Los desaparecidos se afantasmaban en el fondo de las aguas negras. Arrojaban personas vivas al Río de la Plata y al mar; la resonancia del suplicio de las torturas retumbaba en vano, pocos las oían, todo era opresión y censura.
Pero fue en el Salón Blanco de la Casa Rosada donde se empezó a incubar la democracia entonces perdida.
El 13 de diciembre de 1979, José Ignacio «Nacho» López, que tenía entonces 43 años, tomó la palabra. Estaba sentado en la cuarta fila. Traje marrón y corbata al tono. La sala estaba llena de periodistas acreditados.
Nacho fue tan inteligente como filoso: «El último domingo de octubre el Papa Juan Pablo II se refirió a la Argentina en la Plaza de San Pedro… entre otras cosas habló del tema de los desaparecidos y los detenidos sin proceso. Le quiero preguntar si usted le ha contestado a esas expresiones de Juan Pablo II».
El dictador sintió el golpe. La Dictadura no quería confrontar con el Pontífice. El propio Videla enfatizaba su condición de católico, la ostentaba con alarde.
José Ignacio López le preguntó al dictador Jorge Rafael Videla por los desaparecidos y éste le respondió: «Son una incógnita, no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos».Nacho supo abrir una compuerta hacia la verdad. Videla frunció los bigotes.
Y entonces lo dijo: «Frente al desaparecido, en tanto esté como tal, es una incógnita el desaparecido… mientras sea un desaparecido, no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo. Está desaparecido».
Fue un cuadro del horror.
El terror de Estado exhibía una hendija.
Las palabras cierran o abren las compuertas de la verdad. Sin quererlo, el dictador —inducido por la genial pregunta periodística— había dejado en sus palabras una llave , una confesión, un ábrete sésamo involuntario hacia el desocultamiento de las terribles circunstancias.
Aun en el corazón de las tinieblas, el periodismo supo —a través de esa pregunta— incubar la democracia que habría de llegar recién en 1983. Fue una semilla condensada en una pregunta.
Antes, el 10 de noviembre de 1976, una bomba artera y potente había explotado en el garaje de la casa de López en José Mármol. No estaban entonces ni él ni su mujer. Sí los cinco hijos, la suegra y una amiga de la familia.
Salieron ilesos por un resto de piedad del destino.
Jacobo Timerman, el director de La Opinión donde trabajaba López, lo había enviado a Roma porque sabía que corría peligro. Nacho recibió la noticia por un télex en un hotel cerca de “Stazione Termini”.
Meses después, La Opinión y la sociedad perderían a Edgardo Sajón, que había sido vocero de Alejandro Agustín Lanusse.
Al propio Timerman lo detuvieron sin proceso el 15 de abril de 1977. Fue torturado por el demoníaco Ramón Camps, nazi y torturador.
El calvario de Jacobo quedó descrito en un libro que también corrió los telones de la máquina del horror: Preso sin nombre, celda sin número.
Nunca se supo bien si los militares habían sido los responsables del bombazo a López, o la ultraderecha peronista, que lo consideraba un infiltrado tercermundista dentro de la Iglesia. La revista El Caudillo, vocera de la Triple A, lo venía marcando en listas negras.
Todo era macabro y mortal.
Quien conoce a Nacho sabe de su fe genuina y sin ideologismos —su referente era Monseñor Vicente Zaspe, uno de los primeros en hablar de derechos humanos desde el púlpito—. Pero los autoritarismos simplifican, catalogan y disparan.
No distinguen matices ni reconocen coherencias: es su método y es su miseria. Buscan desaparecer a los que designan como réprobos.
Tras su pregunta a Videla siguieron amenazas y admoniciones. Massera, el almirante de las sombras —el mismo que regenteaba la ESMA, el campo clandestino más feroz del continente—, lo mandó llamar para aclarar, cínico, que la Marina «no había tenido nada que ver con nada». La hipocresía del verdugo que rinde falsa pleitesía al testigo.
Massera necesitaba quedar bien con el Papa, con el Departamento de Estado, con la posteridad. Al fin fue juzgado.
Un mes más tarde, en el cóctel de fin de año del Ejército, Roberto Viola apartó a López y le susurró que «se cuidara». El paternalismo siniestro del régimen, que amonesta y advierte al cronista cuya vida podría apagar con una llamada telefónica.
Ante todos los peligros, Nacho López no se acobardó. Ahí está el núcleo del oficio: el que pregunta no pide permiso al que debería responder. El preguntado es el que debe contestar, no el que pregunta.
Preguntar era entonces un acto desprovisto de toda garantía. La pregunta no es sólo el género periodístico por excelencia: es un gesto civil. En su naturaleza hay algo más antiguo aún que el oficio. Es la operación elemental con la que se verifica que todavía existe la esperanza.
Quien pregunta acepta que la respuesta pueda ser una bomba en el garaje, un coche sin patente frenando en la esquina, una cita de la madrugada de la que no se vuelve. Lo sabe, y pregunta igual.
López lo sabía. Preguntó igual.
Fue el poder de una pregunta indispensable, escudada con brillo en las palabras de Juan Pablo II en el Ángelus dominical. Una pregunta pacífica, profunda como la vida.
Cuando volvió la democracia José Ignacio López fue el vocero de Raúl Alfonsín.
Mejor no comparar con lo que vino después.
O tal vez, sí; ¡Comparemos!
No valoramos lo suficiente a los grandes periodistas.
Hay que evitar las defensas generalistas y corporativas, porque el que esté libre de pecado…
Pero hay que evitar también las agresiones generalistas, cuando la ignorancia y el trazo grueso acusan a la bartola y a todos.
Pero las preguntas no se cierran.
Los acreditados seguirán preguntando.