Estudiar los orígenes de las palabras puede llevarnos a conocer que quilombo hunde sus raíces en la lucha de las comunidades afrodescendientes en Brasil por construir territorios libres de esclavitud, que todavía hoy siguen vigentes. Pero también puede contarnos la historia de cómo en 1887 la ciudad de Buenos Aires, que necesitaba más espacio debido a que su población crecía exponencialmente, le pidió territorios a la provincia y así fue como esta le otorgó los partidos bonaerenses de Belgrano y de Flores. O de qué manera las palabras que estaban en el territorio desde los tiempos de la Revolución de Mayo siguen vivas en el habla popular.
Lenguaje argento, de Oscar Conde (Taurus). De todas estas cuestiones se ocupa Oscar Conde, recientemente elegido director de la Academia Porteña del Lunfardo, en su libro Lenguaje argento (Taurus). En entrevista con Ñ, el lingüista, filólogo y docente universitario habló de su pasión por las palabras y por la cultura popular y contó además que está trabajando en las Obras completas de Enrique Santos Discépolo, junto a Andrés Kirshner: “Hay mucha gente que se dedica a estudiar la obra de Borges en la Argentina y en el mundo, pero la de Enrique Santos Discépolo nadie, y por eso queríamos hacer un poco de justicia”.
–¿Qué significa para vos este nombramiento al frente de la Academia Porteña del Lunfardo?
–Siento que es una institución un poco única, en el sentido de que su objeto de estudio no solo es el lenguaje de Buenos Aires y de lo que hoy sería el AMBA sino la lengua coloquial de toda la Argentina, y que además siempre hubo en esta Academia una preocupación por estudiar, por dar a conocer, por difundir y por preservar el patrimonio cultural de Buenos Aires, tanto desde el punto de vista histórico y arquitectónico desde el pictórico, literario, musical y coreográfico. Lo tomo como una oportunidad de aportar algo a la institución en estos tiempos tan duros para la cultura y lo considero un honor.
–En tu último libro hablas sobre la lengua nacional, ¿cuándo nace?
–Primero habría que ver si existe, porque esa es la cuestión. La pregunta es dónde arranca la discusión. Así como hay una cuestión de la lengua en Italia en el siglo XV, acá se pone en discusión con la generación del 37. Los primeros que se refieren a este tema son Echeverría, Alberdi y la gente que se reunía en la década de 1830 a discutir sobre estos temas. Ellos sostenían que la liberación de las cadenas que nos ataban a España debía presuponer también una liberación lingüística y que entonces lo esperable era que el español de la Argentina –que todavía no se llamaba de esa manera– fuera desarrollándose hasta llegar a ser una variedad del español lo suficientemente distinta como para ser considerada una nueva lengua.
Oscar Conde, autor de Lenguaje argento. Foto: Juano Tesone.–¿Para no ser la lengua del colonizador?
–Exactamente, esa era su tesis, la idea de que un país libre requiere el uso de una lengua libre y no de la lengua de los que nos colonizaron. Esto, que puede sonar heroico y hasta deseable, es un poco disparatado, pensando en el tiempo que tarda en evolucionar una lengua. El latín terminó convirtiéndose en las lenguas romances después de un larguísimo proceso que duró más de diez siglos. Y luego el español, desde su existencia probada con el Poema del Mío Cid, escrito a mediados del siglo XII, desde entonces ha cambiado, pero no tanto. Quiero decir, yo puedo leer el Poema del Mío Cid en su versión original y más o menos entender todo lo que dice; no es otra lengua, es un estadio anterior del español, pero lo entendemos. De modo que buscar la creación de una nueva lengua (nuestra “lengua nacional”) fue una ambición desmesurada que se fue esmerilando de a poco y adaptando a la realidad de lo posible.
–¿Por eso hablas del español policéntrico?
–Claro, porque esto del español policéntrico no solamente afecta a la Argentina, donde claramente no se habla el mismo español en Posadas, en Salta, en Mendoza, en el conurbano bonaerense, en Córdoba o en Santiago del Estero, donde hay un sustrato quichua que lo impregna todo, o en Corrientes, donde debajo del español hay un sustrato guaraní. Hubo importantísimas lingüistas, como Berta Elena Vidal de Batini primero, en la década del 60, y luego Beatriz Fontanella de Weinberg en la última década del siglo XX, que sostienen que en la Argentina no hay una sola variedad del español, sino cinco variedades la primera y siete la segunda. Yo diría que hoy son más, pero podría aceptar cinco o siete. Lo que tiene que quedarnos claro es que, cuando uno habla del español de la Argentina, todavía el que nosotros creemos y vendemos para afuera es el que hablamos los porteños, y esto no es verdad y está muy mal pensado.
Desde fines de la última década del siglo XX, en la Real Academia Española empezó a haber cierto nivel de apertura y aparecieron algunas teorías propuestas por algunos lingüistas alemanes, por ejemplo, que hablan de lenguas policéntricas (contra la posición monocéntrica tradicional), que plantean la cuestión de por qué el mejor inglés tendría que ser el de Londres o el mejor español el de Salamanca o el de Bogotá. Cuando yo era chico, se alababa esto último y se decía: “en Colombia se habla el verdadero español” y yo hoy escucho hablar a un colombiano en la tele o en la radio y la mitad de las cosas no las entiendo. Quiero decir que no hay un único modelo de español, sino un español policéntrico. En el mundo somos casi 600 millones de personas que usamos el español y las variedades son múltiples. Es evidente que también el español de la Argentina es policéntrico.
El Códice del Cantar del Mío Cid. EFE/Javier Lizón–También nombrás en el libro palabras que ya estaban.
–Uno dice “las palabras que estaban” y naturalmente lo primero que entraría ahí son las palabras que hemos tomado de las lenguas originarias. Pero además de ellas, durante el siglo XIX había una cantidad de palabras en el nivel del habla popular, algunas de las cuales se conocían básicamente a través de textos literarios. Pero en 2008 la Academia Argentina de Letras publicó un Diccionario de argentinismos inédito elaborado por una efímera Academia de Ciencias y Letras que funcionó en Buenos Aires entre 1875 y 1879. En ese libro, que incluye unas 1500 palabras, encontré 94 que, casi en su totalidad, siguen usándose hoy y pertenecen al registro del español popular rioplatense de hace 150 años. Por eso digo que eran algo así como protolunfardismos.
–Hay palabras que directamente son de las comunidades originarias, como Bariloche o Neuquén
–Sí, palabras para designar lugares, flora y fauna provenientes de lenguas originarias hay un montón. Por eso llamé a mi libro Lenguaje argento, para que el lector entienda de entrada adónde voy.
–Al registro y a la evolución del habla popular. Comienzo por palabras que estaban en el siglo XIX, reviso el vocabulario que aparece en los textos de la literatura gauchesca, para que se vea muy bien que en el Martín Fierro o en Los tres gauchos orientales de Antonio Lussich, que es también un poema, quizás el más importante de la literatura gauchesca de Uruguay (editado en Buenos Aires seis meses antes del Martín Fierro), aparecen unas cuantas palabras consideradas gauchescas, algunas de las cuales llegaron a nosotros, por lo menos a mi generación, con la lectura de Patoruzú, como maula, sotreta o ahijuna. He tratado de ver la continuidad de esas palabras en el habla de toda la Argentina, no solo de Buenos Aires.
Libro de Oro Patoruzú, edición de 1949.–Otro elemento fundamental que incluís son los africanismos.
–Sí, los africanismos nos llegaron mayoritariamente de manera directa al Río de la Plata a través de los propios esclavos desde ya, pero también vía Brasil. Una palabra sobre la que se discute siempre y mucho es quilombo, que tiene una larguísima y hermosa historia. Es un vocablo de la lengua quimbundo, en la cual quilombo significa ‘unión’. En Brasil esa palabra tuvo una evolución que no tiene nada que ver con la que tuvo en el Río de la Plata, es decir, en Buenos Aires y en Montevideo. En Brasil los quilombos eran territorios libres que ocupaban los esclavos que se escapaban de sus amos, los dueños de las grandes plantaciones. Todavía hoy en Brasil hay más de cien quilombos, cuyos habitantes son denominados quilombolas y son afrodescendientes.
Estos quilombos actuales en Brasil son una suerte de reservas de comunidades afrodescendientes. Y eligieron una palabra que significa ‘unión’, porque allí se reunían los que se escapaban y se juntaban en ese territorio que defendían con su vida para que no los volvieran a esclavizar. La primera vez que escuché hablar de esto, pensé que los quilombos eran terrenos de pocas hectáreas, pero en Brasil había quilombos tan grandes como la provincia de Tucumán. Para los afrodescendientes brasileños, los quilombos son todavía hoy sitios donde vive la memoria de aquellos siglos de opresión.
Quilombo Pedra do sal en Río de Janeiro.–Al final del libro hay un glosario de palabras y expresiones como a la pelotita o a la perinola, entre otras, que tienen que ver con nuestra identidad .
–Efectivamente, si hay algo que define la identidad de una persona –y lo explico en el prólogo de libro–, es la lengua que habla. Ese glosario recoge las voces y locuciones tratadas en el libro.
–También prologaste con Andrés Kischner el volumen I de la Obra completa de Enrique Santos Discépolo.
–Sí, es un proyecto que empezó hace muchos años y hemos llegado ahora a tener la posibilidad de publicar el primer tomo, que incluye sus obras de teatro. El plan completo es que haya un segundo, donde se van a publicar sus guiones de cine, y un tercero en el que van a aparecer las letras de sus canciones, los textos inéditos, los guiones de sus ciclos radiofónicos y todas las entrevistas que le hicieron a lo largo de su vida. Es un proyecto que nos da mucha alegría. Creo que se le debía a la cultura popular de Buenos Aires mostrar que Discépolo no solamente produjo “Cambalache”, sino que escribió varias piezas teatrales, concibió grandes espectáculos, compuso la música de decenas de tangos (además de las letras), y fue un extraordinario actor y un gran director tanto de teatro como de cine y un brillante guionista. Hacía falta visibilizar todas esas aristas de su personalidad y de su arte que lo volvieron un ícono de la primera mitad del siglo pasado.
Enrique Santos Discépolo en «El hincha», una película de 1951.–Es importante sobre todo para que lo conozcan las nuevas generaciones, ¿no es cierto?
–Claro, mucha gente joven no tiene la menor idea de quién fue Enrique Santos Discépolo, aunque conozcan frases de sus tangos, como “el que no llora no mama y el que no afana es un gil”. Hay una cosa muy linda en este primer volumen y es que publicamos por primera vez el libreto del sketch en el que dio su famosa definición de tango, que en su forma completa y correcta es así: “El tango es un pensamiento triste. Un pensamiento triste que hasta se puede bailar”.
–¿En ese sentido, los documentos históricos son imprescindibles?
–Sí, me siento mucho más un filólogo, un buscador de cosas relativamente antiguas que hay que dar a conocer a la gente joven, sobre todo para mantenerlas vivas. Me siento mucho más eso que un lingüista, aunque por supuesto que mi formación primordial en la carrera de Letras de la UBA fue una formación más bien lingüística y gramatical, antes que nada. También tengo una vida anterior en la que durante veinticinco años solo me dediqué a enseñar griego antiguo y latín. Pero creo que no es inútil rescatar las tradiciones argentinas. Por eso me importa la historia de nuestra variedad lingüística y la historia de nuestra literatura popular. Hay mucha gente que se dedica a estudiar a Borges en la Argentina y en el mundo, pero a Discepolín nadie, y por eso queríamos hacerle un poco de justicia. Gustav Mahler dijo esta frase: “La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego”. Ese es uno de mis caminos: preservar el fuego.