
Quienes, aquel 4 de julio, gestaron el “Día de la Independencia”… ¿podían suponer que 250 años después esas trece colonias –los “Estados Unidos” (We are one)–, serían el principal imperio global del planeta?
No podemos saberlo, pero sí que los Padres fundadores –Jefferson, Washington, Adams, Franklin; Madison y Hamilton y, luego, Lincoln– eran eruditos en historia política, a punto tal que fueron capaces de redactar textos que, con similares principios, anteceden en más de una década a los de la Revolución Francesa concretados en el lema “Liberté, Égalité, Fraternité”.
Sin restar importancia a los sucesos europeos, es evidente que las guerras de independencia en América tienen la huella precursora de los Estados Unidos y que su constitución se convertirá en todo un modelo.
A un cuarto de milenio de aquella fecha, como todo Estado-nación, los “yanquis” han tenido momentos de maduración y esplendor como, inevitablemente –si aceptamos la metáfora orgánica–, los tendrá de crisis y decadencia.
El imperio persa de Ciro II el Grande (550-330 aNE) fue la primera gran superpotencia de la historia: llegó a abarcar casi 6 millones de km2 desde Egipto hasta el río Indo, albergando a casi la mitad de la población mundial de la época. Cayó a manos de Alejandro Magno, que expandió los límites panhelénicos como nadie antes, aunque resulte impropio definirlo como un imperio que, técnicamente, jamás existió. La experiencia fue efímera: desapareció junto con su rey.
La Roma de los Césares comprende cerca de 500 años, estableciendo un modelo republicano de división de poderes que consolidó un enorme imperio Mediterráneo, lo que produjo una profunda desigualdad social y crisis políticas. Las guerras civiles aumentaron el poder de los ejércitos y así, Julio César –el que decidió “cruzar el Rubicón”–, abrió paso al Imperio con Augusto como primer emperador: una sociedad autocrática que sostuvo su poder con las armas durante otros cinco siglos.
Dejamos acá el racconto porque los imperios otomano (1300-1920) y del “mundo islámico”, de sucesivos Califatos desde la muerte de Mahoma hasta la Edad de oro del Islam (630-1250), nunca tuvieron pretensiones de ser globales, lo mismo que esa suerte de federación conocida como Sacro Imperio Romano Germánico, que, con ironía, Voltaire describió como “ni Sacro, ni Imperio, ni Romano”.
Desde 1500 el mundo se europeíza. España y Portugal emergen como potencias marítimas y mercantiles y, con esquemas monárquico-colonialistas, imponen una fe única y oficial. Perdurarán poco más de dos siglos hasta ser reemplazadas por nuevas metrópolis, más flexibles en lo ideológico ya que no en sus ambiciones conquistadoras, como Francia e Inglaterra, la “reina de los mares”.
Entretanto, Estados Unidos extiende sus límites hasta ser biooceánico: compra la Luisiana y se hace de la Florida (1803-1821), arrebata a México casi la mitad de su antiguo territorio en 1848, impulsa a colonos a “poblar” el Far West (despoblándola de “indios”), adquiere Alaska (1867) y, en 1898, derrota a España en las Filipinas y Cuba y se apodera de Hawái, confirmando aquello que un periodista había escrito sobre su “destino manifiesto” que respaldaba la consigna de “América para los americanos” enunciado en la Doctrina Monroe de 1823.
Si en los años fundacionales las ínfulas imperiales no fueron visibles, eran ya inocultables en el siglo XX cuando el presidente Theodore Roosevelt lanza la teoría del “Gran Garrote” (Big Stick) –“Habla con suavidad y lleva un gran garrote; llegarás lejos”– que sustenta un intervencionismo abierto y las “repúblicas bananeras” en su “patio trasero”. El fin de la Segunda Guerra, en 1945 –bombas atómicas mediante–, posiciona a Estados Unidos como la indiscutida primera potencia hegemónica mundial, posición que detenta desde entonces.
A pesar de la tremenda derrota militar en Vietnam de los ‘70 que marcó a fuego esos años (con Watergate e impeachment de Nixon incluidos), los últimos tiempos vuelven a exhibir una vocación imperial ilimitada, apoyada en recursos económicos y militares inéditos.
De nuevo, la pre-potencia se instala como condición previa a la potencia solo que, a diferencia de todo lo anterior –las polis, las repúblicas, los imperios coloniales–, en el presente lo que está en riesgo es la perdurabilidad misma del planeta y la civilización: la responsabilidad de los gobiernos y “estadistas” es superlativa.
Hace 250 años Jefferson escribió “las palabras más potentes y consecuentes en la historia estadounidense”: “todos los hombres son creados iguales”. Pero… ¿sirve hoy invocar aquellos viejos buenos principios?; parece difícil que la cometa de Franklin se remonte de nuevo como en “Volver al futuro”.
No está de más, sin embargo, recordar esa frase, como lo hicieron las sufragistas de Seneca Falls en 1848 en su “Declaración de Sentimientos” y Eleanor Roosevelt, al reformularla cien años después como presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, cuando insistió en que la Declaración Universal asentara que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales”.
Esa misma idea animó a los hermanos Kennedy, en especial en el histórico Discurso sobre Derechos Civiles, de John F. en junio de 1963, poco antes de ser asesinado, donde definió la igualdad racial como una “cuestión moral” y solicitó al Congreso la legislación que cimentó la histórica Ley de Derechos Civiles de 1964. Las huellas están ahí, visibles, indelebles para quien quiera recogerlas, a pesar de Gaza, de Ucrania, de Venezuela, de Groenlandia y de Irán.