«¿A dónde me trajeron, hijos de puta?». En abril de 1994, a dos meses del Mundial de aquel año en los Estados Unidos, Diego Maradona se encontraba sin club y en un complicado momento personal. La chance de jugar su última Copa del Mundo con la Selección parecía poco menos que una quimera. Pero el Diez tomó una decisión que lo cambió todo: se aisló durante una semana en un campo en La Pampa, donde batalló contra la abstinencia y logró ponerse a punto para su Last Dance albiceleste.
Diego había vuelto a la Argentina en 1993 para jugar en Newell’sun paso que duró apenas cinco partidos y terminó precipitadamente a inicios de 1994. A eso le siguió el turbulento episodio de los balines contra los periodistas que le hacían marca personal en su quinta de Moreno. Y mientras la Selección del Coco Basile, que incluso con la vuelta de Maradona venía de penar contra Australia en el Repechaje para clasificar al Mundial, empezaba con su preparación, DAM era noticia por lo que hacía fuera de las canchas.
Campeón del mundo en el 86 y finalista cuatro años más tarde en Italia, Diego abrigaba el sueño de defender una vez más la camiseta de la Selección. Llevaba un par de meses sin actividad -su último encuentro había sido un amistoso en enero- y, aun con la magia intacta, estaba muy lejos en lo físico. Fue allí que surgió la chance de ir a La Pampa, para intentar torcerle la mano al destino.
El puente entre Diego y La Pampa
Tras el controvertido episodio de los balines, en febrero del 94 Diego se fue de vacaciones al balneario Oriente, ubicado en Coronel Dorrego, donde ya había veraneado en otras ocasiones. Allí, rodeado de familia y algunos amigos, conoció a Ángel Rosa, dueño de la estancia «El Marito» (ubicada a unos 60km de Santa Rosa), quien le dejó una invitación abierta a la provincia por si en algún momento quería ir allí a descansar o incluso a cazar. Nunca se imaginó que el convite, casi una formalidad en ese entonces, terminaría siendo clave en una de las últimas reinvenciones de Maradona.
Fuera de estado y sin roce futbolístico, previa charla con Basile, Diego toma la decisión de hacer el intento de llegar al Mundial. Para cualquier otro hubiera sido impensado, pero Maradona no era cualquiera. Barajan tres opciones y terminan decantando por el campo en La Pampa, un lugar que no conocían pero que, por las distancias, les iba a impedir acercarse a los periodistas: la tranquera estaba a unos 200 metros de la casa.
Su llegada a Santa Rosa convocó a cientos de pampeanos que fueron a recibir a la gran celebridad pero, en los días siguientes, estaría acompañado por unos pocos. Con él viajaron Fernando Signorinisu histórico preparador físico; Don Diego, su papá; el doctor Néstor Lentini, Marcos Franchi, su representante; algunos amigos y, en los últimos días, se sumaron Claudia y sus dos hijas. Hasta pasó a visitarlo Coco Basile, una motivación especial.
«Yo en principio lo desalenté, le dije que ya estaba coronado, que ‘aumentaste mucho de peso’, que el problema de la adicción, pero me convenció con eso de que quería jugar porque era la primera vez que las hijas lo iban a ver en un Mundial», rememora con Olé el profe Signorini, protagonista privilegiado y obligatorio de aquellos días en La Pampa.
Vuelta a Fiorito
Los días de Diego en La Pampa transcurrieron en una casa humilde, sin los lujos a los que estaba acostumbrado el mejor jugador del planeta. Leía el diario, escuchaba la radio y despertaba a todos por las mañanas al ritmo de «Vení Raquel», de los Auténticos Decadentes. La única televisión de la estancia era en blanco y negro, y sintonizaba un solo canal.
Fue ese el efecto que buscaba Signorini: «Le dije, ‘para llegar de nuevo tenés que salir de un lugar parecido, nada de lujo, de opulencia: intimidad’. Un lugar parecido a Fiorito, en contacto con la naturaleza. El día que llegó se acordó de mi mamá y de toda mi familia, ja, pero al otro día ya estaba encantado de estar ahí».
En la vastedad pampeana, este superhombre que vivía a mil kilómetros por hora pudo por fin bajase un rato del auto. Conectar no solo con el medio ambiente, sino también con su padre y su infancia. Por eso se afeitaba al sol, orgulloso, «como mi viejo en Fiorito».
El Rocky de La Pampa
Entre el 10 y el 17 de abril de 1994, Maradona se sometió a un exigente entrenamiento que incluyó jornadas de hasta tres turnos. Por la mañana, el campo era su escenario. Trote por caminos de ripio, estaciones de trabajo improvisadas con ramas y árboles, estiramiento contra una tranquera, fuerza con un serrucho y picados improvisados con baqueanos de la zona.
Por la tarde, después del almuerzo a cargo de Don Diego, se trasladaba en auto a Santa Rosa para complementar el entrenamiento. Cinta, boxeo en el gimnasio Petit Luna Park, donde guanteó con el excampeón argentino Miguel Ángel Campanino, y natación en la pileta cubierta del club All Boys. Las imágenes cinematográficas que retratan aquellos días hacen recordar la mítica preparación de Rocky Balboa en sus películas.
«La idea era ocupar mucho tiempo en el día, sabía que él podía padecer el síndrome de abstinencia, había dejado todo en Buenos Aires para poder llegar a cumplir el compromiso del Mundial», agrega Signorini, 32 años después de aquel abril.
Es que, más allá de alejarse del ruido mediático, instalarse en aquel campo lo obligó a Maradona a tomar distancia de la noche y las tentaciones que lo rodeaban. Hasta que una madrugada, el tan temido episodio sucedió. «Cerca de medianoche, Diego apareció en mi pieza y me hizo una seña que entendí rápido. Salimos a correr, había una luna llena que iluminaba el campo y un frío bajo cero. Corrimos casi hasta el colapso, hasta que en un momento resopló y dijo: ‘Ya está’. Fue la única vez».
Este prodigio físico que tantas veces dio ventajas, logró transformarse una vez más durante aquel retiro en La Pampa. Según el propio Signorini, bajó cerca de 14 kilos, y logró ponerse a tono en tiempo récord, como si nunca hubiera parado. Tres días después, el 20/4/94, volvió a ponerse la camiseta de la Selección en un amistoso contra Marruecos que se jugó en Salta, como despedida previa al Mundial. Fue victoria 3-1, con gol y asistencia de Diego. El último que gritó en el país con la celeste y blanca.
En la previa del Mundial 94, la Selección se impuso con tantos de Maradona, Balbo y Perico Pérez. (Youtube: Juan Payllalef)
«Elijo esos diez días, de todos lo que pasé con Diego. Fue un momento muy especial, más que los mundiales. El hermoso desafío de escalar esa montaña tan alta, con su talento pero también con su amor propio y resiliencia para pasar por el dolor y permanecer en él», detalla un Signorini ya ganado por la emoción.
Y remata: «Un fenómeno así es como un Messi, tipos que son inexplicables. Escucho que hay muchos que quieren explicarlo, no se puede. No son atletas que juegan, son artistas. El campo de juego es su escenario».
La calle Maradona y el circuito que no fue
El paso de Maradona por La Pampa dejó huella en sus lugares y en su gente. Entre varios, se la dejó a Diego dal Santo, historiador del Diez y autor del libro «Maradona en La Pampa» (Ed. Fútbol Contado), que en 2005 abogó por la calle que hoy lleva su nombre en Santa Rosa -«D. A. Maradona»- pero que todavía reclama un homenaje más explícito para recordar aquellos días.
«Se podría hacer algo para recordar la venida de Diego, que no es un hecho habitual, es como si hoy, abril del 2026, Messi hubiese venido a La Pampa a ponerse a punto para el Mundial. No es algo normal»cuenta Dal Santo. Hace algunos años se habló de armar un circuito maradoniano en la ciudad, pero después quedó en la nada.
«Otras provincias o localidades recuerdan todos los años cuando allí estuvo Diego, pero en La Pampa no. Se podría recordar, poner placas en algunos lugares como la pileta del Club All Boys o en las páginas web oficiales del Gobierno», insiste Dal Santo.
La humilde casa donde ocurrió la magia, 32 años más tarde, hoy está prácticamente igual: «Si vos vas hoy y ves las imágenes de Maradona en aquella época, parece suspendida en el tiempo, parece que Diego hubiese venido ayer».





