Ningún argentino vive rico…
Cuando la Selección regrese a Dallas para jugar este sábado el partido relleno contra Jordania, Escaleras -y el pueblo Tres Estrellas- ya llevará 24 horas con el rival de 16° en la cabeza. Por ahora, lo único que sabemos es que Messi vuelve a Miami. ¿Para verse frente a España por algo más que una Finalíssima? Hmm. ¿Uruguay? Tal vez. Las estadísticas y sus estudios, en realidad, nos dan un 29% de chances de cruzarnos con Arabia Saudita y un ¡55%! de posibilidades de sufrir ante la debutante Cabo Verde. Gran noticia. Salvo porque somos argentinos.
Le bajaremos el precio sin dudar -maldito inconsciente colectivo-, porque su población (la que no se rejunta en Dock Sud) equivale a todo el Municipio de Lanús; porque su superficie es una quinta parte de Tucumán; porque fue colonia portuguesa hasta 1975; porque su primer juego independiente como Tubarões Azuis recién llegó en 1978 y con derrota ante la vecina Guinea-Bissáu (0-1); porque recién se afilió a FIFA en 1986, año de nuestra segunda consagración planetaria); porque primero se clasificó a los Mundiales de básquet y de handball antes que al de fútbol; porque… Porque sí.
Si los números se confunden con la lógica, a lo mejor aguardamos en la Florida yanqui por La Roja o la Celeste; si el morbo es cruel, nos azotarán los fantasmas petrofutboleros; y si cae desde el cielo la Cenicienta afro, deberemos transformarnos en Lady Tremaine, la madrastrao en Anastacia & Drizella, las hermanastras de la niña del mítico cuento. Nosotros, cerquita de Disney, tenemos a Mickey Mouse con la 10, más activo que nunca en su último baile. Aprovechemos. Seamos vivos.
El vínculo principal entre el hambre (de gloria incluso) y la gula radica en que comparten el mismo acto (comer) pero nacen de mecanismos y necesidades biológicas y psicológicas bien opuestas. El hambre se vincula a la supervivencia, la gula a la búsqueda de placer emocional a través del exceso. Que el hambre no se transforme en gula. Que el Cabo no tape el bosque. La llave está encantadora…



