Desde el cabezazo de Hernán Crespo ante San Lorenzo en la vuelta de los octavos de la Copa Libertadores 96, que comenzó la maravillosa era de Ramón Díaz, hasta la final de este domingo del Apertura 2026 del equipo del Chacho Coudet que durante su etapa como jugador de River compartió muchísimas ocurrencias, bromas y algún enojo con los cronistas de Olé…
Treinta años pasaron entre un hecho y otro. Treinta años, sí, 10.957 días se cumplen desde que Olé empezó a caminar a la par de River. A todas partes. Vayas adonde vayas. En las buenas y en las malas. De Japón en la final de la Intercontinental a la cancha de Almirante Brown en Isidro Casanova y de Puerto Madryn a Madrid.
Qué pasó en River desde la creación de Olé
De ver a un Marcelo Gallardo con acné tirando paredes con el Burrito Ortega en la Copa del 96 a la estatua del Muñeco con la Libertadores 2018 que le ganó a Boca en Madrid en la puerta de un nuevo Monumental en el que ya empezaron las obras para su techado. De disfrutar la calidad y los goles de un Enzo Francescoli genio, figura y líder del River multicampeón del Pelado Díaz a destacar la capacidad de su ojo para elegir a Gallardo como el sucesor de Ramón.
En 10.957 días sucedieron tantas cosas en River que resulta imposible recordarlas a todas en estas líneas. Como también resulta imposible omitir que estuvimos cuando ese Matías Almeyda ya retirado decidió volver a jugar para auxiliar a un River que se hundía y luego se convirtió en entrenador de un día para el otro para conducir al equipo en el camino de retorno a la grandeza.
Olé recorrió kilómetro a kilómetro junto a River ese extenso e incómodo regreso hacia el lugar, su lugar, que había perdido por las malas gestiones de los presidentes José María Aguilar y Daniel Passarella.
En ese mismo camino de regreso se sumó Fernando Cavenaghi, aquel pibe que creció en la pensión de River con el Olé bajo el brazo. Ese mismo brazo que utilizó el Torito -precisamente un apodo que surgió a partir de una encuesta del diario- para ponerse la cinta de capitán del equipo que logró que River volviera a ser River. Y el mismo brazo que usó para levantar la Copa Libertadores 2015 junto a Gallardo un rato antes de anunciar su despedida como jugador de River.
Cavenaghi fue una de las tantas joyitas de River que vimos crecer y triunfar. Antes del Torito, desde 1996 hasta ese 2002 en el que el 9 de O’Brien compartió su pasión por la pintura con Olé y se consagró en Primera con apenas 18 años, ya habían pasado varios cracks por estas páginas: Pablo Aimar, Santiago Solari, el Conejito Saviola… Después llegó el turno del Cabezón D’Alessandro que nos enseñó cómo hacía “La Boba” y nos contó que esa jugada marca registrada del zurdo de La Paternal había sido patentada con ese nombre por el Chacho Coudet. El momento de un Pipita Higuaín que nos recibió en su casa tras su doblete contra Boca, de un Halcón que nos contaba su amor por Dios. En uno de los últimos recambios generacionales de las joyitas de la cantera de Núñez aparecieron los pibes campeones del mundo, Julián Álvarez y Enzo Fernándezquienes nacieron cuando sus padres leían “el Olé” y ahora ellos lo siguen por las redes y miran las notas de la Selección en la web.
En ese grupito de campeones del mundo está también Cachete Montiel, el hijo de Marisa, la madre que le contó al diario que “mi papá quería ponerle Ortega de nombre porque ama al Burrito”. El pibe de González Catán que antes de convertir el penal más importante de la historia del fútbol argentino superó el sueño de su vida con la final en Madrid que le hizo comer la lengua al Pipa Benedetto.
Y claro que también estuvimos junto a Germán Pezzella, Guido Rodríguez y Exequiel Palacios desde los inicios de los campeones del mundo en Qatar 2022 que seguramente más adelante le dejarán la posta a la última joyita de la casa: Franco Mastantuono, la venta más cara de la historia de River y el pibe que batió todos los récords de juventud con la Banda, como el de ser el futbolista de menos edad en convertirle un gol a Boca (ese tiro libre al ángulo en el Monumental que impulsó su transferencia al Real Madrid).
Los superclásicos ocupan un capítulo principal de este repaso de los 30 años junto a River. Desde el nucazo de Guerra y el muletazo de Palermo a la “semi-ra y no se toca”, como titulamos en la Copa Sudamericana 2014 y la final en el Bernabéu. De morder el barro a besar la gloria eterna contra el rival de toda la vida.
En los primeros años de estos 10.957 días las coberturas de la información, de los entrenamientos, de los partidos y de la vida política del club eran más presenciales y menos virtuales que ahora. Se podía hablar con los jugadores y los entrenadores de manera informal en los entrenamientos, como también se tomaba café con los dirigentes en la confitería del Monumental o se esperaba durante horas y horas la finalización de una reunión en las oficinas del club para conocer el contenido de esas charlas en las que se definían pases de futbolistas y/o el candidato oficial para las siguientes elecciones a presidente. Ese sillón que era ocupado por Alfredo Davicce cuando nació el diario y por el que pasaron David Pintado, Aguilar, Passarella, Rodolfo D’Onofrio, Jorge Brito y, actualmente, el joven Stefano Di Carlo.
En las buenas y en las malas acompañamos a River. Y dentro de esas malas estuvo la guerra de Los Borrachos del Tablónque invitaba a jugadores como Cavenaghi a la popular del Monumental a la barbarie de cometer un asesinato contra uno de sus propios miembros.
De las buenas hubo muchas más, obvio, porque Olé convivió con dos de los mejores equipos de los 125 años de historia de River. Creció admirando el fútbol y las goleadas del equipo de Ramón de los finales de los 90, mientras reflejaba las gastadas del riojano a Boca y las apuestas de camionetas 4×4 con el presidente de la otra vereda, Mauricio Macri.
Y en la segunda mitad de estas tres décadas fuimos testigos de una final que ni el periodista con más imaginación -o locura- del diario habría soñado. Porque una final de Copa Libertadores que debía jugarse en el Monumental terminó disputándose en Madrid, ante la mirada de todo el planeta. Y ahí estuvoOléacompañando a Gallardo, Ponzio y Maidana a levantar el trofeo. Un Gallardo que había pedido como deseo esa Copa el 18 de enero de ese año, al soplar las velitas con el número 42 en una producción de, claro, Olé.





