
¿Qué pasa cuando se van muriendo los intelectuales, los que piensan el mundo en el que vivimos? ¿Qué ocurre cuando el espacio vacío que dejan es tan evidente que se vuelve insoportable? La herencia no es automática.
Hace pocas semanas murió el filósofo francés Edgar Morin a los 104 años de edad. Se habló de la muerte del último pensador, del último intelectual, el último de una generación que ya no existe. Hay algo de cierto en eso y que no terminamos de aceptar. Aquí todavía no nos acostumbramos a la ausencia de Beatriz Sarlo, para interpretar este presente tan audaz. Encabeza una larga lista de nombres que ya no están como los de Juan José Sebreli, Horacio González, Josefina Ludmer, Emilio de Ípola, Ricardo Piglia, María Matilde Ollier o José Nun, entre tantos otros. ¿Cómo hubieran vivido ellos este tiempo de cambios vertiginosos, inteligencia artificial y desconfianza en la democracia?
El terreno de las ideas se está modificando violentamente. También han dejado este mundo muchos de los padres intelectuales europeos. No están los filósofos políticos italianos como Toni Negri, Paolo Virno, Giovanni Sartori ni Gianni Vattimo, por ejemplo. ¿Qué hubieran opinado sobre quienes invirtieron algunas de sus ideas para volverlas pilares del libertarismo (de ultraderecha, claro). Jürgen Habermas se suma a ese colectivo del pensamiento universal que ya no existe al igual Zygmunt Bauman, todos protagonistas del gran debate de la década anterior.
Hay recambio generacional, surgen voces nuevas aquí y en todo el mundo, pero los escenarios en los que se produce pensamiento y se estimula la acción intelectual es muy diferente según el entorno. Los cambios de gobiernos inciden directamente en los lugares de formación y eso es algo que en nuestro país se está sintiendo especialmente.
Hoy tenemos fuertes debates por la transformación y tensión que se vive entre científicos de todas las ciencias, duras y blandas. La falta de respuesta que sufren las universidades públicas, el desmantelamiento y éxodo en el sistema científico (Conicet y universidades) los recortes estatales en ciencia y tecnología, junto con el congelamiento de becas y salarios, han golpeado profundamente en el corazón del desarrollo académico. También se vuelve a hablar de fuga de cerebros: numerosos científicos de todas las áreas parten al exterior debido al desfinanciamiento y la devaluación de los presupuestos universitarios. En el plano salarial la incidencia es directa y destructiva: cada vez es más frecuente que se intente generar ingresos con oficios muy alejados de la formación largamente obtenida. Vemos doctores en ciencias sociales o ciencias exactas cumpliendo tareas de chofer de plataformas, practicando oficios antes impensados como plomería, cerrajería, costura y gastronomía en cualquiera de sus variantes. El espectro del rebusque es muy amplio y la necesidad económica pronunciada.
No es menor para este campo la incidencia de la batalla cultural y las nuevas narrativas. Para el gobierno reemplazar las hegemonías intelectuales de las últimas décadas por nuevas corrientes de pensamiento libertario y conservador es un objetivo claro.
Salgamos de la oscuridad. El campo del pensamiento no ha desaparecido junto con sus padres, en realidad se ha astillado, ha multiplicado sus voces y el nuevo intelectual es más específico y menos todoterreno. No hay intelectuales de tiempo completo, pero sí quienes se preparan para el retorno de las luces de la Ilustración.