Cuando se piensa en santuarios para la vida silvestre, la mente suele ir hacia la selva amazónica, la Gran Barrera de Coral o parques nacionales como Yellowstone y Yosemite. Pocos pensarían de inmediato en la zona de exclusión de Chernóbil o en la zona desmilitarizada (DMZ) entre Corea del Norte y Corea del Sur.
Sin embargo, esos dos lugares prohibidos para los humanos se convirtieron en algo inesperado: refugios naturales donde la fauna y la flora encontraron espacio para recuperarse.
En 1953, tras el armisticio que puso fin a la Guerra de Corea, se trazó la DMZ: una franja de 248 kilómetros de largo y 4 kilómetros de ancho que divide la península. Desde entonces, el tránsito libre entre los dos países resulta imposible. El área está plagada de minas terrestres y las actividades humanas son extremadamente limitadas. Pero los animales y las plantas no conocen fronteras.
De acuerdo con la BBC, el Instituto Nacional de Ecología de Corea del Sur confirmó que 6.168 especies de vida silvestre habitan en la DMZ, entre ellas el 38 por ciento de las especies en peligro de extinción de toda la península.
El área alberga águilas reales, cabras montesas, ciervos almizcleros y muchas plantas endémicas que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo. Más de siete décadas sin interferencia humana bastaron para transformar una franja de guerra en uno de los ecosistemas más ricos de Asia.
Se observa un caballo de Przewalski en un bosque quemado de la zona de Chernóbil, Ucrania, el 12 de abril de 2021 | Foto: Reuters/Gleb Garanich.Seung-ho Lee, presidente de The DMZ Forum —una organización dedicada a la conservación en la zona—, explicó que la naturaleza quedó «protegida accidentalmente por el armisticio».
«La naturaleza ha recuperado su propiedad. Muchos animales y las especies de aves, sobre todo, (han tenido) mayor acceso al área, mientras la mayor parte de la actividad humana ha desaparecido», afirmó.
Lee también destacó que varias de esas especies tienen relevancia mundial, como las grullas que viven en la DMZ pero que «vuelan por todo el mundo».
El desastre de Chernóbil y su paradoja ecológica
El 26 de abril de 1986, un reactor de la central nuclear de Chernóbil, en la entonces Unión Soviética —hoy Ucrania—, explotó y liberó radionúclidos peligrosos a la atmósfera. La contaminación radiactiva se extendió por miles de kilómetros cuadrados y obligó a evacuar a cientos de miles de personas.
Se estableció una zona de exclusión que, con el tiempo, se amplió hasta cubrir aproximadamente 4.000 kilómetros cuadrados. Para el Centro de Reino Unido para Ecología e Hidrología, el área continúa entre los lugares con mayor contaminación radiactiva del mundo.
Los caballos de Przewalski corren por la zona de Chernóbil el 26 de agosto de 2017 | Foto: Aleksndr Sirota/AFP.Los impactos ecológicos inmediatos fueron devastadores. Jim Smith, profesor de ciencias ambientales de la Universidad de Portsmouth, señaló a la BBC que los árboles murieron y tomaron un color «rojizo-marrón» en una zona que hoy se conoce como el «Bosque Rojo», y que también hubo daños graves en mamíferos y vida acuática.
Sin embargo, los elementos radiactivos emitidos tras la explosión se desintegraron con rapidez. «Las dosis de radiación bajaron muy rápidamente en los días y semanas posteriores al accidente, y lo que queda en la zona es una radiación crónica de bajo nivel durante décadas», sostuvo Smith. Esos niveles no permiten la habitabilidad humana a largo plazo, pero para otras especies la historia es diferente.
La naturaleza tomó el control
A pesar de la contaminación residual, la naturaleza encontró su camino. Smith fue categórico al respecto: «La vida silvestre está prosperando en Chernóbil (…) sin ninguna duda, creo que la zona de exclusión es mucho más diversa y abundante ecológicamente de lo que era antes del accidente», afirmó.
Sus investigaciones sobre los lagos de la zona —incluido el estanque de enfriamiento nuclear— arrojaron resultados que sorprendieron a los propios científicos. «Descubrimos que los lagos más contaminados son igual de diversos y abundantes en comunidades acuáticas que los lagos casi no contaminados en el área», añadió.
El caso de los lobos resultó especialmente llamativo. «Analizamos si podíamos ver una diferencia en las poblaciones de mamíferos entre las áreas más contaminadas y las menos contaminadas, y no pudimos», indicó Smith.
Caballos salvajes pastan en la zona abandonada cercana a la ciudad de Chernóbil, Ucrania, el 23 de abril de 2026 | Foto: EFE/EPA/Sergey Dolzhenko.«La única diferencia que vimos fue en la población de lobos, que fue siete veces mayor en Chernóbil que en otras reservas naturales de la región», aseguró. El dato refuerza una conclusión que, aunque paradójica, tiene una lógica clara: la ausencia humana beneficia a la fauna más que cualquier política de conservación.
Germán Orizaola, profesor de zoología en la Universidad de Oviedo, España, ofreció una explicación que resume la paradoja de estos lugares: «Es un área enorme, libre para la vida silvestre, sin ruido, sin luces, sin pesticidas, sin herbicidas, sin explotación forestal, sin agricultura». Y fue más lejos en su diagnóstico: «La presión humana es muchísimo peor para la naturaleza que el peor accidente nuclear de la historia», agregó.
Smith coincidió con esa visión. «Lo que he aprendido de Chernóbil es que (…) nuestra ocupación de un ecosistema es el daño real», dijo, y precisó que otros factores, como la contaminación, son importantes pero «secundarios». Para él, el caso de Chernóbil «es un ejemplo poderoso de lo que puede hacer la resilvestración».
Una lección para la conservación global
Orizaola fue crítico con el modelo actual de reservas naturales y parques nacionales. «A menudo tenemos estas reservas naturales y parques nacionales o lo que sea, pero se convierten en una mezcla de atracciones turísticas y algún tipo de explotación humana, y no funcionan para la conservación de la naturaleza», aseguró. Su propuesta, en cambio, parte de una premisa simple pero radical: reducir la presencia humana en los territorios.
Su conclusión fue contundente: «[Chernóbil] es un lugar maravilloso, es un lugar realmente asombroso (…) Si de verdad quisiéramos preservar la naturaleza, la mejor receta es reducir nuestra presión sobre los territorios y dejar que la naturaleza sea naturaleza», expresó. Lo que la zona de exclusión de Chernóbil y la DMZ de las Coreas demuestran es que, a veces, el mejor guardaparques es la ausencia del ser humano.