Según la Organización Meteorológica Mundial, el año 2024 fue el más cálido desde que existen registros modernos. El calentamiento global, acelerado por la acción humana, desde hace años está en el centro de las preocupaciones de científicos, activistas y algunos líderes mundiales. La periodista especializada Elizabeth Kolbert lleva casi tres décadas reportando sobre las consecuencias del cambio climático y los esfuerzos colectivos para encontrar soluciones.
Elizabeth Kolbert es autora de La vida en un planeta poco conocido (Debate). Foto: redes sociales.Su libro La vida en un planeta poco conocido (Debate) es una compilación de artículos que conforman un contundente llamado a la toma de conciencia al mismo tiempo que invitan a maravillarse y sostener la esperanza.
Kolbert es estadounidense y escribe en The New Yorker desde 1999. Es autora de los libros Field Notes from a Catastrophe, Bajo un cielo blanco, H is for Hope y La sexta extinción, por el que recibió el Premio Pulitzer en la categoría «No ficción».
Además, ella es reportera de territorio y las crónicas reunidas en Un planeta poco conocido la llevaron a recorrer Groenlandia, Florida, Países Bajos, Alaska, Nueva Zelanda, la isla danesa de Samsø. Lugares dispersos dentro de una casa común en los que la periodista rastrea las historias de una naturaleza a la que aspira darle voz.
Según proponen algunos geólogos, nuestra especie ha alterado tanto el mundo que es posible hablar de una nueva era del planeta denominada Antropoceno. A la par que el desarrollo humano impacta negativamente en el ambiente, nuestros conocimientos sobre el mundo natural son cada vez más sofisticados.
Esa paradoja hilvana el trabajo de Kolbert, que recopila con rigurosidad datos preocupantes al mismo tiempo que sale en búsqueda de las personas que trabajan para remediar los efectos nocivos o se empeñan en la tarea ardua de conciliar voluntades.
Frente a un “apocalipsis de insectos” que provoca un efecto dominó trágico para los ecosistemas, Kolbert va con el entomólogo David Wagner a buscar orugas en el desierto.
También se suma a las expediciones de los investigadores del deshielo de los glaciares árticos, sigue las andanzas del meteorólogo y activista James Hansen, el “padre del calentamiento global”, y acompaña a Amory Lovins, físico y optimista promotor de soluciones sustentables.
Dimensión política del cambio climático
Kolbert aborda la dimensión política del cambio climático a través de su perfil de la costarricense Christiana Figueres, a quien entrevistó en los meses previos a la firma del histórico Acuerdo de París.
Ella fue la encargada de dialogar con los líderes mundiales, de conciliar los intereses de europeos, saudíes, chinos, estadounidenses y países en vías de desarrollo para lograr ese tratado fundamental en el que las naciones se comprometían a reducir sus emisiones y a colaborar para evitar el calentamiento global.
Sin embargo, según apunta la autora en la nota al pie de actualización, muchos países no han cumplido sus compromisos, entre ellos Estados Unidos.
Las tensiones entre lo posible y lo viable, el vínculo conflictivo entre las soluciones científico-técnicas y la esfera político-cultural se reflejan en capítulos como el que comenta la situación de Miami Beach.
Mientras la ciudad era asediada por inundaciones debido al aumento del nivel del mar, dirigentes como el por entonces senador Marco Rubio –actual Secretario de Estado– negaban la responsabilidad humana en el cambio climático.
Pese a los lúgubres pronósticos, también existen casos que ofrecen una contracara alentadora. La isla de Samsø llevó adelante un proceso exitoso de reconversión energética que le permitió, en el periodo de dos años, pasar de importar a generar un excedente que exporta. Para los habitantes de la isla, la medida no representó una decisión ideológica, sino una forma de conservar su medio de vida.
Sutilmente, Kolbert señala la necesidad de desligar de moralismo el discurso ambiental para poder considerarlo, más bien, como una cuestión práctica de subsistencia.
Si la urgencia reclama la acción inmediata, hay quienes moderan la alarma y depositan su confianza en futuros descubrimientos científicos. Los esfuerzos por modificar la fotosíntesis o hacer viable a gran escala las emisiones negativas (un proceso que absorbe de la atmósfera el dióxido de carbono), se dirigen en ese sentido.
Entre las ideas sorprendentes que aparecen en La vida en un planeta poco conocido están la campaña exterminadora de especies invasoras en Nueva Zelanda, que convirtió a la matanza de animales en una suerte de cruzada nacional, los proyectos de parques naturales que pretenden recrear mundos extintos o un debate jurídico sobre la posibilidad de convertir a la naturaleza en sujeto de derecho.
La palabra como inicio y final
Podría decirse que el libro de Kolbert empieza y termina en la palabra. En el artículo que abre la compilación, un equipo de científicos lleva adelante una iniciativa que emplea inteligencia artificial para descifrar la comunicación de las ballenas, soñando acaso con una eventual comunicación entre humanos y otras especies. El último, mientras tanto, habla de otro tipo de extinción: la de una lengua. Kolbert entrevistó a la última hablante de la lengua eyak en un artículo que subraya el valor de la diversidad.
Elizabeth Kolbert es autora de La vida en un planeta poco conocido (Debate). Foto: redes sociales.Las secciones del libro –“criaturas grandes y pequeñas”, “conciencia del lugar”, “grandes ideas” y “todo lo que podamos salvar”– funcionan como una clara hoja de ruta.
Y es que, como escribió el entomólogo Howard Endign Evans, a quien el título del libro rinde un homenaje directo, “para una persona en sintonía con las criaturas más pequeñas, no hay rincón de la naturaleza que no esté lleno de emoción y de problemas sin resolver”.
Así, Kolbert, que también es una apicultura amateur, utiliza el instrumento de la palabra para combatir la resignación ante un mundo amenazado.
La vida en un planeta poco conocido, de Elizabeth Kolbert (Debate).