
Esta casa ubicada en un valle aislado, a unas tres horas de Ciudad de México, fue diseñada por la arquitecta Fernanda Canales con una idea central: unir el adentro y el afuera al máximo.
El proyecto parte de un patio central y de una estructura curva que lo rodea, de modo que el recorrido abre vistas en todas las direcciones, tanto hacia el interior como hacia el paisaje.
La arquitecta define al edificio como un reloj solar que registra el paso del tiempo. Durante el día, la vivienda se abre hacia el entorno natural, marcado por la presencia de una montaña y un volcán. De noche, en cambio, la vida se concentra alrededor del patio circular interior.
El proyecto está compuesto por tres volúmenes. Por un lado, aparece la casa principal, de forma circular. Además, suma un estudio o cuarto de invitados independiente y otro bloque rectangular con patio, donde se distribuyen dormitorios extra, espacios de guardado y servicios.
La decisión de separar las funciones en distintos cuerpos responde a la topografía del terreno y también permite conservar la vegetación existente. Pensada para dos familias, la vivienda admite distintos modos de uso: puede ser más abierta o más introspectiva, más familiar o más social, según el momento.
Aunque se resuelve en una sola planta para integrarse mejor al paisaje, la cubierta también fue concebida como un espacio habitable, casi como una gran terraza. En el volumen principal se organizan los dormitorios, los baños, los armarios y una cocina rectangular con isla.
Los muros curvos se usan como áreas de circulación y se prolongan hacia el patio en forma de terrazas y hacia el exterior como jardines. A eso se suman aperturas flexibles, pantallas de privacidad, grandes ventanas plegables y vistas enmarcadas que permiten transformar los ambientes y mantener siempre la conexión con el entorno.
Otra de las claves del proyecto es que la casa parece emerger del propio terreno. La intención fue lograr que el volumen se viera anclado a la tierra y que dialogara con el suelo del lugar también a través de sus materiales.
Para conseguir ese efecto, se optó por una construcción baja, de una sola planta, y por el uso de tierra local mezclada con hormigón. Así se logró una terminación natural, de tono terroso, que ayuda a que el edificio se funda con el paisaje como si siempre hubiera estado ahí.
Por su ubicación y por su diseño, la vivienda responde a dos exigencias que parecen opuestas: protegerse y abrirse al mismo tiempo. Debía resguardarse de condiciones climáticas exigentes, con variaciones de hasta 30 grados en un solo día y una temporada de lluvias que ocupa buena parte del año, sin perder la apertura hacia el paisaje.
En ese planteo, los muros funcionan como membranas entre distintas condiciones: entre bosque y pradera, entre estación seca y estación húmeda, y entre el centro, el interior y el exterior de la casa.
Con esa misma lógica de respeto por el entorno, el proyecto buscó un alto nivel de eficiencia energética. La vivienda recolecta agua de lluvia, produce su propia electricidad con paneles solares e incorpora pisos radiantes hidrónicos en los dormitorios.
El sistema solar también se usa para calentar el agua de toda la casa. A la vez, cada ambiente aprovecha la ventilación cruzada natural y se abre a dos o tres orientaciones diferentes, lo que mejora tanto el confort como el uso de la energía.
En el interior, también se priorizó un mantenimiento simple y económico. Por eso se eligieron materiales durables, capaces de resistir el paso del tiempo y el clima sin necesidad de pintura ni revestimientos adicionales.
El mobiliario, varios complementos y parte de la iluminación fueron producidos en el lugar con materiales y trabajo artesanal de la zona. El resultado es una casa pensada en diálogo con la tierra, con el color del paisaje y con una forma de habitar que busca integrarse, adaptarse y respirar con su entorno.