
La adolescencia es una de las etapas que más transforma la dinámica de cualquier familia. Los cambios emocionales, la búsqueda de independencia y la creciente influencia del entorno social hacen que la comunicación entre padres e hijos se vuelva, en muchos casos, más compleja. El último Barómetro de Opinión de UNICEF España refleja que cuatro de cada diez adolescentes aseguran haber sufrido o creen haber sufrido un problema de salud mental durante el último año, y señalan que mantener una buena relación con sus progenitores es uno de los principales factores de protección para su bienestar emocional.
Los especialistas insisten en que esta etapa no solo pone a prueba a los jóvenes, sino también a sus familias. Aprender a gestionar los conflictos, encontrar el equilibrio entre acompañar y dar autonomía o afrontar conversaciones cada vez más difíciles son algunos de los retos más habituales.
El pediatra y escritor Carlos González, especializado en crianza y educación infantil, reflexiona sobre los desafíos que plantea esta etapa para las familias. En una entrevista concedida al pódcast de Endor Technologies, aborda cómo evoluciona la relación entre padres e hijos durante la adolescencia, el papel de la autonomía y la forma de afrontar los inevitables conflictos que acompañan esta fase del desarrollo.
Frente a la percepción extendida de que la adolescencia es uno de los periodos más conflictivos de la crianza, González sostiene que muchas de las dificultades se magnifican y defiende que, en la mayoría de los casos, la convivencia con los hijos resulta mucho más sencilla de lo que suele creerse: “Yo creo que la adolescencia es mucho más fácil de lo que la gente a veces piensa”. Una percepción que, según explica, también se refleja en la experiencia de muchas familias.
El pediatra asegura que esa impresión coincide con su experiencia profesional. Explica que apenas recibe consultas de familias preocupadas por cómo gestionar esta etapa, algo que interpreta como una señal de que, en la mayoría de los casos, la convivencia evoluciona con normalidad. “Muy pocas veces me he encontrado con padres de adolescentes que me vienen a preguntar qué hacer. Es que es fácil”. A su juicio, la imagen de una adolescencia marcada por el conflicto permanente dista mucho de la realidad cotidiana.
González invita a los padres a recordar cómo vivieron ellos mismos la adolescencia antes de interpretar el comportamiento de sus hijos como un desafío o una provocación. A su juicio, muchas de las actitudes que generan conflictos responden más a un sentimiento de incomprensión que a una voluntad de enfrentarse a la familia.
“¿De verdad tú querías manipular a tus padres? ¿De verdad tú odiabas a tus padres? ¿De verdad tú hacías las cosas para fastidiar? No es más bien que tú pensabas que tus padres no te comprendían y que lo hacías todo con la mejor de las intenciones”. Con esa reflexión, González invita a sustituir la confrontación por la empatía y a recordar cómo vivieron los propios padres aquella etapa.
González considera que muchos padres interpretan como un desafío conductas que, en realidad, forman parte de una etapa pasajera. ”Yo creo que enfadarte con tu hijo de quince años porque da un portazo o responde con monosílabos es como enfadarte con tu madre de ochenta porque se olvida las cosas. La diferencia es que tu hijo va a cambiar; tu madre no. Así que el futuro es optimista y no pasa nada”. Para el experto, entender que se trata de una fase transitoria ayuda a relativizar muchos de los conflictos que surgen en la convivencia diaria.
El pediatra defiende que la confianza entre padres e hijos no empieza a construirse en la adolescencia, sino desde los primeros meses de vida. A su juicio, la disponibilidad emocional y la forma de responder a las necesidades del niño durante la infancia condicionan la relación que mantendrán con sus progenitores años después: “No puedes empezar ya con meses a enseñarle a tu hijo que no vale la pena llorar por la noche porque, aunque llore, no piensas ir, y luego, a los quince años, extrañarte de que no te consulte sus problemas”. En su opinión, el vínculo que se crea durante la infancia es el que facilita que los hijos sigan recurriendo a sus padres cuando llegan los problemas propios de la adolescencia.
Para desmontar algunos de los estereotipos más extendidos sobre esta etapa, González recuerda que la inmensa mayoría de los adolescentes mantienen una buena relación con sus familias y llevan una vida normalizada. En su opinión, las conductas cotidianas propias de la edad suelen exagerarse hasta convertirlas en un problema mayor del que realmente representan.
“La mayoría de los adolescentes quieren a sus padres, se comportan bastante bien, tienen pocos problemas con la ley y la justicia. Bueno, sí, dejan calcetines sucios debajo de la cama. Bueno, a ver, tampoco es para tanto.” Una reflexión con la que concluye que, más allá de los conflictos puntuales, la adolescencia suele desarrollarse con mucha más normalidad de la que habitualmente se transmite.
Más allá de los conflictos cotidianos, los pediatras recuerdan que la adolescencia constituye una etapa normal del desarrollo y no debe entenderse únicamente desde el conflicto. La Asociación Española de Pediatría recomienda mantener una comunicación abierta, favorecer una autonomía progresiva y preservar el vínculo de confianza con los hijos como pilares para acompañarlos durante esta etapa.