Estamos ready. Risas. Espejo para mostrar cómo quedó la nuca. Selfie de a tres para registrar el look. “Leo + Rodri”, postea Dany Ale. Peluca. El coiffeur/barbero de la Selección Argentina que ya tuneó a Lautaro, a Dibu Martínez con el rebajado especial para dejar a la vista el #23, a Cuti, Alexis y Flaco López. Y ahora, a Lionel Messi.
Capa blanca, cinta negra, barba recién modelada y pelo con jopo característico en la intimidad del búnker de Kansas City, con su ladero Rodrigo De Paul de look sport. Medias blancas impecables con chinelas. Aura.
Leo está ready. Viene de un hat-trick en el Kansas City Stadium ante Argelia. Show monumental para igualar a Miroslav Klose. Y ahora, Austria. Segunda prueba pero en Dallas, la ciudad donde a Diego Maradona (y a toda una generación, quizás a varias) le cortaron las piernas.
Donde el hit 2026 pide que se comience a vengar aquel sueño inconcluso con un superhéroe que es capaz de romper partidos, récords y de seguir entusiasmando hasta las lágrimas a aquellos que han visto esas mismas fintas, esos mismos enganches, esos mismos goles desde que tenía 18.
Messi es eso. Mural en Kansas City, en Dallas, en Berazategui. En Rosario y en algunas piernas tatuadas. Es la camiseta que más se ve en Estados Unidos, incluso por encima de la de Christian Pulisic: aunque el crack de USA es el prefe de los fans locales, en el Midwest no consigue atraer tanto como la Pulga: desde adaptaciones de su #19 de 2006 a casacas de fútbol americano hasta el último modelo, la pasión es la misma aunque varíen los talles.
Alcanza con presenciar quince minutos de un entrenamiento para entender que todo eso que muestra no es impostado: que el tipo es así. Que es capaz de devolver con el taco, dormirla con el empeine después de que se la tiren alta, de animarse con timidez a los skills que practicaba con Ronaldinhosuperstar brasileño que lo arropó en sus primeros años en el Barcelona.
Leo es distinto, en público no elige tal show. Prefiere devolvérsela de primera a Paredes, esprintar en un loco exigente, ser el primero en bromear con Otamendi por una pelota que se escapa.
Uno más. Un ser humano que quizás todavía no haya dimensionado lo que es. Que no es normal que un jugador pisando los 39 meta tres goles en el primer partido de su sexto Mundial. Que es atípico que durante tantos años una persona gane likes en Instagram por una foto jugando a la pelota, sonriendo o frente a un espejo de una barbería. Que hasta los estadounidenses, los últimos en subirse a la pasión del fútbol, lo reverencien en una cancha.
Pero en algún punto todo eso parece mejor. Posiblemente sea beneficioso para todos que Messi siga en ese sueño, sin darse cuenta de todo, sin importarle las marcas que bate, los goles que hace, los partidos que disputa. Y que siga brillando con esa misma sencillez con la que es capaz de posar frente a una cámara, con el look recién diseñado para un nuevo test Mundial.
Para un AT&T climatizado para evitar el calorón texano pero que entrará en incandescencia cuando la primera imagen en movimiento del Diez aparezca en las pantallas gigantes. Él, peinado para la foto, para un nuevo show.


