Huelga decir que la figura artística de Kim Gordon está rodeada de un aura de, casi diría, misticismo. Quizás no es para menos, porque la ex componente, y pieza fundamental en el sonido, de Juventud sónica lleva por bandera la independencia y la insubordinación. Además, gordon lleva tiempo siendo una persona muy influyente tanto en generaciones pasadas como actuales, y su legado estético y ético será referente en un futuro, dejando aparte ese magnetismo cool que, muchas veces, es imitado como una franquicia que se quiere infalible.
Heredera de las sonoridades abruptas, atonales y eléctricas del subterráneo neoyorquino de los ochenta, a la autora de El colectivo (2024) -su anterior y excelente trabajo-, le gusta embarcarse en actuación sónicas de lo más variado, y de ahí salen proyectos tan variopintos como gatito libre, Ciccone Juventudo sus experimentos con Bill Nace al frente de Cuerpo/Cabezasin contar sus numerosas colaboraciones.
Junto con Justin Raisen -productor que tanto lo vemos produciendo a Kylie Minogue como a Tumor de Yves: fuera prejuicios y viva el “multitasking way of life”- Kim Gordon ha encontrado, por así decirlo, a su media naranja; esa persona que la entiende a la perfección en su faceta artística; esa persona que entiende qué tipo de música quieres proyectar y por qué. En tiempos en donde el pastiche estilístico que no sabe (de)limitar sus potencialidades fracasa en muchas ocasiones, es vital saber que tienes a los mandos del estudio a una persona de apoyo en la que confiar ciegamente.
En JUEGAME (Matador, 2026), la de Rochester quería un disco más conciso, y como dicen en la hoja promocional, un trabajo de canciones que fueran cortas. Si en sus anteriores trabajos gordon trabajaba a partir de lienzos en blanco en donde expresar sus divagaciones exploratorias a través de la abstracción sonora, en este caso van más al grano, y lo que se pierde en capacidad de sondear en las posibilidades de combinaciones de texturas y armonías, se gana en una aproximación al concepto de “canción” más cercana al oyente. Que sea bueno o malo este viraje es cuestión de gustos de cada oyente, pero para quien esto escribe, es una paso errático, con trucos de producción que acaban por resultar repetitivos, y acaban por aplacar el impacto de las canciones.
Un disco en el que la autora critica mordazmente la sociedad hiperconectada en la que estamos y el imperialismo criminal, y así lo expresa en la canción homónima en la que unos samples de saxos y scratches rememoran su gusto por el rap. En otros momentos del disco, su voz rugosa declama sobre bases de trap y electricidad áspera (“NO HANDS”), se meten en ciénagas de gangsta rap y ruidismo con voz modulada (“BLACK OUT”, “SQUARE JAW”), y hacen uso de una conversación, precisamente modulada, entre kim y Julie Cafritz para crear ásperas pildoras de postharcore (“BUSY BEE”) que recuerda a anterior experimentos en solitario. Lo mejor es cuando le meten mano el rock afilado (“NOT TODAY”), o en momentos en donde la guitarra dialoga con los sonidos de las notas de un bucle repetitivo de sintetizador (“DIRTY TECH”). Un trabajo que resulta tedioso aunque a priori pudiera resultar su elepé más accesible y que puede recabar más fieles a la causa.
Escucha Kim Gordon – PLAY ME