llegó a manejar su propio local incluso con la visión casi deteriorada por completo. Sin embargo, el desgaste lo llevó a buscar otro camino. “Tenía un restaurante y lo manejaba sin ver, pero estaba cansado”, explica. Fue entonces cuando se permitió explorar nuevas formas de expresión, primero a través de la escultura y la cerámica. “Poder trabajar con mis manos me dio la esperanza y seguridad que me hacía falta”, afirma.
Ese proceso de búsqueda lo acercó, casi de manera natural, a la carpintería, un interés que había tenido desde chico. Comenzó de a poco, probando en su casa y luego aprendiendo junto a otros carpinteros. “Empecé a aprender, aprender y aprender. Una cosa te lleva a la otra”, resume.
Con el tiempo, Molina logró abrir su propio taller en Monte Grande. El espacio se llama @La.car.pi. Las redes de la carpintería se pueden encontrar con el mismo nombre. Ubicado sobre Ramón Santamarina 470, el galpón fue construido íntegramente con materiales reutilizados. “Todo está hecho con material de demolición. Antes era un lote, un terreno. Con las chapas viejas, persianas, ventanas y postes que quedaron armamos todo este galpón”, explica.
La lógica de la reutilización también atraviesa cada uno de sus muebles. Molina consigue materiales en subastas o a partir de objetos que le acercan vecinos y conocidos. En ese proceso, la creatividad juega un rol importante. “A veces voy a comprar a remates o me traen cosas y se me ocurre algo”, cuenta.
Molina cuenta que en su taller se mueve con una seguridad que sorprende a quienes lo visitan por primera vez. Conoce cada herramienta y cada rincón del lugar. “Es increíble, pero sé dónde está todo”, explica. Para él, logró desarrollar tanto el tacto que, incluso, llega a reemplazar a la vista: “Mis manos son mis ojos”. Esa naturalidad genera incredulidad en algunos clientes, que dudan de su condición. “Hay gente que no me cree. Se van pensando que es mentira que no veo”, cierra.