A partir del descubrimiento de la baquelita el mundo cambió para siempre. Tal afirmación grandilocuente puede corroborarse con los usos cotidianos que se le dio, como en el cepillado de los dientes o en los interruptores de la luz.
Este avance producido a comienzos del siglo XX hizo que, a los preciados reinos animal, mineral y vegetal se le sumase el “reino del plástico”, según palabras de la corporación que dominó inicialmente esta industria.
Y Bakelite (el nombre en inglés de la destacada compañía) se llamó así en honor a quien registró el primer plástico completamente sintético: Leo Baekeland. Con su invento, este millonario de origen belga dio inicio a una nueva era que lleva casi 120 años y que se ve en todos lados. Incluso en la contaminación del medioambiente, en especial los océanos.
La baquelita –descubierta en 1907 y patentada dos años después- se basó en la combinación mediante el calor y la presión de dos sustancias químicas, el formaldehído y el fenol. De aspecto marrón oscuro, se vio masivamente en múltiples productos, desde teléfonos y radios hasta bolas de billar y mangos de cuchillos.
Baekeland agrandó su fortuna con el primer plástico sintético. Foto: DiscoveringbelgiumLa primera fortuna de Leo Baekeland ligada a la fotografía
Antes de llegar a los 43 años –edad en que su experimento le dio la certeza que le trajo montañas de dinero- Baekeland venció la fuerza de las “predestinaciones” con nada menos que la educación.
El primer gran invento de Baekeland se relacionó con la fotografía. Foto: Dominio públicoHijo de un zapatero, su destino parecía estar cercado por las ilusiones de su progenitor, quien se conformaba con enseñarle su oficio en Bélgica, la tierra natal de Baekeland.
A los 13 años ya era un aprendiz en la reparación de calzados. Pero su madre, una empleada doméstica, lo amparó para que este pudiera ir a la escuela. Y lo logró, para ello se le reservó el turno de la noche, contó el columnista Tim Harford en un artículo de la BBC.
Semejante esfuerzo le valió una beca para asistir a la Universidad de Gante, en la ciudad homónima belga. A los 21 años tenía un doctorado en química y practicaba la docencia, pero decidió continuar por un rumbo aun más lejano.
En 1889 cruzó el Océano Atlántico luego de su casamiento con la hija de su tutor, siendo Nueva York la ciudad de arribo para la pareja.
En esas tierras de Estados Unidos Baekeland (1863-1944) obtuvo su primera fortuna con la fabricación de papel para la impresión de fotografías. Más precisamente con Velox, el papel que inventó y posibilitó la revelación de imágenes con luz artificial.
Velox fue vendida y el belga inició una vida de comodidades. Foto: DiscoveringbelgiumLa segunda fortuna, la más memorable
Al vender en 1899 los derechos de Velox -por la inmensa suma de un millón de dólares de aquella época- el belga y su familia comenzaron a satisfacer deseos materiales. Se mudaron a una mansión en Yonkers con vista al río Hudson, cerca de Long Island.
Allí armó un laboratorio donde pasó horas haciendo experimentos químicos hasta que encontró la mencionada formulación.
«A menos que esté muy equivocado, esta invención resultará importante en el futuro», apuntó en su diario el 11 de julio de 1907.
Este pensamiento se convirtió en una certeza. Si bien el polímero (el material de la baquelita) no era una novedad, el empresario estadounidense fue el primero en encontrar un método para transformarlo en un plástico termoestable.
El europeo supo ser un distinguido industrial en Estados Unidos. Foto: DiscoveringbelgiumSin embargo, como se vio en su éxito inicial en los negocios, al morir a sus 80 años dejó un legado más que científico.
En 1910, la apertura de una fábrica de baquelita en Perth Amboy, Nueva Jersey, dio cuenta de su caracterización como hombre de la industria.
Por otra parte, quien fuera poseedor de un preciso olfato para lo lucrativo ocupó la portada de la revista Time en 1924, mismo año en que fue presidente de la Sociedad Química Estadounidense. Es que, parafraseando su propia publicidad, la creación de Baekeland parecía no tener límites.
De todas maneras vale hacer algunas precisiones históricas. Un plástico -es decir algo que puede ser moldeado- ya podía conseguirse en la antigüedad, aunque de origen natural. Para ello se utilizaban cuernos y caparazones de tortugas, entre otros materiales.
La maleabilidad de los cuernos de animales (conseguida al calentarlos) permitía hacer desde medallones hasta cubiertos.
De hecho, en el siglo XIX –cuando se empezó a utilizar el celuloide para las bobinas de las películas- este elemento propició la comercialización general de peines, contó en su página web el Science Museum de Londres.
Peine del siglo XIX fabricado en la India con cuerno. Foto: Colección del Science MuseumEl inventor británico que “llegó un día después”
La compañía Bakelite nació formalmente en 1910. Su fin ocurrió casi treinta años después. Pero antes de eso, Baekeland nombró como presidente de la subsidiaria británica a James Swinburne.
Su colega escocés tenía una particularidad: había desarrollado exactamente la misma innovadora fórmula, pero un día después que el belga.
Sin embargo, la diferencia de horas en el determinante registro de los derechos del invento no le quitó a Swinburne su papel de pionero.
Su trabajo con resinas fenólicas fue fundamental para la industria moderna del plástico, publicó The New York Times ante su fallecimiento producido en 1958.
Como curiosidad, este científico del Reino Unido tenía 100 años al instante de su despedida mortal. Ese distintivo lo convirtió en el tercer miembro de la Royal Society en llegar a tal edad. Vale destacar que la nombrada sociedad científica londinense nació en la década de 1660.