
La pasión mueve a las personas. Las hace trasladarse a nuevos lugares, construye una identidad y otorga un sentido de pertenencia. Valentín Fresno era un chico inquieto en su infancia: sentía la necesidad de mover el cuerpo y le gustaba imitar las coreografías de Patito feo. Si bien su familia nunca lo limitó con sus decisiones, el desconocimiento acerca del arte los llevó a buscar la forma de satisfacer su inquietud en actividades como el taekwondo y el fútbol.
Hoy, con 21 años y trabajando como bailarín en la compañía del Teatro Colón, Valentín reconoce que esos deportes no lo llenaban. El punto de inflexión llegó una noche mirando el Bailando, cuando a Hernán Piquín le tocó bailar clásico: “Y yo me quedé mirando la tele como pasmado y dije: ‘Quiero hacer eso’”, cuenta Fresno. Fue entonces que los padres terminaron inscribiéndolo en la Escuela municipal de danzas de Morón José Neglia. Era el único varón en un grupo de alrededor de 20 chicas.
Comenzó con las clases enfocadas en el movimiento del cuerpo y la escucha de la música a los seis años, y tan solo dos después, tras rendir un examen, su profesora dijo que ya estaba en edad y contaba con las condiciones para entrar a la escuela del Teatro Colón. Sin embargo, al no estar familiarizados con el mundo de la danza, no sabían de qué se trataba. No fue sino unos años más tarde que Valentín escuchó a unas compañeras hablando de que era la última oportunidad, debido a su edad, para audicionar para entrar a la institución, y decidió probarse.
Su paso por el José Neglia fue muy importante para el día de la audición: “Tenía que improvisar mientras un pianista tocaba un vals. En la escuela teníamos materias de música y eso lo vas incorporando”, cuenta el bailarín. “Ya tenía material inconscientemente y dije: ‘Esto es parecido a lo que yo bailé’. Entonces, en la improvisación hice como un pedacito de la coreo que hice en el José Neglia”.
“Me dijeron que quedé y me cambió rotundamente la vida”. La familia Fresno no estaba acostumbrada a viajar seguido a Capital, pero la nueva rutina de Valentín significó un nuevo estilo de vida en la familia. “Con mi mamá nos íbamos a las 6 de la mañana, incluso antes a veces, hasta la estación del tren Sarmiento. Nos llevaba mi papá con el auto; nosotros íbamos a Capital y él se iba a trabajar. Se quedaban mis hermanos solos a veces, a cargo del más grande, o algunos días me llevaba él y mi mamá se quedaba”, recuerda. “Yo no era tan consciente en ese momento del golpe enorme que se estaba haciendo alrededor mío”.
Ir al colegio y estudiar en el Colón eran dos actividades casi incompatibles. Valentín almorzaba en el tren para aprovechar el tiempo y llegaba tarde a la escuela normal. Incluso llegó a sufrir una lesión por el estrés y cansancio que sufría el cuerpo. Su mamá no quería aislarlo de la vida normal de un chico a su edad, por lo que siguió asistiendo a ambas clases hasta que en los últimos años de la secundaria se inscribió en una escuela virtual.
Cuando egresó del Colón, tuvo algunas audiciones frustradas para entrar a la compañía del Teatro. En febrero del año pasado finalmente logró entrar bajo la dirección de Julio Bocca. De las 18 personas de su camada, solo 3 logran vivir de la danza. “Soy un privilegiado y disfruto de que mi trabajo sea mi pasión”, afirma. En marzo formó parte del elenco de la obra El lago de los cisnes, interpretando al arlequín.
“Mi consejo para los chicos que se quieren dedicar a la danza es que se animen, que vayan, prueben y sean libres”, expresa Valentín Fresno. También remarca la importancia del acceso gratuito a la danza: “Yo no sé si hubiese podido estudiar en instituciones tan importantes y tan fuertes si hubiese tenido que pagar”. Asegura que sabe que no es fácil, pero su mensaje más contundente para los más jóvenes es que no se impongan límites ni dejen que otros lo hagan por ellos.