Sentado en el espacio cultural de Clarín-Ñ de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, el secretario de Redacción del diario, Héctor Gambini, recordó el homenaje espontáneo y silencioso con el que decenas de periodistas despidieron al artista, músico, periodista y, sobre todo, demócrata Hermenegildo Sábat, al conocer la noticia de su muerte el 2 de octubre de 2018: «Todos publicamos en nuestras redes una caricatura que Menchi nos había hecho –dijo–. Un recuerdo silencioso, como era él». Hubo otros recuerdos, una charla frente a la máquina de café, un saludo amable que no sabía de jerarquías, una oficina pequeña en la que nacían grandes obras… La excusa fue la presentación del libro Diez veces Sábat. Vida y obra del artista que retrató al país (Agea), pero la actividad se transformó en una celebración colectiva en memoria de un genio.
El columnista Alejandro Borensztein participó de la presentación “Diez veces Sábat. Vida y obra del artista que retrató al país”. Foto: Antonio Becerra.La autora del libro, de exquisita hechura y que se puede comprar en el stand 3141 del Pabellón Ocre, es la periodista y editora Diana Baccaro, que estuvo acompañada por el columnista Alejandro Borensztein y Cristina Santa Cruz, curadora de la muestra Hermenegildo Sábat. Maestro del Retrato, que se presentó en julio de 2024 en el Museo Nacional de Arte Decorativo. Juntos recorrieron escenas de la vida del artista, la singularidad de su talento, la dimensión de su trabajo cotidiano en el diario Clarín, al que llegó en 1973, y su despliegue en otras áreas como la música, la pintura, la fotografía, el periodismo, la edición y la docencia, entre otras.
Alejandro Borensztein valoró el talento de Sábat, que «logró grabar la historia de la Argentina» y contó que en su infancia aprendió a imitar algunos trazos del maestro: «Siempre recuerdo que aprendí a copiarme la cara de Perón, que él podía sintetizar con un solo trazo, de perfil y, una vez que lo incorporé, lo tenía como habilidad en el colegio».
El columnista dominical de Clarín y autor de las notas más leídas cada fin de semana, se refirió a las vueltas de la vida que, desde aquel «primer contacto con Sábat», lo reunió con Menchi de manera privilegiada: «Finalmente tuve el honor de estar con mi nota en la página 2, cuando el dibujo de él aparecía en la página 3, de tal manera que durante mucho tiempo, los domingos se abría el diario y yo seguía sin poder creer que su ilustración se viera al lado de mi nota«.
Alejandro Borensztein también compartió con el público, que llenaba todos los asientos, plataformas y rincones del stand del diario, la mística de la pequeña oficina en la que Menchi Sábat desplegaba lápices, crayones, papeles e insumos, como un mago combina elementos misteriosos: «Visitarlo en su oficina siempre fue una ceremonia, por lo que sucedía en ese ámbito, por las cosas que tenía sobre el escritorio y por la calidez con la que te recibía en un lugar que es como otro mundo dentro de esta vida«, describió.
La autora del libro “Diez veces Sábat. Vida y obra del artista que retrató al país”, Diana Baccaro. Foto: Antonio Becerra.Un dibujante de dos años
A su turno, Diana Baccaro recordó los inicios en la ilustración de un Menchi muy muy pequeño, en su Uruguay natal: «Sus hijos, que están acá, Rafael y Alfredo, no me van a dejar mentir: Sábat empezó a dibujar cuando tenía 2 años. Y fue un autodidacta total. A los 12 años, ya había publicado su primera ilustración, que era el retrato de un jugador de fútbol, de Peñarol y de la selección uruguaya. Recibió las primeras felicitaciones por ese trabajo», apuntó y aclaró que ella se referiría en presente a Sábat porque «siempre está con nosotros y, aunque falleció en 2018, lo seguimos extrañando».
Baccaro, que es además de periodista, profesora de la Maestría de Periodismo de Clarín y la Universidad de San Andrés desde 2007, recordó que Menchi heredó el interés por la ilustración de su abuelo Hermenegildo Sábat Lleó, nacido en España, que en Uruguay se transformó en un popular caricaturista: «Él dice que aprendió a dibujar viendo a su abuelo, de quien le heredó, además, su nombre», puntualizó la autora del libro.
La periodista agregó que, de copiar los primeros trazos en la infancia, se transformó en el Menchi que llegaba a la casa de cientos de miles de hogares argentinos en las páginas del diario: «Un genio que finalmente nos acompaña en Clarín y en otros muchos lados, porque lo que cuenta este libro no es solamente la faceta de Sábat como caricaturista, sino también (y como todos los genios), dentro de él habitaron muchos otros talentos«.
Fue músico. Fue fotógrafo. Fue periodista. Fue pintor. «Y, sobre todo, fue un demócrata –subrayó Baccaro–. Porque cuando le preguntaban cuál era su profesión, él respondía. ‘Yo soy demócrata’», evocó.
También la curadora Cristina Santa Cruz recuperó el recuerdo de su primer contacto con Sábat: «Yo conozco a Alfredo desde hace mucho tiempo y hemos compartido exposiciones. A una de esas, me acuerdo de que llegó Menchi y era un evento que viniera él, que se plantara frente a todas esas obras. Y quiero agradecer a la familia, que nos permitió indagar en su enorme archivo. Porque imagínense que, a un promedio de tres ilustraciones por día por la cantidad de años que ha trabajado en la redacción, donde él sentía el pulso de la sociedad, el acervo patrimonial que hay detrás de ese personaje es inmenso», dimensionó.
La curadora Cristina Santa Cruz participó de la presentación “Diez veces Sábat. Vida y obra del artista que retrató al país”. Foto: Antonio Becerra.La directora del Palais de Glace usó el concepto de polímata para definir el amplio y prolífico universo creativo de Sábat: «Decimos que es, además, un poeta, uno de esos personajes que artísticamente pueden dominar distintos lenguajes con los que realmente están creando poesía. Realmente, preguntando a especialistas y artistas, podemos decir que no encontramos ningún otro caso como el de Sábat y sus retratos. Durante 20 años ha dibujado una vez y otra vez a algunos personajes y no los repitió nunca. Solo un genio puede dibujar a alguien tantas veces y seguir contándonos una historia nueva«.
«Porque él decía que podía dibujar 20 veces la misma cara, pero nunca el mismo gesto«, sumó Diana Baccaro.
Varios de sus compañeros, presentes en la charla, describieron su andar sereno, las manos entrelazadas en la espalda, la boina y el saludo siempre listo para todo aquel que lo cruzara. «Llegaba todas las tardes, no faltaba nunca, atravesaba todo ese pasillo, llegaba a su oficina y luego se ponía a dibujar. Antes le había preguntado al cronista del día: ‘¿Cómo viene el baile?’ Y cuando le comentaban dos o tres cosas, ya dibujaba la realidad del día», reconstruyó Baccaro.
Ninguna palabra
Menchi había renunciado muy tempranamente a usar palabras en sus trabajos. Una máxima que respetó con coherencia. «Me parece que es dificilísimo hacer eso –explicó Alejandro Borensztein–. Uno de los dibujos que más me gustan es uno de Alfonsín atajando una pelota, pero sin dejar de hacer su característico saludo con las dos manos juntas. También, otro con Alfonsín jugando partidas simultáneas de ajedrez con la gente poderosa de ese momento, los sindicalistas, los comunistas, los militantes. Y son imágenes que sintetizan todo».
Además de ese poder de condensar sentidos, Baccaro también valoró el coraje de Sábat: «El retrato de los tres miembros de la Junta de Gobierno como viudas fue el primero que se hizo de los militares. Nadie se animaba a hacerlo. Era el año 78, estaban distraídos con el Mundial y Menchi encontró una ventanita. Había que tener agallas para poder hacerlo».
Baccaro recordó que la idea del libro había nacido como un proyecto del periodista Pablo Calvo, tristemente fallecido a los 53 años durante la pandemia. «Pablo era como un hijo del corazón para Menchi», apuntó la periodista. En 2024, en la muestra curada por Cristina Santa Cruz, la familia de Sábat le propuso retomar la idea del libro.
La presentación “Diez veces Sábat. Vida y obra del artista que retrató al país”. Foto: Antonio Becerra.Y desde entonces, la editora se sumergió en una vida casi inabarcable: «Junté coraje, porque la verdad hay que tener coraje para hacer un libro sobre un monstruo. Traté de hacerlo con todo mi amor, con todo mi cariño. Y ahí me encontré con el verdadero genio«, compartió.
Para cerrar la charla, otros compañeros de Menchi recordaron su legado. Graciela Baduel, jefa de sección en los suplementos Arquitectura y Countries, contó que se acercaba cuidadosamente a la máquina de café para intercambiar algunas palabras con él. Y Horacio Convertini, secretario de Redacción y editor jefe de la revista Viva, recuperó una polémica que atrapó el trabajo de Sábat en una puja política: «Yo pensaba que mal estamos, sobreanalizamos con la interpretación de ciertos intereses políticos y eso termina transformando el arte en una especie de bandera de discusión».
También su hijo Alfredo, ilustrador como su padre y artista del diario La Nación, contó que durante un tiempo ambos Sábat publicaron sus trabajos en Clarín, hasta que él pensó que era mejor buscar otros rumbos: «Yo sigo en el oficio, que comenzó mi bisabuelo», dijo y recordó que, desde luego, aprendió a dibujar en su casa viendo a su padre realizar ese trabajo: «Durante mucho tiempo pensé que lo más normal del mundo era que la gente trabajara de dibujar», contó mientras el público sonreía por la ocurrencia infantil.
Antes de que la actividad terminara, Héctor Gambini llevó imaginariamente a los asistentes a la pequeña oficina de Menchi en Clarín, les mostró una mesa poblada por crayones, pero también restos de colores, o un vaso con un sorbo de café olvidado en el fondo. «Un día entré y le dije, ‘Maestro, parece la mesita de una maestra jardinera’. Pero él usaba esos materiales para, con dos trazos, dibujar una cara reconocible y, además de la cara reconocible, convertirla en un personaje que nos está diciendo algo«.
De la revolución a la cárcel
Antes de la presentación de Diez veces Sábat. Vida y obra del artista que retrató al país y mintras La Rural era recorrida por miles de personas, aunque menos de las que la visitaron el viernes y el sábado, la escritora chilena Nona Fernández, una de las invitadas extranjeras a la quincuagésima edición de la Feria del Libro, presentó su novela Marciano (Random House), en diálogo con la crítica Alejandra Rodríguez Ballester, basada en las conversaciones que la autora mantuvo en la cárcel con el revolucionario Mauricio Hernández Norambuena, más conocido en el país trasandino como comandante Ramiro.
‘Entrevista a escritora chilena Nona Fernández por Alejandra Rodríguez Balleste. Foto: Antonio Becerra.“Además de escribir, una cosa que también me mueve es el activismo y, sobre todo, en temas que tengan que ver con dejar la dictadura de atrás”, explicó la autora de Mapocho y recordó: “Nosotros en Chile todavía tenemos una Constitución que firma Augusto Pinochet”.
La escritora contó que accedió a entrevistar al guerrillero detenido en una cárcel de máxima seguridad en el marco del proyecto de una serie para una productora internacional que gestionó los permisos: “Pero, un año después, la serie se canceló y yo me quedé con ese permiso. Seguí yendo a conversar con él ya con la idea de escribir un libro”, recordó.
“Marciano es una aproximación a intentar entender lo que es la lucha armada en mi país”, puntualizó Nona Fernández y explicó que Hernández Norambuena formaba parte del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, “que es el brazo armado del Partido Comunista y que surge el año 83, en plena dictadura. El objetivo era, no derrocar a la dictadura porque eso eran grandes palabras, pero oradarla”.
Y aunque el protagonista tiene una vida atravesada por hechos sorprendentes, para Fernández la historia era otra: “Había otro relato que tenía que ver con los 27 años de presidio, que a mí también me parecía muy interesante porque sentía que era la metáfora de algo. Y de algo que no era personal de él, sino que algo que tenía que ver con mi país, con mi sociedad, incluso con mí misma”, admitió.
‘Entrevista a escritora chilena Nona Fernández por Alejandra Rodríguez Balleste. Foto: Antonio Becerra.Nona Fernández decidió asumir el punto de vista de su protagonista, pero conservando su propia mirada. Por eso, compuso una estructura articulada en grandes segmentos como un diálogo entre N, de Nona, y M, de Mauricio o de Marciano.
“De a ratos teníamos un parecer muy similar y había mucha complicidad en los temas que conversábamos. Pero al rato no. Y pese a que yo me senté a conversar con él intentando comprender muchas cosas, al rato sencillamente no comprendí. No comprendí, por ejemplo, los secuestros y no llegamos a un acuerdo sobre eso. Tampoco llegamos a un acuerdo sobre la guerrilla colombiana. Pero eso no quiere decir que no podamos estar conversando incluso sobre un tema que puede ser incómodo”, reconoció, aunque valoró la posibilidad del diálogo incluso en la incomodidad.