
Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron el 28 de febrero la guerra contra Irán, muchos se imaginaban una “operación quirúrgica” como había ocurrido en Venezuela o un episodio bélico de poca duración. El propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anticipó una confrontación de “unas semanas”.
Sin embargo, sus declaraciones me hicieron pensar en las famosas palabras del rey Guillermo II al declarar la guerra de Alemania contra los Aliados (Francia, Reino Unido y Rusia). Cuando estalló la guerra en Europa en el verano de 1914, el monarca alemán prometió a sus soldados que ellos regresarían a sus hogares antes de que “caigan las hojas de los árboles”, es decir, en otoño del mismo año. La historia nos cuenta que muchos de los soldados nunca regresaron a sus casas y, por otro lado, aquellos que sobrevivieron a la Primera Guerra Mundial volvieron con sus familias después de cuatro años y con cicatrices irreparables.
Según el refrán: “Errar es humano, pero repetir el error es una elección”, por eso es esencial que tomemos decisiones en el presente con un ojo puesto en el pasado. Vivimos en un ciclo muy parecido a la etapa previa de las primeras dos guerras mundiales: el mundo está dividido en bloques y la Organización de las Naciones Unidas parece haber llegado a su ocaso.
Si bien la decisión del presidente Trump de crear su propio consejo de paz no es la solución, definitivamente subraya las limitaciones de la ONU para resolver la crisis actual. Dado este vacío y aún en espera de una entidad “sucesora” actualizada, corremos el riesgo de retroceder al viejo sistema cuya síntesis es “might is right” (la ley del más fuerte). Ya a principios de este año, Mark Carney, Primer Ministro de Canadá, durante su discurso en Davos, alertó sobre el peligro de abandonar por completo las leyes internacionales y de la ficción en la que se vivía antes de este conflicto actual: “ Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era en parte falsa. Que los más poderosos se saltarían las normas cuando les conviniera”
De hecho, la guerra en Irán no es un hecho aislado, sino la cima de esta crisis mundial. Vale señalar que el mundo padece en este mismo momento más de 50 conflictos armados. Las guerras en Ucrania, en Siria, en Iraq, en el Líbano o en Gaza ya se asemejan a un laberinto sin salida. Para colmo, el Medio Oriente en sí es una región que ya hace décadas carece de estabilidad y no conoce la realidad de vivir en paz.
Debido a este pronóstico tan oscuro, el Jalifa de la Comunidad Musulmana Ahmadía, Su Santidad Mirza Masroor Ahmad, promovió ya hace una década atrás la campaña global “Voces por la paz” y pidió a los lideres políticos frenar la tercera guerra mundial. Muchos consideraban que su postura era exagerada, pero vale recordar que cuando el Archiduque Fernando de Austria fue asesinado en Bosnia o cuando Hitler invadió Polonia nadie se imaginaba que esos acontecimientos desembocarían en destrucciones totales.
En resumen, me parece secundario entrar en el debate sobre si presenciamos una guerra mundial en “partes” o si estamos al borde de ella. Es primordial en este momento evitar que la última gota rebalse al vaso y nos lleve a una catástrofe global.
Reconozco que el cese temporal al fuego entre Estados Unidos e Israel contra Irán es muy débil y corre peligro de caer en cualquier momento por su fragilidad. A su vez, me consta que aunque la tregua no es suficiente, no deja de ser el primer paso hacia la pacificación.
No soy experto en el Medio Oriente, ni proclamo poseer la “receta mágica” ante el caos en el mundo, no obstante, como teólogo, estoy convencido de que la palabra es siempre más eficaz que el arma como herramienta de diplomacia. Al mismo tiempo, estoy seguro de que la mesa de negociaciones es un lugar más apto que el campo de batalla para llegar a un acuerdo. En mi caso personal, como musulmán, sostengo la creencia de que la paz no se puede imponer al otro por la fuerza, sino que se construye sobre acuerdos mutuos y, sobre todo, principios de justicia.
El islam declara la justicia como la columna vertebral para acuñar sociedades y relaciones armónicas e, incluso, en un estado legítimo de guerra ordena cumplir con este requisito. Esto incluye cumplir los acuerdos, ya sean con amigos o con enemigos.
Por otro lado, el Sagrado Corán hace hincapié en que si dos partidos están enfrentados, es el deber de los demás intervenir y reconciliarlos sobre la base de la justicia. Luego, se recalca que si uno de los dos transgrede el acuerdo, es la responsabilidad compartida de los demás actuar contra el agresor, independientemente de si es un aliado o un adversario. Esta pauta podría servirnos como principio de oro para pacificar no solo la guerra en Irán, sino todos los conflictos armados.
En fin, estamos en un momento bisagra y no hay que despreciar la ventana que se abrió con la actual tregua en el Medio Oriente. Mi llamado como musulmán hacia la paz no procede de una cercanía con el gobierno iraní o cierta preferencia geopolítica, sino que se arraiga en el valor de la santidad de la vida. Como en cada guerra, el precio principal se pagará con la vida de personas inocentes.
Basta aludir al hecho de que el mismo día en que se asesinó al líder supremo de Irán, Alí Jameneí, también más de 150 niñas fueron asesinadas en una escuela en la ciudad de Minab, al sur de ese país. Por ello, invito a elegir “una paz sin victoria” sobre “una victoria sin paz”.
Concluyo aquí con este dato histórico que demuestra que la victoria sobre el otro muchas veces es el resultado de haber logrado la paz con el otro. Cuando el profeta del islam, después de varios años de guerra contra los paganos de Meca, firmó finalmente un acuerdo de paz con ellos, este pacto fue declarado por Dios como una “victoria”. En otras palabras, fue una profecía que la paz abriría el camino hacia la verdadera victoria.