La obra define al artista. Un cuadro a un pintor. Una película a un director. Un equipo a un deté. Esa consigna alcanza para dimensionar lo que se vivirá el domingo a las 20 en el Cilindro de Avellaneda. Ahí, calle Diego Milito 1870, Eduardo Germán Coudet modeló un Carreras que no tuvo parangón. Ni antes ni después de aquel título en la Superliga 18/19.
Una obra maestra que el Chacho precisamente desea que no sea irrepetible. O, al menos, que pretende reversionar en Río. Objetivo compartido con una dirigencia que lo eligió como sucesor de Marcelo Gallardo precisamente por aquello que logró en ese mismo club al que ahora Coudet tendrá que enfrentar.
Cuando Enzo Francescoli dijo que al Chacho lo buscó porque “conoce River” pero también por su “actuaciones con su Racing, Central e Inter de Porto Alegre”el encargado de la Secretaría Deporitva enumeró las instituciones en los que Coudet marcó una era. Aunque en ningún otro sitio hizo lo que en Avellaneda: lo que empezó a verse en la victoria del domingo (3-0) frente a Belgrano es apenas una maqueta del producto terminado que encandiló entre 2018 y 2019.
El recuerdo imborrable
Como si se tratara de una remake, Coudet había logrado cambiarle la cabeza a aquel plantel de Carreras como pretende hacerlo con el que ahora encabeza: llegó después de que Diego Cocca finalizara su vínculo con el club a fines de 2017 y consiguió rápidamente establecer su estilo.
Un equipo físico, dinámico, pero con momentos de altísimo brillo que compitió en la Libertadores 18 (fue eliminado en octavos por el Río que sería campeón en Madrid) y la curva ascendente tuvo su máximo esplendor en la liga doméstica. Su primera estrella como deté en el país.
Cercano al jugador pero a la vez exigente, intenso en las indicaciones -la década que prácticamente ha pasado no lo cambió en ese aspecto- Chacho logró hacer match con cada integrante de aquel equipazo al que el hincha iba a ver para disfrutar. Porque el campeón de Mostaza Merlo en 2001 era contundente, pragmático, ganaba los partidos decivos.
Porque el Carreras de Cocca tenía firmeza y se imponía por jerarquía. Porque el de Gustavo Costas tuvo en la Sudamericana 24 y la Recopa posterior una mística, un tridente peligrosísimo (Juanfer, Maravilla, Salas) que aguijoneaba. No obstante, el Racing de Chacho era un placer conceptualmente completo. Agresivo para recuperar, rápido para el toque, vertiginoso para dar la estocada, y toque al pie.
Precisamente en ese terreno que volverá a pisar con chomba negra y bufanda a tonoCoudet podrá dimensionar el estatus de su obra. La que edificó desde el campo (con un 4-1-3-2 que ya empezó a testear en su primera versión total de River) y también con el teléfono: convenció a Leonardo Sigali de volverse de Croacia para sumarse a su equipo y lo transformó en un símbolo de aquel campeón; encontró en Neri Domínguez a un jugador decisivo para el recambio, fue a buscar a Marcelo Díaz con la idea de transformarlo en lo que Aníbal Moreno intenta ser hoy: el eje del medio, presionando, empujando con vértigo y llegada al área. Y alrededor fluía el juego con Pablo Fernández y el mejor Matías Zaracho (al que volverá a ver, ahora como adversario), más un Darío Cvitanich que se entendía de memoria con el goleador de aquel campeón: Lisandro López.
Esos éxitos en los mercados son los que también impactaron en aquel Racing que motivará una ovación, o al menos un emotivo recuerdo, de la gente para con el entrenador de River. Hasta de un Gustavo Costas que se dice admirador de cada uno de los técnicos que fueron campeones con el club de su corazón y de su alma. Aunque esta vez, el trabajo será reconstruir aquello en su nuevo desafío profesional.
El reto mamushka del clásico
Porque para Coudet, el Racing-River además de tener un componente nostálgico servirá como vara. Aun si hubiera ganado frente a Blooming, este clásico iba a permitirle poner en escala el nivel de su equipo. Por tratarse de un adversario que también compite por los mismos objetivos (las Copas Argentina y Sudamericana, además del Apertura).
Por el nivel que tienen los futbolistas a los que enfrentará. Y porque en el almanaque luego vendrá el superclásico en el Monumental, que marcará también la temperatura del primer semestre. Ganar en el Cilindro permitiría, entonces, que Chacho consolide su planque el 1-1 frente a los bolivianos quede como un resultado accidentado por las contingencias (la roja a Martínez Quarta a los 4’ condicionó al equipo) y que se retome la senda local, donde acumula cuatro victorias consecutivas.
Para ello intentará que River sea el Racing de aquellos tiempos. Con empuje. Con jerarquía individual y brillo. Aunque también con memoria por lo que significó aquel paso que ningún muchacho de la Acadé olvida.



