
Suele ocurrirme que me quedo sin temas que abordar en estas notas brevísimas y simpáticas. Me siento al computador, todo dispuesto, el café servido, la habitación en silencio y la vejiga debidamente vaciada, pero nada ocurre. El daimon calla. La musa guarda casto silencio. Y al instante me descubro en su lugar recordando, indagando en la memoria de los años en pos de mi materia prima. Quizá porque la relación entre memoria y escritura siempre ha sido muy estrecha: como alguna vez escuché a Ednodio Quintero explicar, las fuerzas detrás de la escritura suelen ser el deseo por un lado y por el otro la nostalgia. Eso, claro está, suponiendo que sean cosas distintas.
Desde el momento de su invención, allá en los tiempos de la antigüedad remota, la escritura y la memoria han competido en carriles conjuntos. Se sabe que Sócrates, en su momento, la consideraba perjudicial para quien buscara el verdadero conocimiento, pues las personas tendían a confiar en ella en lugar de memorizar lo aprendido. Lo gracioso es que las lecciones de este filósofo —incluidas sus críticas a la escritura— nos hayan llegado a través de los siglos gracias a su discípulo Platón, quien procedió a registrarlas en sus famosos “Diálogos”.
En un artículo sobre este tema, la mexicana Margo Glanz cuenta cómo, al poner los pies en el suelo y los dedos sobre el teclado, la máquina de recordar se enciende y a partir de lo que emerge se produce la ficción. Algo especialmente cierto en libros como su “Yo también me acuerdo” (2014), aporte a la larga tradición de homenajes del famoso “I remember” (1975) del estadounidense Joe Brainard, de la que también forman parte “Je me souviens” (1978) de Georges Perec y “Me acuerdo” (2020) de Martín Kohan. Por lo visto, todo el mundo recuerda; pero los escritores recuerdan, van y lo escriben, o recuerdan mientras escriben y van y lo escriben. Quién sabe.
El caso máximo de este empeño por hermanar escritura y memoria lo constituye la autobiografía, ese género narrativo repleto de mentiras, exageraciones y tergiversaciones. Es curioso que el lector admita semejante apuesta por la autoficción sin cuestionarse necesariamente la veracidad de los eventos: resulta mucho más relevante conocer el punto de vista de quien recuerda, que comprobar si las cosas sucedieron tal y como las escribe. Esa es la promesa de la ficción: que lo verdadero no es el evento narrado, sino el empeño del autor en recordarlo.
Por otro lado, se sabe que al recordar distorsionamos levemente cada memoria, al darles la forma de un relato para ser contado. Dicho de otro modo: cada vez que revisitamos un recuerdo, lo alteramos de modo tal que en adelante no evocaremos la imagen real de lo ocurrido, sino la forma en que la narramos por última vez. Es que somos animales narrativos y la escritura es la memoria colectiva de la especie: gracias a ella podemos volver a los ancestros, siempre y cuando se hayan permitido desoír los argumentos de Sócrates.