Nada te prepara para cruzar el umbral de la casa de tus padres como huérfano. No importa la edad que tengamos al hacerlo, ni cuántas mudanzas hayamos cargado en la espalda; la ausencia es un muro de frío que no se atenúa con el paso de los años. Es un frío que no nace del clima, sino de la certeza absoluta de que el pasillo permanecerá desierto, sin nadie que salga a recibirte para abrazarte y preguntarte cómo te fue hoy.
Tras casi un año de postergar lo inevitable, de mirar esa llave en el cajón como si fuera un objeto incandescente que quemara la piel, decidí que era hora de enfrentar los restos de mi historia. Y me encaminé hacia la casa de mis padres, que en sí misma era una declaración de principios.
Mi papá la llamaba “La Románica”, como si fuera una pequeña iglesia perdida en la llanura. Tenía una arquitectura particular y, para el pueblo de aquel entonces, absolutamente revolucionaria: no tenía ventanas a la calle. Era una construcción introspectiva donde la vida miraba hacia adentro, hacia un patio interno que era nuestro universo privado. Nadie podía vernos desde afuera, pero nosotros, a través de un tapial estratégico que papá había diseñado, podíamos observar el movimiento de la calle sin ser advertidos. Esa mezcla de refugio sagrado y mirador oculto definía su forma de entender el mundo.
Nos instalamos allí, detrás de la vía, en un barrio de gente trabajadora. A mi papá no le importó que le dijeran con cierto aire de superioridad: “Vos vivís detrás de la vía”. Él no veía una frontera, sino una oportunidad. Años después, cuando se abrió un paso en la avenida, se cumplió lo que él predijo hasta el cansancio, se integró el pueblo. Aunque no estaba ahí para verlo.
Entré con la llave en mano y el corazón en un puño. La casa que fue mi hogar me esperaba en un silencio que aturdía, una quietud espesa que se pega a la ropa como si fuera polvo acumulado durante décadas. El espacio, siendo idéntico en sus formas, ya no era el mismo en su esencia; el vacío de los muebles que hoy habitan otros rincones se sentía como un despojo. El olor a “hogar” se había evaporado, reemplazado por un aroma a humedad que intentaba, sin éxito, ocultar el rastro de mi padre. Él era un fumador empedernido de cigarrillos “Colorado”; su aroma se había impregnado en la porosidad de la madera. Durante años detesté ese olor, peleé contra ese vicio, escondiéndole el encendedor y hasta pisoteándole el paquete; pero hoy, en medio de este naufragio emocional, daría cualquier cosa por volver a respirar una pizca de ese humo que significaba que él estaba ahí y la casa estaba viva.
Caminar sobre ese piso de cerámicos rojos, desgastados por el tránsito de la familia que fuimos, nunca fue tan duro. La fina capa de tierra crujía bajo mis pies con un sonido seco, casi de advertencia. Esa casa solía tener una música propia: el repiqueteo de la lluvia sobre el techo de chapa del garaje, el tintineo del llavero de papá y el chirrido de los postigones. Hoy, esos ruidos suenan a desuso y ausencia.
Graduación. Ari Costi (con vincha) terminaba el secundario. Aquí, con sus padres y su hermana.Me propuse vaciar un cuarto por día y cumplí la meta, aunque el proceso fue una batalla de sentimientos. Maldije la manía acumuladora de mi madre mientras llenaba bolsas con papeles de regalo usados, moños aplastados y estampitas de diversos sacramentos. Pero entre el descarte aparecieron retazos olvidados, como el salto de cama azul de mamá, lleno de pelotitas por el uso. Recordé cuánto odio me generaba verla envuelta en esa prenda que uniformaba su depresión; sin embargo, allí sola, abracé ese envase vacío añorando los brazos que nunca dejaron de irradiar amor.
En el camino tropecé con sobres de remitentes desconocidos y libros que jamás imaginé que ellos hubieran leído. Incluso apareció un mazo de cartas de tarot; me pregunté si, “a la vejez viruela”, mi madre se había convertido en la pitonisa del barrio sin que yo lo supiera. Descubrir tantas cosas de las que nada sabía me obliga a concluir que nuestros padres tienen una historia desconocida para los hijos. Una parte de la vida que solo se revela cuando ya no están para contarla.
Redacción escolar de Ari Costi, en la primaria.Con la convicción de un soldado que sabe que no puede abandonar la trinchera llegué al viernes. Exhausta física y mentalmente, suponiendo que el último ambiente —el comedor diario— sería “pan comido”. Solo quedaba un placard pequeño e imperceptible que con mi hermana nunca habíamos abierto.
Sumergirme en él fue como abrir una cápsula del tiempo. Lo primero que emergió fue una pila de revistas Anteojito. El aroma del papel viejo me disparó a las siestas de mi infancia, donde reinaba la orden de silencio absoluto para no interrumpir el descanso de mis viejos. Mi única opción de entretenimiento era la lectura de acertijos, crucigramas, trucos de magia y las recetas para cocinar sin horno —mis preferidas—, que calmaron mi ansiedad de niña mientras esperaba la hora de salir a dar la vuelta a la manzana en bicicleta, el perímetro de mi mundo conocido.
Luego aparecieron las latas de galletitas con miles de botones que mamá jamás cosió. Detrás encontré apuntes de la facultad de mi papá; documentos que habían resistido más de cincuenta años y muchas mudanzas. También hallé colecciones de estampillas y monedas, reliquias de su época de coleccionista.
Cuando ya creía que nada más podía sorprenderme, apareció una libreta negra con un recorte del diario La Capital de Rosario, de abril de 1967, que anunciaba el casamiento de mis padres. Ahí empezó la historia que los llevó a aventurarse a General Pico en mayo de 1973. Recordé nuestra llegada: un día gris donde el viento me empujó impidiéndome avanzar por la explanada de la terminal. Y el olor a tierra, que desde ese día teñiría de color marrón mis mocos infantiles y mis lágrimas, las que estrené ese día y las que vinieron después.
Por entonces, Pico era un pueblo de pocos habitantes, con calles mayormente de tierra y cortes de luz cotidianos. Estábamos a 560 kilómetros de Rosario, pero en aquel mundo sin inmediatez, esa distancia se sentía como de muchos miles más. Eso era la lejanía real.
Guardo la imagen de mi papá entusiasmado, arquitecto recién recibido, en busca de trabajo, que encontró en Pico su lugar en el mundo. Transformó el pueblo con sus casas, cambió la vuelta al perro por una peatonal moderna. Dejó su marca en líneas que todavía se recorren.
Fueron años difíciles. Solos y lejos de todo, construimos juntos esta casa. Hecha de ladrillos y nostalgias. De desarraigo y aceptación. Y no puedo vaciarla sin valorar con lo que está construida: el esfuerzo de un arquitecto rural, el sacrificio de una mujer que nunca dejó de añorar su Rosario querido y sus dos hijas que crecimos exiliadas de una familia que nunca dejó de estar lejos.
Sin embargo, con el correr de las décadas, la rosarina expatriada fue cediendo terreno a la pampeana por elección. Mi vida se enraizó en este trazado de calles anchas y cielos inmensos. Encontré el abrazo de un paisaje infinito, amigos que se convirtieron en familia y la propia familia que terminé formando aquí por voluntad y amor. Hoy soy pampeana de corazón, porque este suelo que mi padre eligió para construir con hormigón, yo lo elegí para sembrar mis afectos.
Estoy aturdida de tantos recuerdos, siento que mi corazón ya no puede más de tanto salto cuántico desde el presente al pasado. Respiro, me preparo un mate y tomo dos antes de seguir.
Repaso los estantes antes de cerrar las puertas, cuando veo casi al final del mueble un sobre de papel madera. Adentro me estaba esperando la redacción “La familia” con la que gané un concurso a los diez años. Había encontrado el inicio de mi propia historia como escritora, y el rastro de una vocación que ya latía entre estas paredes. Recordé mi infancia compartida con mi hermana, cuando cada noche le inventaba un cuento antes de dormir. Ella fue mi primera lectora, la fiel oyente de ese audiocuento improvisado para espantar los miedos. En esa complicidad de hermanas estaba fundando mi destino con las palabras.
Fue en ese instante, con la redacción en una mano y el recorte del diario en la otra, donde comprendí el hilo invisible que me amarra a este suelo. Mi padre eligió esta llanura infinita para levantar sus muros, para desafiar al viento con hormigón y diseñar el escenario de nuestra vida. Hoy, yo elijo este mismo horizonte para construir mis historias.
Entendí que mi oficio de narradora no es ajeno al suyo de arquitecto. Él trazaba planos sobre el papel vegetal para transformar la fisonomía de General Pico; yo trazo párrafos para rescatar su idiosincrasia, sus silencios de siesta y su resistencia al olvido. Escribo para contar la pampa no como un paisaje ajeno, sino como el territorio que ellos, con su desarraigo a cuestas, me heredaron como hogar. Mi escritura es mi forma de seguir habitando la casa que él construyó, de honrar esa mirada urbanista que vio belleza donde otros solo veían distancia. Hoy cuento nuestra historia porque descubrí que mi voz nació en ese mismo placard, alimentada por las mismas esperanzas que los trajeron desde Rosario. A partir de ese momento, cada papel que aparecía dejó de ser un resto para convertirse en una pista. Encontré cartas de mis abuelos, postales; palabras que viajaron décadas para llegar hasta mis manos. La casa, que sentía oscura, empezó a iluminarse con una luz de identidad.
Cuando salí de allí ese día, ya no sentía que hubiera vaciado una vida. Estaba recogiendo sus hilos para seguir tejiendo. El pasado no desaparece y yo había encontrado su punto de partida. Y el mío. Finalmente, me fui de la casa con una caja, un recorte de diario y un sobre de papel madera. Es lo necesario para cerrar la puerta y entregar las llaves. Vendrían otros a habitarla, a construir una vida usando estas paredes. Yo me llevaba los planos espirituales de su historia transformados en palabras.