Tras la impensable escalada hacia el éxito de una banda como Torniqueteel post-hardcore parece abrir un escenario idóneo para que bandas pujantes y en adecuado punto de cocción puedan atraer el foco. Este revitalizado subgénero también puede concebirse hoy en día como una alternativa al shoegaze y el post-punk como principales bastiones de resistencia a nivel crítico y mediático de la música de guitarras. En la pelea contra los estilos melifluos o innombrables que triunfan a nivel masivo el mundo ha conocido mejores épocas, definitivamente, pero si uno indaga, no dejan de asomar cartas estimulantes a las que agarrarse para renovar ilusiones y seguir jugando la partida.
Arma militar es una de estas apuestas interesantes que reivindicar, con uno de los discos más interesantes que se facturaron el año pasado, Dios salve el arma (25). Una banda de Los Ángeles muy inusual y que parece cimentada en la constante paradoja. Concebida inicialmente como un proyecto en solitario de su líder, Ian Sheltonen la actualidad es una formación en toda regla, con su creador desempeñando únicamente a nivel escénico las tareas de vocalista. sheltonpor otra parte, y muy en consonancia con los designios filosóficos y actitudinales que rigen el post-hardcore, siempre fue un adalid del straight edge, de una vida abstemia y sin excesos, hasta que, poco antes de la gestación del nuevo lanzamiento, dejó de serlo. Sería absurdamente determinista atribuirlo a su ciudad de origen, Seattle, pero evocando toda la fatalidad que parece implicar ese territorio, tal vez ayude a explicarlo.
Lógicamente, toda esta batalla interior vertebra un álbum con más versatilidad y pulsión intimista que las entregas previas de la banda, lo que parece haber redundado en una cierta rebaja de colmillo y potencia, pecado capital para los seguidores más puristas del género. Arma militarademás, era una banda con ramalazos muy 90’s, con destellos de rock alternativo y un sentido de la densidad y crudeza pergeñando temas que podrían trascender su estilo habitual y aproximarles a bandas como Pata o los más recientes Iglesia de las drogas. Toda esta fiereza parece haber quedado atrás, y desde luego el escenario se antojaba como una inmejorable vara de medir.
La madrileña sala Copérnico albergaba, pues, un más que prometedor examen. Los más sedientos de adrenalina no tendrían queja con el arranque, un pildorazo llamado “B A D I D E A” y que comenzó a generar el frenesí entre el público que explotaría, con sus intermitencias, ya avanzada la actuación. “Fill Me With Paint” destacó también en este primer tramo hasta la irrupción de la inspiradísima “God Owes Me Money”, un tema que desde luego tiene bastante más que ver el indie, incluso con el mencionado post-punk, que con huir. Resulta chocante, a la vez que enriquecedor, ver cómo se ha lucido esta banda y ha sido capaz de alumbrar muchas de sus mejores canciones en coordenadas sonoras tan ajenas a sus inicios. “Will Logic” y “My Friends Are Having A Hard Time” sobresalieron a continuación, temas previos en los que ya se podía adivinar la actual deriva melódica.

Los fans de los pogos tendrían su ración de decibelios y sudor con “Ain’t No Flowers”, pero, para disgusto de los fans más primerizos, toda esta intensidad se presentaba espaciada, y la sensación es que la banda se encontraba más aplicada en los registros más contenidos, como el de la hermosa “Thought You Were Waving” o en Daydream, uno de los cortes de mayor calado dramático e introspectivo. Siendo rigurosos, tal vez hubiera cabido esperar más de una sección rítmica capitaneada por un batería con una camiseta de los venerables Barrio bajopero Arma militar presentaban su disco más reflexivo, también seguramente el mejor, así que si bien el concierto pudo derrochar más pasión, el despliegue fue sincero.
“Kick” fue otro pico indiscutible de la actuación, con su hostil e hipnótico estribillo, “Do It Faster” fue uno de los momentos más aclamados y “B A D I D E A”, que abrió fuego, fue también la encargada de cerrar.
Sería imperdonable, por último, omitir el fabuloso concierto de la banda telonera, Casa del rencor. Este trío canadiense, que se mueve en parámetros sonoros semejantes a los del grupo principal, no sólo brindó un adecuado aperitivo, sino que sirvió de perfecto complemento a Arma militarya que, si bien su repertorio quizá no tenga su mismo gancho, a ellos sí les sobró nervio y contundencia sonora. Espléndida defensa de una carrera con un álbum especialmente recomendable como el debut, Casa del rencor (22), y con temas tan atinados como “Afraid”. Una velada completa y muy disfrutable, en definitiva, que revela que hay vida y posibilidades de crecimiento en el género más allá de Torniquete.
Fotos Arma militar: Pedro Rubio Pino