
El periodismo, como casi todas las empresas humanas, tiene un antes y un después. A lo sucedido podemos visitarlo, memorarlo, analizarlo. Se supone que ese ejercicio –historiar– enriquece y deja enseñanzas. Respecto de lo que vendrá, aunque se estudie con rigor y se ponderen contingencias fortuitas, no cabrá más que tejer hipótesis y escenarios posibles, indispensables dado que “dirigir es prever”.
No hay tarea que pueda evadir el frenesí del presente; cierto es, también, que la Argentina parece gozar de diarias desmesuras: es misión del periodismo correr el velo y dar cuenta.
La historia de nuestra prensa nace con un fallido: que el “Día del periodista” recuerde la publicación de la Gazeta de Buenos Ayres, el vocero oficial de la Primera Junta: “prensa libre”, pero bajo control estatal. Sin restar méritos, la voz oficial dejó así en el olvido a sus audaces precursores, que debían sortear la opresora censura virreinal y eclesiástica.
El primer periódico impreso, el Telégrafo Mercantil (1801-1802), sorprende desde su portada: “El patriotismo [es el] principio más fecundo de grandiosos hechos”.
Lo continuaron el Semanario de Agricultura fundado por Vieytes (1802-1807) y el efímero Correo de Comercio creado por Belgrano en febrero de 1810: la prensa escrita preparó el camino para la ilustración y la revolución. Belgrano, secretario del Consulado desde 1794, su primo Castelli y, en especial, el “jabonero” Vieytes, fueron quienes zigzaguearon entre noticias de la monótona vida colonial, para difundir novedades de economía política.
Cuando cae Sobremonte y es ungido Liniers, muchos de estos publicistas –ante el encarcelamiento de Fernando VII en 1808 –, favorecieron que su hermana Carlota asumiera como regente. Con olfato de monarca la reina del Brasil descartó el plan acusándolos de imprimir panfletos con “principios revolucionarios y subversivos, tendentes al establecimiento de una imaginaria y soñada república”. ¡Así se denostó a aquellos reporteros!
En los años de lucha posterior, tanto unitarios como federales multiplicaron las publicaciones polémicas y satíricas, con jalones memorables como las del Padre Castañeda y su célebre Desengañador Gauchipolítico o el ilustrado Argos de Buenos Aires. Por fin, La Gaceta Mercantil sostendrá una impronta verticalista hacia el poder durante las dos décadas de represión rosista, mientras los exiliados publicaban páginas combativas en Montevideo con El grito argentino o Muera Rosas.
Desde Chile, en 1845, Sarmiento publica su Facundo como folletín de El Progreso y deja impresa para siempre la encrucijada entre civilización y barbarie. Tras Caseros, Rosa Guerra, con La Camelia, abre la senda del feminismo que continuarán Juana Manso, Juana Gorriti y Eduarda Mansilla.
Cuando aún “ser escritor” no se diferenciaba del “diarismo”, los dos primeros presidentes de la nación unificada –Mitre y Sarmiento–, ejercieron esa profesión toda su vida: “La Nación será tribuna de doctrina” acuñó su fundador. Similar tenor tendrá Crítica fundado en 1913 por Natalio Botana cuya consigna era “Diario ilustrado, impersonal e independiente”.
En 1945, La Época, que viró del radicalismo al peronismo, recordaba a Sarmiento y en su tapa advertía “Traigo los puños llenos de verdades”; ese mismo año Roberto Noble funda Clarín como “Un toque de atención para la solución argentina de los problemas argentinos”, un perfil que marcó agenda.
Esta rápida reseña no puede obviar la importancia de dos medios clave de los años ’70 y ‘80: La Opinión, de Jacobo Timerman, cobijo de notables plumas, y aquel Página/12 de los ’80, dirigido por Jorge Lanata.
¿Revistas? En lista insuficiente, El Mosquito, Caras y Caretas, PBT, El Hogar, Tía Vicenta, Panorama, Primera Plana, Crisis, Humo®, El Periodista y Barcelona, algunas, con staff de lujo. Otros jalones son las literarias y culturales: Martín Fierro, Sur, Contorno, Punto de Vista y Todo es Historia, con referentes del nivel de Ocampo, Luna, Viñas y Sarlo. ¿Televisión? Basta con recordar a “Tiempo Nuevo”, los mordaces monólogos de Tato Bores y las sólidas investigaciones de “Periodismo para Todos”.
Hacia 1850 se sostenía que “formar la opinión” era la razón de ser del periodismo y esta trayectoria lo demuestra: el “cuarto poder” como fiscal de la república. Respetar ese pasado compromete al presente y al futuro; la prensa obsecuente es hija de períodos y gobiernos autoritarios, dictatoriales y de amantes de los “discursos únicos”.
Lo vivimos varias veces ya y se supone que son minoría los que añoran esos modelos. Hoy, los descomedidos y sistemáticos ataques del Presidente a la prensa, por cierto, de extrema gravedad, solo evidencia su impotencia. Quienes piensan un futuro manipulado, por tuits, trolls, fake news y posverdad, apuestan a la vigilancia panóptica-digital de la humanidad por vía de algoritmos e IA, y aspiran liquidar el sistema representativo en favor de una más que peligrosa infocracia.
Sin embargo, el cambio sustancial que atraviesa el mundo, es también un enorme desafío: oportunidad de horizontalizar la pelea por la verdad y de desplegar al máximo la hermosa conquista moderna del espíritu crítico y rebelde que pone en alto el legado de Jefferson: “La fuerza de la opinión pública es irresistible cuando se le permite expresarse libremente”. Si se pretende construir desde la falacia del “a lo pasado, pisado”, el futuro les advertirá más temprano que tarde, que a ellos mismos –profetas del odio, la violencia y la censura–, nuestro insigne pasado los condena.w