Yumi Matsuzawa parece una muñeca de porcelana: todos a su alrededor la tratan con extremo cuidado, como si fueran conscientes de cierta fragilidad.
Es una estrella del fenómeno conocido con el nombre de anisong, las canciones que musicalizan los animés (por si hiciera falta aclararlo: series de animación japonesa).
Antes de que títulos del estilo de Kimetsu no Yaiba o Yuyutsu Kaisen llegaran a audiencias masivas en la pandemia –un público integrado, en parte, por personas que por primera vez coqueteaban con este mundo–, hacía tiempo que Yumi se había consagrado como la voz femenina más relevante en la música de Los Caballeros del Zodíaco, una famosísima franquicia inspirada en la mitología griega que se emitió por primera vez en 1986.
Pero más allá de este reciente boom global, la influencia de la cultura otaku (la de los fans de la cultura pop nipona) es de larga data en Argentina (y en otros países de latinoamérica como Chile, México y Brasil).
Repasemos: luego de los legendarios Kimba, Meteoro y Robotech de la televisión por aire, ya en los noventa, Dragon Ball Z y Sailor Moon circulaban en nuestra televisión por cable (el canal Magic Kids, por ejemplo, tenía un programa llamado El club del animé) y, de a poco, estas producciones audiovisuales dejaban de ocupar un lugar exclusivamente infantil en la TV local.
Locomotion empezó a transmitir Neon Genesis Evangelion, de contenido explícito y existencialista, en el ‘99. Un furor que se materializó en las comiquerías, donde se podían encontrar ediciones de manga traducidas y revistas especializadas, y en las convenciones, donde surgían los primeros intentos de experimentación con el cosplay, la práctica de imitar el vestuario de un personaje determinado y ponerse en su piel (los trajes se cosían a mano: una costumbre artesanal que hoy es opacada por el ingreso de plataformas como Temu y Shein al país).
Estos encuentros de fans eran similares a lo que actualmente es, por ejemplo, la Comic Con. Pero en aquel momento se trataba de una escala muchísimo menor que tenía que ver con encontrar a personas con gustos similares y formar grupos de pertenencia.
Empecé trabajando como modelo. En Japón hay trabajos por hora, como changas, empecé por ahí. A mis dieciocho, me presenté a una audición para un animé y quedé seleccionada. Pero fue muy difícil debutar como cantante.
Ella, la estrella
Yumi Matsuzawa, que tiene cincuenta y dos años pero bien podría tener veinte, es una de esas divas japonesas que siempre han respondido al llamado de sus seguidores latinoamericanos: vino tantas veces a la Argentina que ya perdió la cuenta. Cree que fueron alrededor de cuatro o cinco, la última en enero de este mismo año.
Con tres décadas de trayectoria, musicalizó animés y videojuegos, escribió letras para otros artistas, se presentó en el estadio Budokan de Tokio (una especie de Movistar Arena), trabajó como seiyuu (actriz de voz) y, en el medio, lanzó canciones propias. También tiene un canal de YouTube donde responde preguntas de fans y, a partir de su propia experiencia con el cáncer de mama que atravesó en el 2016, aconseja a personas en situaciones similares.
En la constelación de referencias culturales –es fanática de Janet Jackson, del rock estadounidense y del soul– se hace visible la influencia que tuvo la cultura estadounidense para el Japón de los noventa, que supo reinventar ese imaginario para convertirlo en un código propio.
Durante el período llamado heisei, que empezó oficialmente en el ‘89, terminaba de consolidarse el lenguaje japonés más pop: el manga y el animé, los videojuegos y las innovaciones tecnológicas, la estética kawaii que tiene a Hello Kitty como líder suprema, los grupos de cantantes conocidas como idols. Una época cargada de misticismo que, paradójicamente, coincidió con la crisis económica posterior al estallido de la burbuja financiera.
Sentada en la cafetería de su hotel en Palermo, la princesa se prepara para los dos shows que dará este fin de semana en el Jardín Japonés de Buenos Aires.
Yumi Matsuzawa es fan de Janet Jackson. Foto: Mariana Nedelcu. -¿Cuáles fueron tus primeras influencias musicales?
-Cuando era chica me gustaba mucho la música americana R&B, y también las cantantes japonesas que estaban de moda, como Seiko Matsuda. Hace poco pensé en lo que me dio origen y me acordé de Janet Jackson. Ya la había visto hace diez años, pero justo el mes pasado fui a su show en Japón y me sorprendió mucho su energía y lo joven que se veía, porque busqué su edad y ahora tiene sesenta años.
–¿Y cuándo empezaste a trabajar como cantante?
-Empecé trabajando como modelo. En Japón hay trabajos que son por hora, como pequeñas changas, ese tipo de trabajos. Estaba en una agencia y ellos me mandaban a audiciones. A mis dieciocho o diecinueve años me presenté a una audición para cantar la canción de Martian Successor Nadesico y quedé seleccionada. Me empezaron a pagar las clases de canto, pero aunque pasé la audición era muy difícil poder debutar como cantante.
-¿Por qué era tan difícil?
-La gente piensa que si ganás una audición, podés debutar enseguida, pero no siempre es así. Al quedar seleccionada entré a una empresa de música donde me hicieron tener distintas experiencias que incluían las clases, pero también tenía que ir a conciertos para tener más conocimientos y cantar en bandas. Estuve dos años así hasta que pude presentarme oficialmente, cuando salí campeona de un concurso de canto.
Una voz en la memoria
Cualquier fan del animé recuerda los primeros acordes del opening de la primera serie que produjo un impacto fuerte en su vida. En general, es un momento asociado con la infancia. Por eso las voces de sus cantantes están ancladas en la memoria afectiva de los fans y, en Japón, los intérpretes se convierten en estrellas. El género anisong emergió en los setenta, con los primeros éxitos masivos del animé, y entre los ochenta y los noventa ya tenía sus propios referentes, además de las cantantes pop que lo elegían como un camino posible para insertarse en el mercado.
Yumi musicalizó animés y videojuegos, escribió letras para otros artistas, se presentó en el estadio Budokan de Tokio
You get to burning: en ese broken english, un inglés gramaticalmente imposible por su uso del gerundio, la voz de Matsuzawa le decía al público de Martian Successor Nadesico algo así como “llegá al punto donde empezás a arder”. O quizás sugería que era posible alcanzar un punto donde uno estaba permanentemente ardiendo, una acción que nunca termina. Esa sintaxis caprichosa, ese uso del gerundio burning en lugar del infinitivo burn, en conjunción con la voz simultáneamente enérgica y melancólica de Matsuzawa, hicieron de la cortina de ese animé del ‘96 una canción que muchos no pueden olvidar. Invocando la emocionalidad con coros estilo gospel, la canción homenajeaba a la del célebre Neon Génesis Evangelion y, a la vez, se convertía en un clásico por sus propios medios.
Más allá del universo del animé, Mitsuzawa se inscribe en la tradición retro del city pop: la banda sonora de la época de prosperidad económica del Japón de los setenta y los ochenta, una combinación de jazz y disco que evocaba una ciudad luminosa, llena de posibilidades.
Durante los últimos años, el género tuvo un revival tan grande en Occidente que las disquerías de Tokyo cuelgan anuncios en sus locales donde le explican con hartazgo a los turistas que no venden city pop y que no piensan hacerlo, que dejen de preguntar. Otras aprovechan el fenómeno y se dedican a vender sólo este tipo de discos.
En el Jardín Japonés
Lo cierto es que, en nuestras latitudes, el género todavía produce entusiasmo. Cuando Yumi canta la dupla de himnos urbanos Plastic Love y Stay With Me (de Mariya Takeuchi y Miki Matsubara respectivamente), no son pocos los que hacen palmas y corean la letra. En su último show de esta visita a Buenos Aires también interpreta una versión propia del enka, un estilo de música tradicional japonesa, todos sus grandes hits del animé y Centimeter, un single de autoría propia que lanzó recientemente.
Yumi Matsuzawa tiene una voz enérgica y melancólica. Foto: Mariana Nedelcu. Aunque es un domingo lluvioso de siete grados, y se habla de que probablemente sea uno de los días más fríos del año, el salón del Jardín Japonés rebalsa de fanáticos: no sería arriesgado afirmar que todos deben ser muchachos que se criaron mirando Saint Seiya. Entre ellos, algunos estudiosos conocen los gestos de manos y los cánticos (fanchants) que deben hacer quienes desean rendirle culto a las idols en los conciertos de Japón.
En medio de la multitud, alguien sostiene en alto una camiseta de la selección argentina con el nombre “YUMI” impreso en mayúsculas. Vestida con un kimono rojo, ella se acerca a saludarlos, les hace corazones y reverencias. Pero no se termina ahí: después del show, una larga fila de devotos la espera para conocerla.
-¿Cómo ves el panorama de la industria musical en comparación a la época en la que vos empezaste?
-En estos treinta años que vengo cantando las normas cambiaron mucho, son 180 grados de diferencia. Últimamente, en estos cuatro o cinco años, también sentí la diferencia. Ahora si alguien tiene una computadora y quiere ser idol puede grabar una canción en su casa. Cuando yo empecé había mucho dinero en juego, poder debutar o conseguir un contrato con una empresa discográfica grande era como ganar la lotería.
-En una entrevista decías que sos “forever seventeen”, por siempre de diecisiete…
-Hay una seiyuu (actriz de voz), Inoue Kikuko, que lo dice siempre. Entonces inventamos una especie de religión en base a eso (risas). Es una broma, pero armamos un grupito en el que Inoue es líder y somos varios los que decimos que tenemos por siempre diecisiete.
-¿Es muy distinto escribir para una serie de animé en comparación con escribir canciones propias?
-Cuando escribí Chikyugi, por ejemplo, Saint Seiya (Los Caballeros del Zodíaco) ya era famoso, y poder superar la canción que existía era muy difícil. Entonces quise buscar otro toque, una postura diferente. La canción anterior tenía que ver con la fuerza y la lucha, así que yo me puse en el lugar de los más débiles, los Caballeros de Bronce. Y pensé en cómo una persona, aunque sea débil, puede ir avanzando.
–Mucha gente asocia tu voz con sus recuerdos de la infancia…
-Estoy muy contenta con eso. A veces se me acercan personas llorando. Me han dicho que por medio de la canción recuerdan algún momento de la infancia en el que pudieron superar algún sufrimiento.
-Hoy se idealiza mucho el Japón de los ‘90, ¿vos cómo lo viviste?
-En el momento nadie lo piensa, simplemente era joven y vivía. Me gustaba Rolling Hills, Fugees, ellos todavía no eran tan famosos. En esa época también trabajé como presentadora en MTV y eso me acercaba a personas nuevas. Tal vez te pase lo mismo a vos, pero a lo largo de estos treinta años las cosas que me gustan no cambiaron mucho: ni la ropa, ni la música.