Tal vez lo que menos importe a esta altura de las circunstancias sea cuál será el futuro de Claudio Ubeda. Seguramente que el desenlace de la historia que este jueves terminó con el sueño de boca en la Copa Libertadores juzgará sus últimos 12 meses con el rótulo del fracaso consumado, aunque lo que tal vez sea más relevante a esta hora es entender algunas de las decisiones que dejaron al Xeneize en situación de desastre.
Ante Católica, fiel a su estilo, se lo vio con esa calma que muchas veces sirvió para templar ánimos, pero que esta vez rompió -al menos en su forma de intervenir en el partido- con un cambio de esos que son de vida o muerte. Fue cuando Ángel Romero reemplazó al tocado Marco Pellegrino, para dejar a Boca absolutamente desencajado en busca de un resultado que ni tenía cerca ni merecía.
Así, la última imagen de este Boca que se chocó con un camión de frente fue con cuatro delanteros que no se conectaron casi nunca, más un doble cinco improvisado con Milton Delgado y Tomás Aranda, más el alma de un Leandro Paredes que no pareció estar en condiciones físicas durante gran parte del partido.
Las culpas de Ubeda
¿Cuánta responsabilidad de eso hubo en el DT? Desde que es él quien define la estrategia, toda. Pero además hay otros ítems en los que algunos detalles se pudieron cuidar un poco más.
Por qué Alan Velasco saltó a la cancha a resolver un segundo tiempo luego de 45 minutos en los que Boca no pateó al arco. Y fue el mismo Velasco que no entró ni un minuto en los anteriores tres partidos, aún con urgencias ofensivas y antecedentes cercanos que mostraron lo mejor suyo en el club.
También porque la idea de que Ander Herrera podía serle útil al mediocampo se advirtió como poco creíble con pocos minutos de juego. Y en ese transcurrir del reloj en el que no había respuestas desde adentro, la falta de acción del técnico dejó a Boca sin herramientas para cambiar una realidad en la que pocos creían antes de jugar el partido.
Un camino en picada
En lo anterior, son muchas y están encadenadas las fallas de planificación y ejecución de un recorrido que en algún momento pareció darle un panorama de variantes y funcionamiento para llegar al final del semestre al menos con vida en su prinicipal objetivo. Y ahí también el DT falló.
Por ejemplo, en cambios puntuales que decidió contra Cruzeiro y Barcelona de visitante. Esas dos derrotas que en las que desarmó el mediocampo para defenderse (en Brasil) y atacar inocentemente (en Ecuador), fueron los dos partidos que le rompieron el grupo.
En ese punto de quiebre, además, se empezaron a encadenar una derrota tras otra. Todas pálidas de un equipo paralizado por el terror escénico, por una impotencia cuyos motivos habrán quedado guardados en el perímetro del Predio.
Y en el cual todos tendrán su parte de responsabilidad. Pero que -con el final que ya se advertía- desmiente de cuajo la tranquilidad con la que Ubeda se refería al momento futbolístico del equipo y relativizaba los resultados escudado en la mala suerte y hasta en los arbitrajes.
Sin futuro
Queda claro: los resultados son indiscutibles, y con el saldo de todas eliminaciones sorpresivas, tempranas y de local, para Boca haber sostenido a Ubeda como técnico fue un error, así como se advierte inminente el final de su ciclo.
Porque pese a las esperanzas que despertó en algunos pasajes, este jueves no hizo mucho por enderezar este año que empezó como una nueva oportunidad de soñar y terminó con la desilusión más grande en más de 30 años.

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