
Alan Greenspan, el hombre que condujo la economía estadounidense durante casi dos décadas, murió este lunes en su casa en Washington. Tenía 100 años y fue su esposa, la periodista de NBC Andrea Mitchell, quien confirmó la noticia.
Con su partida, una de sus frases más célebres ha resurgido. «El capitalismo se basa en el interés propio y la autoestima; considera la integridad y la confiabilidad como virtudes cardinales y las recompensa en el mercado, exigiendo así que los hombres sobrevivan mediante la virtud, no los vicios«, escribió el economista en su ensayo The Assault on Integrity.
El texto de Greenspan es claramente un argumento a favor del sistema capitalista. Según Greenspan, la reputación es otro bien que juega un rol fundamental en el mercado. Podría decirse que esa premisa está inspirada en otros grandes magnates como el financista J.P. Morgan, quien sostenía que el poder en los negocios provenía especialmente «del carácter y la confianza».
Esta reflexión encierra un mensaje universal sobre la ética como fundamento de la vida económica. Greenspan no habla de moralidad en abstracto, sino de algo más concreto: que los mercados, cuando funcionan bien, castigan el engaño y premian la reputación. La frase es una invitación del economista a pensar que la virtud no es solo un ideal filosófico, sino una condición práctica para sostener cualquier sistema de intercambio humano eficiente a largo plazo.
Alan Greenspan nació en Nueva York y fue un talentoso músico de jazz que estudió clarinete y saxofón en la Juilliard School. Sin embargo, fue la economía la que lo convirtió en una figura de alcance histórico.
Condujo la Reserva Federal durante casi dos décadas, comenzando en 1987, bajo cuatro presidentes distintos. En ese período supervisó algunos de los ciclos de expansión más prolongados de la historia de los Estados Unidos.
Su filosofía económica estuvo moldeada en parte por la escritora y filósofa Ayn Rand, de cuyo círculo íntimo formó parte. Incluso colaboró con capítulos en su libro Capitalism: The Unknown Ideal, y Rand asistió a su ceremonia de jura cuando Greenspan se incorporó a la administración de Gerald Ford. La cita que hoy recordamos proviene precisamente de ese período intelectual: la convicción de que el mercado libre, fundado en la confianza, es un sistema de base moral.
Durante su presidencia en la Reserva Federal, Greenspan fue celebrado como posiblemente el mejor banquero central de la historia. Pero su legado no estuvo exento de sombras. Su reputación quedó empañada por la peor crisis financiera desde la Gran Depresión, cuando su filosofía de regulación mínima contribuyó al colapso de los mercados hipotecarios en 2008.
Ante el Congreso que investigaba ese derrumbe, Greenspan reconoció que su fe en la autorregulación de los bancos había sido, en sus propias palabras, un error. La frase que hoy recordamos cobra entonces una dimensión más compleja: no solo describe un ideal, sino también el límite al que puede llegar cualquier sistema cuando la virtud es reemplazada, en la práctica, por la codicia.
El legado de Greenspan dentro y fuera de EE.UU.
Greenspan condujo la economía estadounidense a través de una década de baja inflación y desempleo en caída, apostando por tasas de interés bajas cuando los manuales indicaban lo contrario.
Su legado trasciende la política monetaria:
- Redefinió el rol del banco central como una fuerza activa en la estabilización de la economía en tiempos de expansión.
- Popularizó el término «exuberancia irracional» para advertir sobre burbujas especulativas, en una frase que se convirtió en parte del vocabulario financiero global.
- Demostró, con aciertos y errores, que las decisiones de un solo funcionario pueden alterar el curso de la economía mundial.
- Dejó un debate abierto sobre los límites de la desregulación que sigue vigente en cada nueva crisis financiera.