
«Que no sea en vano la muerte de mi nieta. Que se haga justicia por Agostina”, pidió quebrada su abuela Elizabeth, quien este miércoles encabezó la multitudinaria marcha de Ni Una Menos que se hizo en Córdoba, la provincia donde hace diez días fue asesinada Agostina Vega, de 14 años. Es una de las 105 víctimas de femicidio registrados en lo que va de 2026.
Su historia, los detalles de su asesinato, la desidia policial y judicial en los últimos días fueron sumando espanto a la indignación por la violencia de género, un problema estructural y cultural que no se modifica y que el actual gobierno niega al punto de haber desmantelado todas las políticas de prevención y acompañamiento, algo que no ocurría desde el retorno a la democracia.
“El 3 de junio es nuestro grito. El grito de hartazgo que hace once años salió a la calle en Argentina y se extendió por todo el mundo, tejiendo una denuncia colectiva. Hoy, frente al gobierno de Milei, decimos: nuestras vidas no son desechables. Las vidas de las pibas valen”, leyó desde el escenario frente al Congreso la cantante Cazzu, quien tuvo problemas con su ex pareja y padre de su hija. A su lado, Thelma Fardín pidió: «Paren de matarnos».
Hace once años una multitud ya había gritado Ni Una Menos en esa misma plaza y en plazas de todo el país. Pero hubo más de 3000 femicidios desde entonces. Las muertes siguieron, los abusos y acosos también. ¿No hubo ningún avance?
Gracias a aquel Ni Una Menos de 2015 la Corte Suprema de Justicia empezó a hacer un registro de femicidios. Antes sólo lo hacían organizaciones civiles. Se sancionó la Ley Micaela, para que los funcionarios se capacitaran en perspectiva de género. Se dictaron políticas para darle mayor autonomía económica a las mujeres. Son medidas básicas con efectos a largo plazo, pero todo se destruyó en el marco de una «batalla cultural» que busca frenar el progreso de las mujeres para que vuelvan a sus casas a parir.
En este contexto es que se presentan proyectos como el de las «falsas denuncias», para que las mujeres teman denunciar cualquier tipo de violencia contra ellas o sus hijos. Se les dice «mentirosas», aunque un informe de los Ministerios Públicos concluyó que las falsas denuncias son el 0,09% del total, «un fenómeno estadísticamente marginal”.
Todo es tan burdo y obsceno que en la marcha de este miércoles hubo algo diferente: había muchos hombres, varones que sufren por sus hijas, hermanas, parejas, madres, amigas. Es un avance. Falta que todos terminen de entender que mientras persista la desigualdad no va a bajar la violencia.