En el extremo sur del país, donde el viento moldea el paisaje, la historia de la familia Pastoriza se entrelaza con la evolución productiva de Tierra del Fuego, y a pesar de contar con más de cien años de experiencia en ese ambiente los encuentra hoy en una nueva etapa de aprendizaje y mejoramiento en la ganadería bovina.
Todo comenzó en 1913, cuando el abuelo y el bisabuelo de Rodrigo Pastoriza -Camilo y Saturnino- llegaron a Ushuaia provenientes de Galicia, en tiempos en que poblar la isla implicaba tanto coraje como visión. A partir de la década del 30 iniciaron actividades de tambo y aserradero, aprovechando los recursos y necesidades de un territorio aún indómito.
Más tarde, en los 50, el abuelo Camilo -ya cerca de los 40 años- se trasladó a la zona de Río Grande. Allí, junto a su hijo Carlos -padre de Rodrigo- comenzó a desarrollar la ganadería ovina y a trabajar la madera en distintos campos. El proceso de arraigo culminó en 1975, cuando Carlos adquirió la estancia Sarmiento y la rebautizó como Río Apen. El nombre, tomado del idioma ona, remite al tucu tucu, un pequeño roedor nocturno cuyas cuevas delatan su presencia silenciosa en esos campos.
La carga animal actual es de una vaca cada doce hectáreas, pero siguen explorando el techo.Ubicado a unos 75 kilómetros de Río Grande, el establecimiento se despliega en una zona de ecotono fueguino, donde se mezclan los pastizales con los bosques de ñires y lengas, en las proximidades de la precordillera. Se trata de un ambiente complejo, de transición, que define gran parte de las decisiones productivas. Sobre un total de 12.500 hectáreas, el campo se organiza en función de las estaciones: unas 7.000 hectáreas se utilizan en invierno, en sectores más bajos y reparados, mientras que en verano se aprovechan otras 5.500 hectáreas de mayor altitud. Aproximadamente 3.500 hectáreas corresponden a superficie boscosa.
Camilo, abuelo de Rodrigo Pastoriza, fue quien se mudó de Ushuaia a la zona de Río Grande en los años 50.Tiempos de transformación
Rodrigo pasó su infancia alternando entre Río Grande y Buenos Aires, donde cursó la escuela como pupilo en el colegio San Jorge de Quilmes. Aunque su formación y primeras experiencias laborales lo llevaron por otros caminos -estudió Comercio Exterior y trabajó en grandes empresas vinculadas a la logística y el consumo masivo-, el vínculo con el campo nunca se diluyó. “Yo quería tener experiencias de otro tipo y por fuera de la familia, pero siempre tenía en la cabeza que iba a decantar acá. Todos los veranos los pasaba en el campo, viví desde chico todas las tareas rurales, siempre me gustó”, afirma el productor en diálogo con Clarín rural.
Rodrigo Pastoriza, de recorrida por el establecimiento Río Apen, en Tierra del Fuego.Ese regreso se concretó en 2006, cuando, con 33 años, decidió sumarse de lleno al proyecto familiar. Durante décadas, la estancia estuvo enfocada en la producción ovina, una actividad emblemática de la Patagonia. Sin embargo, la irrupción del perro asilvestrado cambió las reglas de juego. Hasta 2025 manejaban un rodeo de 14.000 ovejas, pero la presión de los depredadores obligó a tomar una decisión drástica. “Fue una decisión dolorosa, un punto de inflexión importante”, resume Pastoriza. La reconversión hacia la ganadería bovina fue tan rápida como desafiante.
Hoy, Río Apen trabaja con un plantel de 400 vacas madres de la raza Hereford, en un sistema de cría y recría adaptado a condiciones extremas. El aprendizaje fue acelerado: si bien había experiencia previa con un pequeño rodeo, el cambio de escala exigió incorporar conocimientos, ajustar manejos y realizar inversiones en infraestructura. Alambrados más altos, corrales más sólidos y mejoras permanentes forman parte de un proceso que aún continúa.
Rodrigo y Carlos Pastoriza en un mirador del establecimiento Río Apen, en Tierra del Fuego.Explorando los límites
El ambiente impone límites claros. La carga animal actual de la estancia es de aproximadamente una vaca cada doce hectáreas -siguen explorando ese techo-, y en la región el promedio ronda una vaca cada diez hectáreas, muy por debajo de otras regiones del país. El crecimiento del pasto se concentra en pocos meses, y el invierno, con su persistente capa de hielo, condiciona la disponibilidad de alimento. En años especialmente duros, es necesario suplementar con fardos o bolsas de alfalfa, un recurso costoso que se utiliza solo cuando las condiciones lo exigen.
A pesar de esas restricciones, los resultados productivos son destacados. La combinación de buena sanidad y genética adaptada permite alcanzar índices reproductivos muy superiores a la media nacional: 96% de preñez y 90% de señalada en las últimas mediciones. El servicio se concentra entre fines de diciembre y marzo, mientras que las pariciones ocurren en primavera, entre octubre y noviembre. En los últimos años incorporaron inseminación artificial en parte del rodeo, para lo cual se asesoran con Gustavo Mazur, un veterinario que trabaja en Tierra del Fuego brindando herramientas reproductivas junto a la firma Select Debernardi. Además comenzaron a utilizar caravanas electrónicas para mejorar el seguimiento individual.
La alfalfa diferida en fardos o bolsas es un recurso clave en los inviernos más duros.El ciclo productivo se completa con el destete, que se realiza entre mediados y fines de abril. Los terneros alcanzan en promedio los 215 kilos, y una parte se vende a engordadores de Trelew o dentro de la propia provincia. Otra fracción se recría en el establecimiento para producir novillos que, tras un año más a campo, llegan a los 380 kilos y abastecen el consumo local en Río Grande y Ushuaia.
La logística representa uno de los grandes desafíos. Trelew, uno de los principales destinos de los terneros, se encuentra a unos 1.800 kilómetros. Para esos trayectos se utilizan camiones de doble piso, capaces de transportar más de un centenar de animales. A pesar de las distancias, Pastoriza destaca la rusticidad del rodeo: “Se bancan muy bien el viaje y tienen mucha capacidad de engorde”.
Sin embargo, la competitividad se ve condicionada por los costos de flete y la falta de volumen. “La sanidad que tenemos no se refleja en los precios”, advierte. En muchos casos, los valores se ubican en línea o incluso por debajo de los mercados de referencia del país, lo que obliga a ajustar permanentemente las decisiones comerciales.
El clima, como siempre en el sur, es un factor determinante. Las lluvias del último verano fueron favorables, especialmente en noviembre, cuando el rebrote del pasto es clave. Pero la incertidumbre nunca desaparece. El hielo es el principal enemigo: si se forma temprano -explica Pastoriza-, dificulta el acceso al forraje y puede extenderse hasta la primavera. A diferencia de la nieve, que los animales pueden remover, el hielo se convierte en una barrera infranqueable.
En invierno los ríos y arroyos se congelan y hay que romper el hielo de los manantiales para que la hacienda pueda beber.El acceso al agua también requiere atención. Las vacas demandan mayor consumo que las ovejas, y afortunadamente la zona cuenta con abundantes manantiales, que no llegan a congelarse con capas tan sólidas como los ríos y arroyos. El trabajo cotidiano incluye romper esa capa superficial para asegurar el suministro.
En términos forrajeros, el sistema se apoya casi exclusivamente en el pastizal natural. En el pasado se intentó producir cultivos como avena y centeno, pero la respuesta fue decreciendo con el tiempo, y actualmente, Pastoriza participa en ensayos junto al INTA para evaluar la implantación de pasturas adaptadas, incluyendo alfalfa, en busca de mejorar la oferta.
Más allá de la producción, Río Apen también explora nuevas alternativas. El atractivo natural del entorno abre oportunidades para el turismo rural, una actividad que la familia ya experimentó en el pasado. Hoy, con limitaciones de mano de obra, el enfoque es más acotado, pero comienzan a retomar iniciativas como las cabalgatas, que permiten mostrar el paisaje fueguino desde adentro.
Una vista aerea de las instalaciones y el ambiente de Río Apen, a 75 kilómetros de Río Grande.Así, entre la tradición heredada y la necesidad de adaptarse a nuevas condiciones, la historia de los Pastoriza continúa escribiéndose en uno de los rincones más australes del país. Un territorio exigente, donde cada decisión pesa, pero donde también persiste el espíritu pionero de quienes eligieron, hace más de un siglo, hacer del fin del mundo su lugar en la tierra.
Los perros, un problema que crece
Los Pastoriza no son los únicos que decidieron apostar por los bovinos en los últimos tiempos. El cambio de la ganadería ovina a las vacas fue un movimiento general en el ecotono fueguino, donde es muy difícil controlar a las jaurías de perros asilvestrados. “Hoy la mayoría de los establecimientos ya no tienen ninguna oveja. En la estepa, algunos pueden seguir porque hay otros métodos, pero donde hay bosque, es imposible”, dice Rodrigo Pastoriza, y agrega: “Hace unos años los perros están empezando a matar también terneros, y a las vacas grandes las muerden o las corren”.
Según explica, por la falta de estrategias de control, y una cuestión de selección natural, los perros que se ven son cada vez más grandes y fuertes. “Matan mucho guanaco, y como ovejas no hay, van por otra cosa. Se han ido desarrollando, tienen otro tamaño, andan de a tres o cuatro. Yo he visto hasta 14 perros juntos”, describe.
Por las características naturales del campo, las recorridas no se hacen en camioneta sino en cuatriciclo o a caballo, y por si acaso, siempre armados. “Por el momento no hay ningún plan de manejo provincial del perro asilvestrado, no hay medidas concretas. Si no se empieza a controlar en los municipios, que es de donde salen los perros, es imposible lograrlo en el campo”, advierte el productor.