Hay algo entrañable y también (cuando ya tienes una edad) molesto en ver a una sala plagada en primeras filas de cuarentones y cincuentones entregados al pogo, como si aún estuvieran en 2005, en aquel mítico concierto de pegamentocifer en Copérnico. El pasado jueves en la vagón en vivo de Madrid, en la visita propiciada por Last Tour y con una entrada cercana al 80 %, se vivió uno de esos momentos: rodillas crujientes, camisetas sudadas y la firme negativa colectiva a aceptar que el tiempo pasa. Para ellos y para los de arriba del escenario.
Abrían para ellos El bueno, el malo y el zuglycompatriotas de pegamentocifer y herederos directos de turbonegroalgo que no solo no niegan: lo llevan por bandera. En unos 40 minutos salvajes y desternillantes, dejaron claro que lo suyo es tocar a toda velocidad, sonar como un tiro y el desparrame. Presentaban Chicos de noviembre (Indie Recordings, 2025), del que cayeron algunas como la que da título al disco, “New Kids On the Block Chain” o “All My Friends Are Dead Inside”.

Punk sucio, actitud de barra de bar y un sarcasmo que funciona muy bien en las distancias cortas, como cuando Ivar Nikolaisen (vocalista) dijo que ellos en realidad eran multimillonarios noruegos, dispuestos a comprar nuestras casas para convertirlas en Airbnb. Algo que, desgraciadamente, en esta ciudad ha dejado de ser una broma. Se ve que la especulación llega a todas partes, a Noruega también. Después de ver su concierto, altamente disfrutable, cuesta no pensar que merecen un escalón más alto en su vida.
Llegaba el turno de pegamentocifer, con la parroquia entregada, camisetas de la banda por doquier (¿cómo era aquella norma de no llevar camisetas de…?) y un público muy “azkenero”; no en vano, el quinteto noruego fue uno de los hijos predilectos del festival de Vitoria. Mucha expectación, ya que los de Oslo, a pesar de haber hecho apariciones esporádicas en festivales y otros recintos, no han comenzado a girar hasta ahora desde su despedida en 2005.

Técnicamente fue un concierto perfecto, demasiado, quizá. Porque si algo definía a las bandas escandinavas en su época dorada era ese punto de peligro, esa sensación de que todo podía torcerse en cualquier momento. Como cuando Batido Kike trajo por primera vez a turbonegro a El Sol y casi salimos ardiendo por culpa de unas bengalas en una sala tan pequeña.
Aquí no: todo en su sitio, todo medido, todo sonando con precisión. Y es que es inevitable pensar que, cuando el rock and roll se vuelve tan perfecto, pierde el punk. Y eso que Biff Malibú ejerce de una suerte de predicador, con más años, más kilos, pero tratando de tener la misma solvencia escénica. La voz, eso sí, la mantiene prácticamente intacta.

Y ahí estaba entrando en escena el gran símbolo de la noche: ese ojo gigante presidiendo el fondo del escenario, el del gallo de Misma droga Nuevo máximoobservándolo todo. Un ojo vigilante, casi omnisciente, como si estuviera asegurándose de que nada se saliera del guion. Y probablemente ese fue el problema: no se salió absolutamente nada.
Tampoco ayudó una iluminación difícil de justificar. Escenario prácticamente a oscuras durante buena parte del concierto, con luces a contraluz que, más que acompañar el show, parecían empeñadas en cegar al público. Una decisión estética discutible y ridícula que restó impacto y protagonismo a una banda que, precisamente, vive mucho de la presencia escénica. Para hacérselo mirar.

Del mencionado Misma droga Nuevo máximo (Steammhammer, 2026), eje central de un repertorio que no rehuyó el material reciente, sonaron hasta ocho temas del disco: “Another Night, Another City”, “Armadas”, “I’m Ready”, “Mind Control”, “Pharmacity”, “Same Drug New High”, “The Idiot” y “The Score”. Una apuesta valiente y, sobre todo, coherente; pocas bandas con su legado se resisten a convertirse en su propia banda tributo. Pero es que el esperado regreso discográfico nos devuelve a unos pegamentocifer en estado de gracia compositivo, y eso había que explotarlo.
El resto del setlist equilibró clásicos y otros cortes como el hit indiscutible de “Automatic Thrill”, “Get the Horn”, “Go Away Man”, con los primeros pogos “geriátricos” de la noche, o la mítica “I Got a War”, antes de ir cerrando con “Bossheaded”, “Desolate City” y “Rockthrone”, con la que recuperaron su autoproclamado nombre de “reyes del rock”.

También hubo el inevitable y sentido recuerdo al malogrado y anteriormente mencionado Batido Kikeprincipal culpable de dar a conocer la escena escandinava a finales de los 90 en nuestro país. Fue, en definitiva, un concierto sólido, profesional y, claro, en muchas ocasiones disfrutable. Pero también uno que deja una pequeña duda flotando: quizá el ojo lo vio todo… y controló demasiado. Y ya lo dijo en su día el propio Femenino: “Todo el punk debe rockear, todo el rock debe punk”.
Fotos Gluecifer + El Bueno, El Malo Y El Zugly: Fernando del Río