
Hay deportistas que intimidan antes de competir. Tadej Pogacar pertenece a una especie aún más extraña: la de los atletas que parecen incapaces de perder la alegría incluso cuando están destrozando a sus rivales. Minutos antes de cada etapa suele bromear con sus compañeros, conversar con periodistas o pegar una calcomanía de Hulk en el manubrio de la bicicleta como parte de un ritual tan infantil como efectivo. Después baja la bandera de largada y aparece otro personaje. El hombre amable se transforma en un ciclista implacable. Uno que acelera cuando nadie puede seguirlo y que, a los 27 años, ya discute un lugar entre los mejores de todos los tiempos.
Su quinto Tour de Francia terminó de instalar ese debate. Ya no alcanza con decir que es el mejor de su generación. Tampoco que domina una época. El esloveno acaba de ingresar al club más exclusivo del ciclismo, el de los únicos hombres que conquistaron cinco veces la carrera más importante del mundo. Y lo hizo antes que todos los demás. Jacques Anquetil necesitó llegar a los 30 años para conseguirlo; Eddy Merckx, a los 29; Bernard Hinault y Miguel Induráin, a los 31. Pogacar todavía tiene margen para seguir ampliando una obra que ya parece histórica.
Las comparaciones son inevitables. Hay quienes lo ven como el heredero natural de Merckx por esa ambición insaciable que lo lleva a querer ganar todo lo que corre. Otros encuentran en él la precisión casi quirúrgica de Anquetil, el carácter competitivo de Hinault o la fortaleza física que convirtió a Induráin en una máquina de dominar cronómetros.
En realidad, Pogacar parece haber tomado algo de todos ellos para construir una versión adaptada al ciclismo del siglo XXI: un atleta moldeado por la ciencia y la tecnología, pero que sigue corriendo con la espontaneidad de un chico que simplemente disfruta andar en bicicleta.
Quizás esa sea la explicación de un fenómeno difícil de encontrar en el deporte de alto rendimiento. Mientras otros campeones viven atrapados por la presión, Pogacar transmite la sensación de competir por diversión.
«La clave es disfrutar», suele repetir. Y actúa en consecuencia. Ataca cuando nadie lo espera, busca etapas que no necesita ganar y se anima a correr las clásicas con el mismo entusiasmo con el que afronta las grandes vueltas. Su palmarés refleja esa voracidad: cinco Tours, un Giro de Italia, dos títulos mundiales, una colección de Monumentos y más de un centenar de victorias como profesional. Lo curioso es que, a esta altura, resulta más sencillo enumerar lo que todavía no ganó que todo lo que ya conquistó.
Su historia tampoco responde al molde del prodigio invencible. De chico era el más pequeño del grupo y tuvo que esperar a que su físico acompañara el talento. Recién al llegar a la mayoría de edad empezó a imponerse con regularidad. El salto definitivo llegó en 2019 y un año más tarde dio uno de los golpes más recordados del Tour moderno al arrebatarle el título a Primoz Roglic en la contrarreloj final de La Planche des Belles Filles. Desde entonces construyó una rivalidad memorable con Jonas Vingegaard, el único capaz de discutirle la corona durante varios años. El danés lo venció en 2022 y 2023; Pogacar respondió recuperando el trono y convirtiendo ese duelo en el gran motor competitivo del ciclismo contemporáneo.
Fuera de la bicicleta, la imagen cambia por completo. Compañeros, rivales y directores deportivos coinciden en describirlo como un líder cercano, accesible y generoso. Habla con cualquiera, firma autógrafos sin apuro y suele cargar sobre sus espaldas la presión que implica ser la gran estrella del pelotón. Sus propios padres cuentan que de chico hacía payasadas para descomprimir los momentos tensos en la familia. Ese rasgo permanece intacto. En el UAE Team Emirates lo consideran un mediador natural y un capitán dispuesto a trabajar para sus compañeros cuando la carrera lo exige. Comparte además su vida con la ciclista eslovena Urska Zigart, corredora profesional, con quien suele entrenarse y compartir buena parte de su calendario fuera de las competencias.
Ni siquiera un dominio tan aplastante logró blindarlo de las sospechas que históricamente acompañan al ciclismo. Como antes les ocurrió a otros campeones extraordinarios, Pogacar convive con preguntas sobre la legitimidad de sus exhibiciones y acepta controles antidoping cada vez más exhaustivos. Él responde con naturalidad y sostiene que cuanto más controles existan, mejor será para demostrar que el deporte está limpio.
Mientras tanto sigue acumulando victorias. Y también admiración. «Es Michael Jordan sobre una bicicleta», llegó a definirlo su representante. Otros hablan de un extraterrestre. Tal vez ninguna comparación alcance. Porque Pogacar ya dejó de perseguir a las leyendas. Ahora son las leyendas las que empiezan a medirse contra él.
Jacques Anquetil fue el primero en demostrar que el Tour podía convertirse en un territorio personal. Elegante sobre la bicicleta y devastador en las contrarreloj, inauguró en los años sesenta la era de los grandes dominadores. Su quinto título llegó en 1964 después de un inolvidable duelo con Raymond Poulidor, resuelto por apenas 55 segundos.
A los 30 años se convirtió en el primer pentacampeón de la historia. Intentó conquistar un sexto Tour, pero una bronquitis frustró su último desafío y cerró la carrera de quien había cambiado para siempre la forma de correr la prueba francesa.
Eddy Merckx elevó el concepto de dominio a una dimensión desconocida. El belga ganó todo lo que estuvo a su alcance y por eso recibió un apodo que todavía lo define: «El Caníbal». El Tour fue apenas una parte de una colección de triunfos irrepetible.
Conquistó cinco ediciones entre 1969 y 1974 y estuvo muy cerca de sumar una sexta. Nadie acumuló tantas victorias de etapa ni transmitió una sensación de superioridad semejante. Durante décadas fue la vara con la que se midió a todos los campeones.
Bernard Hinault recogió la posta cuando Merckx se retiró y le devolvió al ciclismo francés un líder capaz de ganar con autoridad y personalidad. Fuerte en todos los terrenos, construyó su leyenda entre ataques explosivos y contrarreloj demoledoras.
Las lesiones fueron el único rival que realmente logró frenarlo. Aun así levantó cinco veces el trofeo amarillo y estuvo a un paso del sexto antes de ceder el protagonismo a Greg LeMond, su compañero de equipo.
Miguel Induráin representó la perfección táctica. El español edificó un reinado basado en una fórmula casi infalible: destrozar a todos en las cronos y controlar la montaña sin cometer errores.
Entre 1991 y 1995 ganó cinco Tours consecutivos, una marca que nadie pudo repetir. Un año después salió en busca del sexto, pero el danés Bjarne Riis puso fin a una hegemonía que parecía interminable. Tres décadas más tarde, Pogacar se convirtió en el quinto integrante de ese club que parecía reservado para los inmortales.