Según el joven médico y escritor Ezequiel Wagner, su libro más reciente, Papá pediatra (Del Fondo), no quiere ser una “guía profesional de cómo sobrevivir al primer año de paternidad”. Tampoco intenta ofrecer un “rejunte de normativas avaladas por la Sociedad Argentina de Pediatría” y, mucho menos, “una desmitificación de los consejos de la abuela”.
El médico y escritor Ezequiel Wagner, papá primerizo de Félix, con su libro Papá pediatra (Del Fondo). Foto: gentileza.El autor de 33 años, feliz papá primerizo de Félix, cuenta en este libro que hace lo que puede, que pocos de los consejos que daba antes de estrenar su paternidad le sirven ahora y que tiene los mismos miedos que cualquier papá, incluso, quizás, mayores, amplificados a la luz de la hiperconciencia que le otorga su formación.
“Para mí, escribir es desnudarse. Los papás varones tenemos mucho para contar de la paternidad y, por años, no lo hemos hecho”, afirma.
Thriller médico policial
Ezequiel Wagner empezó a los 12 años a redactar relatos más largos que los que pedía su profesor de literatura. Aquella pasión temprana se convirtió en hábito y, luego de haberse recibido de médico pediatra, en su segunda profesión: antes de publicar Papá pediatra, ya había incursionado en el thriller médico policial con El anatomista, obra que trata sobre el tráfico de órganos; seguido por Copérnica y Suelta de globos, una novela que aborda la eutanasia y la muerte digna de niños.
El médico y escritor Ezequiel Wagner, papá primerizo de Félix, con su libro Papá pediatra (Del Fondo). Foto: gentileza.Wagner también maneja una comunidad digital propia. Durante la pandemia, colaboró con su hermana influencer en la comunicación gastronómica. Luego, se dedicó a escribir reseñas de cine en las redes hasta que, motivado por el nacimiento de su primer hijo, empezó a compartir con sus seguidores las anécdotas y experiencias de ser padre.
“El cuento de Félix, cuando no hacía pis en el sanatorio, fue un boom. Muchísima gente se sintió interpelada”, cuenta.
–¿Cómo hiciste para conjugar medicina con escritura?
–No es fácil, es verdad, pero casi todos los que hemos estudiado medicina necesitamos un cable a tierra. Algunos hacen deporte; otros, danza o música. Yo, por mi parte, necesitaba escribir. Primero fue mi hobby, hoy digo que es mi profesión, pero, en realidad, es una pasión que tengo desde muy chico y que, por suerte, puedo seguir manteniendo, y ojalá me acompañe a lo largo de mis días.
Nace mi hijo y me doy cuenta de lo mal pediatra que era.
Ezequiel WagnerMédico y escritor
–Fuiste jefe de residentes en el Hospital de Niños Pedro de Elizalde, habrás visto muchos casos de enfermedades infantiles graves; de hecho, escribiste sobre eutanasia en niños. ¿Cómo manejás la necesaria distancia operativa para lidiar con eso?
–Es verdad que, en los momentos críticos, hay que levantar un muro de objetividad y de frialdad porque, si no, uno no puede actuar. Pero tratar con niños derriba un poco ese muro y genera un ambiente laboral un poco más empático. Tener en cuenta al más débil, al más vulnerable, que es el niño, y al más inocente, eso es lo que a uno le llena el alma.
–Nace tu hijo y te das cuenta de que no es tan fácil para los padres seguir los consejos que vos mismo das como pediatra…
–Nace mi hijo y me doy cuenta de lo mal pediatra que era. Es inmediato, es darte cuenta de que los miedos que creías banales, de pronto, los sentís en carne viva y, tal vez, saber un poco más hace que te inventes el panorama más adverso por delante. Y eso te obliga a estar más asustado, pese a que uno pensaría que, por tener más herramientas, está más preparado.
–¿Ser papá te cambió como pediatra?
–Bueno, la verdad es que fue un golpe de humildad. Descubrir un mundo nuevo y decir: “No me las sé todas, necesito acompañamiento, necesito ayuda de profesionales que sean más objetivos, que puedan levantar ese muro del que hablamos recién”. Por eso, estoy feliz de haber encontrado a una pediatra como Paula González Pania, que nos acompaña tan bien.
–Tu esposa también es pediatra, habrá sido un desafío para los dos…
–Sí, a la hora de atender a los pacientes y a sus padres, encaramos de una forma distinta las consultas, entendemos de dónde vienen los miedos y tratamos de generar ese espacio de empatía tan necesario para que los padres puedan volcar sus miedos en la consulta y no concentrarnos solamente en la relación patología, medicamento y chau.
–En el libro, contás que, luego de la emoción de ver a tu bebé por primera vez, detectaste que el frenillo de la lengua era más corto de lo normal, que no mojaba el pañal en un plazo adecuado… detalles que los padres que no son médicos rara vez perciben…
–Sí. El embarazo fue supernormal, todo perfecto. Félix nació por cesárea porque no se había dado vuelta, pero venía todo bien. Nace y lo primero que le veo, o sea, emocionado, feliz de la vida, qué sé yo, es que tiene el frenillo de la lengua corto: “¡No puede ser!”. Después, uno, como pediatra, sabe cada cuántas horas, más o menos, un bebé tiene que hacer pis. Entonces, uno tal vez se pone más estricto por el simple hecho de que es pediatra y por el hecho de que es el hijo de uno.
–Bueno, pasan cinco horas, le miro el pañal y digo: “Che, qué raro, todavía lo tiene vacío”. Y ahí llamo a la Neo un poco preocupado. Yo, por lo general, trato de no mostrar que soy pediatra, para que los profesionales trabajen tranquilos. Pero ya, en ese punto, no era un padre asustado, era un pediatra asustado. Le digo a la enfermera de Neonatología: “El bebé no está deshidratado, pero la verdad es que no tiene diuresis”. Ya empecé a usar términos que muestran el contexto médico. Le digo: “Las mucosas están húmedas, la verdad es que parece un bebé sano, pero no está orinando. Me está preocupando un poco”. Y yo le había empezado a poner unas gasitas húmedas, que es un truco que tenemos para que los chicos hagan pis. Cuando llega la enfermera, las retiro para poder ir a tirarlas al tacho y que pueda trabajar tranquila. Y en el momento en que me voy al baño y vuelvo, las veo a las dos sonriendo y matándose de risa. Digo: “¿Qué pasó?”. Hizo pis. Nada, todos felices, todos alegres y, realmente, fue hacerle upa al bebé y darme vuelta para lagrimear un poco, para descargar la tensión que tenía.
–De alguna manera, derribás la imagen del pediatra autocontrolado, que infunde cierta seguridad en los padres primerizos…
–Para mí, escribir es desnudarse. La gente no quiere leer el prototipo de lo que se espera de uno, sino la posta, y me parece que los papás varones tenemos mucho para contar de la paternidad y que, por años, no lo hemos hecho por algún mandato de ser los machos, los fríos, los calculadores. Y los pediatras también, al estar del otro lado, tenemos que mostrar esa apariencia de que está todo en orden. Para mí, mostrar un poco ese mundo de lo que es ser un varón vulnerable, que falla y que fue formado y aun así falla, era algo muy interesante de explorar.
El médico y escritor Ezequiel Wagner, papá primerizo de Félix, con su libro Papá pediatra (Del Fondo). Foto: gentileza.–Voy a ser, un poco, abogada del diablo. ¿Creés que existe el riesgo de que al pediatra se le pierda cierto respeto, que se lo baje del pedestal?
–Creo que el hecho de bajar ese paternalismo médico es algo que se viene dando en los últimos años, mucho por la información accesible que tiene la gente en su casa. Pero, también, entender que somos personas, del otro lado del escritorio, ayuda a que el paciente entienda con quién está entablando una conversación y que, cuando uno falla, porque como médicos podemos fallar todo el tiempo, seguimos siendo personas. Para mí, lograr ese vínculo, no te digo fraternal, pero sí una buena relación médico-paciente, es un poco sacar del escalafón al médico, bajarlo a tierra y ser personas que acompañamos, que no tenemos la autoridad ni la sabiduría máximas ni todas las postas, porque la medicina, año a año, se va actualizando y lo que yo indicaba hace dos años se dejó de indicar; incluso, tal vez, está contraindicado. Antes, las mamás tomaban cerveza y estaba todo bien. Entonces, el saber médico es muy volátil, muy cambiante, y me parece que ponernos en un escalafón con un saber que es cambiante es trucho.
–Por ejemplo, cuando hablás del colecho seguro. Antes, aconsejaban que el bebé no durmiera con sus padres, pero eso cambió. Por otra parte, hoy conviven dos miradas opuestas sobre la maternidad y la paternidad. Por un lado, la romantización, donde ser padres aparece como lo más maravilloso del mundo; y, por otro, una desidealización radical que pone el acento en la depresión posparto, el cansancio, la falta de sueño, el impacto en la pareja y en la vida social… ¿Qué pensás sobre estas posturas?
–Me parece bien sacar el romanticismo para que la gente no se desayune después con cosas que no esperaba. Así y todo, pese a las graves dificultades que provoca criar a un chico en este mundo difícil de hoy, de precios caros e inflación, de laburos cambiantes, de lo que fuere, personalmente, y no te lo digo como pediatra sino como papá, es un esfuerzo y una incertidumbre que, al menos hasta hoy, vale el 1000 % la pena. Vivir una victoria pava de un bebé, como que pueda darse vuelta por su cuenta, que aprenda a decir papá o mamá, o que aprenda a gatear o que aprenda a caminar, es tan fuerte o más todavía que un ascenso que esperaste toda tu vida, que haber publicado un libro, que cumplir ciertos sueños. Cumplir esas pequeñas metas, esas cositas de todos los días, a veces, son sueños que se cumplen todos los días y, para mí, eso es espectacular. En lo personal, es algo de lo cual no me arrepiento para nada. Es superdifícil, es superengorroso, pero vale la pena.
Papá pediatra, de Ezequiel Wagner (Del Fondo).