Es una tarde de cielo existencial. De un blanco llano, por momentos manchado por el vapor acumulado de la humedad que hace que una lluvia intermitente se intercale con los techos de los edificios sobre la calle San Martín del Microcentro. En ese folklore de cambistas, cafés históricos y locales de souvenirs o fundas de celulares, apenas doblando por Florida, una de las tantas galerías del centro con ambientes en venta, es diferente. Allí está la mítica Fundación Klemm desde hace 30 años. No es ninguna novedad, salvo para quienes nunca fueron, que quizás desconozcan que hacia la derecha, al bajar las escaleras de este lugar que da a la calle, donde sería sensato imaginar algo así como un depósito olvidado hay un auténtico museo escondido: el mismo que exhibió de manera pública y gratuita por primera vez en Argentina obras de artistas como Andy Warhol y René Magritte.
“La primera vez que bajamos estas escaleras, todos reconocemos obras que vimos antes en libros. Con esta selección subjetiva quise honrar obras de esta colección que afectó a tantos artistas, escritores, críticos, curadores, galeristas; que acompañó nuestra formación estética”, señala Mariano Mayer, curador convocado para esta exhibición titulada A la espera de que el sueño me traiga olvido, que estará aquí hasta agosto.
Figura mediática. Klemm era artista, escenógrafo y aficionado a la ópera.Dicha frase tanguera es una línea en una novela del uruguayo Juan Carlos Onetti que habla precisamente de eso: de la permanencia de ciertos sentimientos, ciertas imágenes en nuestras vidas. Como esos pensamientos que retumban como ecos internamente después de ver una película aunque pase el tiempo.
Esta muestra pone en diálogo tesoros de la colección, algunos nunca antes mostrados, que van de Pablo Picasso hasta Man Ray, pasando por Miguel Carlos Victorica y Humberto Rivas, por citar algunos de una colección que cuenta con 760 obras entre pinturas, esculturas, grabados, dibujos, impresiones gráficas múltiples, objetos, instalaciones, piezas de videoarte y audiovisuales.
Patrimonio. Creada en 1995, la Fundación Klemm acerca al público su acervo. La exposición, con más de 40 piezas, suma algunas adquisiciones recientes en la feria arteba que los directores de la fundación, Valeria Fiterman y Fernando Ezpeleta, hicieron con su propio criterio, continuando el legado y el método de Federico Jorge Klemm; y obras de tres artistas invitados. Martín Fanholc Halley, Valentina Liernur y Juan Tessi, cuyas obras “son como el estribillo de la canción, donde se concentra la idea”, sugiere Mayer. “Los elegí a ellos tres porque pienso que son grandes traductores del efecto que tuvo Klemm en nosotros, vinculado a la absoluta fe que Federico tenía en lo que el arte puede generar en la humanidad”.
Por los pasillos de esta gran sala que allá por los 90 cobijó algunas de las más mediáticas fiestas, uno ahora puede toparse con joyas como la famosa foto en blanco y negro que el estadounidense Richard Avedon tomó el 30 de octubre de 1969 en la Factory de Warhol con sus principales integrantes: el modelo y taxiboy Joe Dallesandro, el director de cine Paul Morrissey, el mismo Andy, su asistente el poeta Gerard Malanga y más chicos y chicas de la noche, fundamentales en la construcción de la Factory. Bohemios que marcaron tendencia en cuanto a estilo, en la Nueva York de los años 60, miran a la cámara y juegan con poses casuales.
Legado. La colección adquirió la serie “El golpe de los tubos” (2018-20) de Martín Farnholc Halley (videos); junto a Victorica, Nan Goldin y Pablo Suárez. “Warhol y Klemm tenían más similitudes de las que imaginamos, ambos tenían una formación tradicional y eran muy cultos, cuando Andy muere se le conoce la colección de la casa, de todo arte clásico, pintura barroca, rostros… También tenía lo otro, claro, pero con estas obras había decidido convivir todos los días. Para Klemm, cuanto más bella era una obra, más elaborado y costoso tenía que ser su marco: como si tuviera que estar a la altura. Eso viene de su mirada clásica, reprodujo en su propia colección la manera de enmarcar y montar que tienen desde su origen museos como el Prado, los de Florencia o Milán”, señala el curador.
Uno de los marcos más opulentos fue el que eligió Klemm para el piano con anillo de diamante de Magritte, La Main heureuse (1955): es un marco grande, de bronce, con flores talladas, para sujetar a esta acuarela en la cual podría radicar toda la grandeza del pintor belga, al ser hiperrealista, con lo difícil que es lograr eso en esa técnica.
KlemmEl curador trazó también una conversación más contextual entre Jean-Michel Basquiat y Cindy Sherman, ubicando sus obras al lado en una esquina del salón: ambos artistas llegaron a Nueva York a fines de los 80 para convertirse en artistas y produjeron en simultáneo. Basquiat más en el muralismo, Sherman en la fotografía teatral, los dos impusieron lenguajes y fueron pioneros de lo que hacían.
Hay varias obras de Lucio Fontana que juegan con los límites del espacio: atraviesan la superficie de las telas con tajos como preguntas insaciables por el más allá de todo. Una serigrafía de un falo rosa que Marta Minujín le regaló a Federico. Una obra del joven Fanholc Halley, titulada Ataúd para trauma de trolo de pueblo, con espejos de formas irregulares, mucha presencia abstracta y escultórica, y elementos bastardos, dejados de lado, como CDs, botellas y bolsas de basura exhibidas en geometrías perfectas, en una prolijidad que los descubre sublimes.
Ambas son pinturas. Idea de una pasión (1983) de Guillermo Kuitca y El pianista (1993), de Rómulo Macció, comparten la paleta grisácea. La de Macció, a la que al quitarle el marco se apoderó de una sensación contemporánea, ostenta una velocidad, un cinetismo en el movimiento frenético de dedos de un personaje que toca el piano. “La selección de obras es subjetiva, defiendo mucho lo intuitivo, quiero que las obras me conduzcan, no ser intelectual, no querer saberlo todo, no es una tesis”, dice Mayer.
Una carta erótica que Pablo Suárez escribió a su amante se exhibe al lado de una pintura de Victorica y de la fotografía de alguien orinando en una fiesta tomada por la americana Nan Goldin. Una instalación de videos en televisores de Fanholc Halley, que son ficciones del cuerpo hechas con humor, donde algunas partes se maquillan para imitar ser otras.
La obra más grande es un óleo del 65 de Ernesto Deira, enfrentado a uno más pequeño pero no menos imponente, Risveglio di Arianna (1974) del mismísimo De Chirico; una escena desolada, enrarecida, con monumentos, esculturas y la arquitectura de Italia descontextualizados sobre un atardecer verdoso, y con dos personajes diminutos a lo lejos que perfectamente podrían haber inspirado a los de la tapa del disco “Wish You Were Here”, de Pink Floyd, lanzado justo un año después. En palabras del italiano: “Si una obra realmente quiere ser inmortal, ha de romper todas las barreras de lo humano: no debe tener ni razón ni lógica. De este modo se aproxima a lo onírico, al espíritu de un niño”.
Con violencia y poesía en iguales medidas, una pintura de Valentina Liernur tiene los límites de una tela negra forzados hasta romperse, con suturas expuestas que evocan a lo anatómico. Al lado, otra pintura de la misma artista, pero bien distinta en paleta, técnica y hasta narrativa: es un dibujo grande y rectangular de una niña de mirada melancólica, paradójicamente figurativa, aún cuando la conforman unos trazos disparatados y espléndidos en su desprolijo.
Además de homenajear el patrimonio del coleccionista y mecenas controversial que fue Federico Klemm, esta muestra traza conexiones entre la contemporaneidad y su figura; la de un ícono del arte pop, homoerótico y kitsch, que vivió una vida desde la performatividad y fue todo lo excéntrico que quiso, aún cuando la sociedad le impuso lo contrario.
- A la espera de que el sueño...
- Lugar: Fundación KLEMM, Marcelo T. de Alvear 626
- Horario: lun. a vie. de 11 a 19
- Fecha: hasta agosto
- Entrada: gratuita