Para alguien como Diego Vasallo la palabra nostalgia no vale un pimiento. Ni su paso por Duncan Dhu, cabaret pop o cualquiera de sus facetas en solitario han sido capítulos de su particular autobiografía que él haya querido revisitar. Quizás por eso no mirar atrás ha sido el credo que ha ido rubricando una sólida carrera a la que la palabra credibilidad, al contrario que la de nostalgia, va como anillo al dedo.
También, probablemente, es por eso que la gira mundial que va a celebrar los cuarenta años de legado de Duncan Dhu la va a “tener que hacer” Mikel Erentxun solo, ante la negativa en redondo (aunque de buen rollo, según dicen) de su ex-compañero. Y tal vez también por ese motivo, para escribir este nuevo capítulo que nos ocupa sí que ha querido un regreso: volver a sentir lo que es estar en una banda. Que sean otros los que tomen decisiones además de él, volver a sentir el abrigo de un proyecto común y de una camaradería que no había vuelto a encontrar desde casi sus inicios en esto.
Todo eso lo ha encontrado en su tierra, Donosti -aunque él vive retirado de la ciudad, en la zona costera de Hondarribia-, con una serie de músicos reputados de su escena: Oriol Flores (IDOIA, Pol 3.14), a la batería, Xabi Arratibel (Bananas, Hyedra) en el bajo y Germán San Martín a los teclados, a los que se añade el más fundamental, Fer García (The Young Wait, ILL), encargado de la guitarra solista y el nexo con Vasallo, pues ya había trabajado con él. Y es además propietario del estudio Grabaciones de granja verdesituado en Guipúzcoa, cuya destilación de sonidos orgánicos ha sido básica para la gestación de este trabajo, coproducido por él y diego.
La banda se llamó Resolver -que significa “suelto”, en danés- para dar a entender su total libertad creativa y desvinculación con cualquiera de los proyectos anteriores de sus miembros. Y de hecho sorprende, claro, lo distinto que suena esto respecto a pasadas aventuras de Vasalloque al fin y al cabo es quien compone las letras y el esqueleto de las canciones (con colaboración del conjunto en arreglos y producto final). De las tonalidades acústicas e intimistas que imperaban en sus últimos trabajos le tenemos aquí inundado de electricidad, atmósferas saturadas y una actitud glam- punk que choca encontrar en un músico ya maduro, pero lejos de resultar impostada resulta de lo más refrescante.
El disco se abre de forma densa, a lomos de los casi diez minutos de “Pétalo en el aire”, toda una declaración de intenciones en la que la voz de Vasallo suena entre áspera y cálida, como una crepitante hoguera en la oscura noche del bosque, como un Dylan de los últimos tiempos acompañado por buceo lento a la instrumentación. Una letanía solemne que indaga en la madurez, las oportunidades perdidas y la resiliencia en la que su autor demuestra lo gran letrista que es. Diez minutos de rock atmosférico pero en absoluto pesado que no preludian, sin embargo, la explosión de inmediatez rock, muy al estilo glam-post punk que cultivaran en su día Amor y cohetesque traen “Hay un hueco en algún sitio” o “Cose mis heridas”. Dos tremendos trallazos, sí señor.
Y para que no se diga, siguen jugando con géneros sin perder una identidad que cualquiera diría que han adquirido a lo largo de décadas juntos. Pero no, esto se ha gestado en menos de un año. Se nota que son todos músicos veteranos dejándose llevar a gusto, pero sin olvidarse de hacer canciones. Y claro, les salen monumentos como “Con esta luz que nace”, un fabuloso cruce de blues y canción folk con unos arreglos muy logrados (esas campanadas) y otra letra para enmarcar. Igual sucede con “Nuestro cielo al alcance de la mano”, que recrudece la faceta blusera y sube de nuevo el volumen a las guitarras, algo que también sucede en “Zona de sombras”, donde suenan todavía más crudos y asesinos.
Y para el final dejan el momento más acústico y reposado: un “No me cuentes nada que no quiera saber” que sabe a Howe Gelba desierto de Arizona, a intimidad desnuda en medio de la noche. Otra reflexión crepuscular que cincela el desenlace de esta historia abriendo las puertas, parece, a nuevos capítulos (“Deja una vela prendida para lo que vendrá…). Y solo podemos decir que ojalá sea así, porque este debut de Resolver es de los que dejan tan satisfecho, que no puedes evitar querer tener otra ración bien pronto. Pero bueno, de momento seremos pacientes y estaremos atentos, claro, a la más que prometedora presentación de este gran trabajo en los escenarios. Tiene pinta de que es ahí donde estas canciones encontrarán su ámbito natural.
Escucha Suelta – Suelta