A los críticos del festival de Cannes no les ha gustado mucho que esta especie de ‘Mad Max’ estuviera en el certamen, pero es un disfrute cinematográfico

Hoy os traigo una crónica desde las trincheras del Festival de Cannes, intentando sobrevivir a la conspiración de Thierry Frémaux para humillar y asar vivos a los periodistas en un invernadero a 80 grados. La buena noticia es que me he metido en la Sección Oficial a ver lo nuevo de Na Hong-jin, Hope, y todavía estoy recogiendo los trozos de mi cerebro del suelo porque no me esperaba para nada esta monstruosidad maravillosa.
No sentía un frenesí igual desde que vimos aquí mismo, en el imponente Gran Teatro Lumière, la mismísima Mad Max: Fury Road. Me acuerdo de entrar a ver qué tal la de George Miller, y os prometo que la primera hora de Hope tiene exactamente ese ritmo absolutamente desquiciado, lunático, ultraviolento y ultradivertido. Estamos hablando del regreso por la puerta grande de Na Hong-jin, el director surcoreano nacido en Seúl en 1974, un auténtico maestro que llevaba diez años sin hacer una película.
¿De qué va ‘Hope’?
Yo no tenía ni idea de qué iba antes de entrar y, en el fondo, os recomiendo saber lo mínimo posible para que os golpee con toda su fuerza. Básicamente es una monster movie ambientada en un pequeño pueblo costero de pescadores que da título a la película. Pero lo que se desata ahí dentro es el mayor disparate lúdico que he visto en mucho tiempo. Es una película que dura dos horas y cuarenta minutos y tiene acción sin parar durante todo el metraje. Hay persecuciones en coches, en camionetas, en motocicletas… ¡y a caballo!. Tiene un punto western loquísimo; ver a la gente corriendo a caballo detrás de los monstruos es algo francamente precioso e increíble.
El nivel de sorpresa constante es tal que, cuando salen los créditos finales y ves los nombres de Alicia Vikander y Michael Fassbender, te quedas rotísimo y dices: «¿Coño, que salían estos dos?». Así de loco es el nivel de despiste, no te da tiempo a ver qué toca ni a asimilar quién sale. Pero quien de verdad se roba la función es Hoyeon, la actriz norcoreana de El juego del calamar, que aquí hace de la policía protagonista y mola un montón. Entra en escena y parece literalmente un anime: llega con los ojos de anime, con la metralleta de anime, haciendo trompos con el coche patrulla para intentar parar a unos monstruos que son indestructibles. Cada vez que aparece un personaje nuevo en el pueblo, lo hace con un nivel de armamento militar absurdísimo, y cuando la pobre policía pregunta de dónde demonios han sacado esas armas, los vecinos siempre le contestan que «eso no se pregunta».
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Los directores coreanos son los únicos creadores en el mundo que pueden plantarte una escena dramática, ultraviolenta, sangrienta y de una monstruosidad tremenda, y al mismo tiempo hacerte reír a carcajadas por lo absurdamente loca que es la situación. Todo en el mismo plano, al mismo tiempo. Es un aparato fantástico tan ruidoso y ultradramático que la segunda mitad de la película es como la primera pero multiplicada por tres o por cuatro. Es un parque de atracciones completo, el «parque Na Hong-jin de monstruos». Yo creo sinceramente que cuando James Cameron vea esta película va a decir: «La he cagado, he perdido el tiempo todo este siglo haciendo películas de marcianos aburridas». Hope lleva el concepto de espectáculo llevado al extremo.
Ya sabéis todos que el género fantástico entra muy mal en Cannes. Pero, ¿qué hay más bonito que el cine fantástico si es capaz de abrirte la mente y llevarte a lugares inexplorados?. Yo lo que vi ayer no lo había visto en mi vida, y os aseguro que he visto muchísimo cine de terror. Entiendo que haya sensibilidades y haters que no entren en el juego porque buscan verosimilitud, pero si odias Hope, odias la vida. Tienes que hacer un ‘open your mind’, abrirte al fantástico y disfrutar. Claro que pasan cosas imposibles, claro que ves a personajes que deberían llevar muertos una hora de película, pero da exactamente igual porque esto es una fiesta. Es la superación absoluta de la verosimilitud en una escalada alucinatoria.