«Hablando con los árboles, esperando las respuestas / esperando, el mundo cambia» muestra Neil Young en “Talkin to the trees”, canción que además de dar título a su más reciente álbum nos muestra al maestro canadiense en un estado bucólico, de aparente paz consigo mismo, reflexivo y más maduro, si es que puede decirse así, que nunca. Más allá del tema titular, en estas diez nuevas canciones que componen su último álbum hay espacio tanto para bofetadas eléctricas de alto calibre como para esas canciones intimistas y reposadas que tan bien se le dan, conformando un equilibrio que si bien para el oyente menos avezado puede ser reconfortante también coloca a Hablando con los árboles en ese punto de indefinición al que por desgracia nos estamos acostumbrando en los últimos tiempos con los nuevos pasos discográficos de Young y los suyos.
Por qué Hablando con los árbolesdigámoslo ya, se queda a medio camino entre lo que podría haber sido y lo que finalmente es. Primer lanzamiento con material original (grabado en el presente) desde World Record (2022) supone el estreno de su nueva banda de acompañamiento, unos Corazones cromados que cuentan en sus filas con los miembros de Promesa de lo real, Anthony Logerfo (batería), Corey McCormick (bajo) y Micah Nelson (guitarra y coros) sumando a Spooner Oldham (teclados), colaborador habitual del canadiense desde los lejanos tiempos de Llega un momento (1978). Si ya con los Caballo loco lleva unos cuantos discos que no pasan de correctos, esta nueva formación, en realidad una variación mínima de los Promise, no consigue insuflar al canadiense nuevos bríos o mayor cuidado por la producción y el remate de las canciones. No estamos ante un mal disco, ni mucho menos, pero tampoco ante uno que se vaya a recordar dentro de unos años. Sonidos familiares, canciones correctas y los mismos defectos de siempre, empezando por su ya manida autocomplacencia.
Para bien y para mal, en los tres primeros cortes podemos ver resumido lo que va a ser el álbum y, si me apuran, su carrera en las últimas décadas. Abre “Family life”, breve canción de regusto campestre donde la slide guitar y la armónica nos trasladan a un punto indeterminado del espacio tiempo donde flota la inconfundible e imperecedera voz de Young. Cero novedades, pero suena bonita. Tras ella, “Dark Mirage” tiene la suciedad y mala hostia que reclama la canción, pero uno se pregunta que hubiera sido de ella si la hubiese registrado con los Crazy Horse. La potencia sin control… A continuación “A first fire of the Winter” nos recuerda el maravilloso intérprete que sigue siendo el de Ontario, la sabiduría que atesora su voz, pero es tan parecida a la magnífica Helpless que uno se pregunta si realmente la humanidad necesitaba esta especie de versión descafeinada. Ni duele ni sana.
A partir de aquí, y exceptuando la canción titular citaba al comienzo de la reseña, que sí que cumple con lo que uno podría esperar de un genio como el NY, hay canciones de todo tipo con regusto a estar de vuelta y tener más ganas de grabar que de trabajar en la mayoría de los casos: ahí están la muy Pete Seeger “Silver Eagle” que es más un homenaje que una canción original, la potente y hueca “Lets roll again”, una “Big chance” que suena a descarte de Mirrorball (1995), una “Movin ahead” destartalada a lo Tom espera pero con menos polvo acumulado o esa despedida acústica de “Thankful” que tanto remite al glorioso Cosecha de luna (1992). En resumen, un álbum que se escucha con facilidad y que a buen seguro acompañará alguna tarde del próximo otoño para muchos de los fans Neil Young pero que no está llamado a trascender.
Escucha Neil Young y The Chrome Hearts – hablando con los árboles
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