Hemos hablado mucho del feliz resurgimiento de Ante tras tocar fondo con el olvidable Una nueva mañana (2002) y su posterior separación; todo lo ocurrido desde Deportes sangrientos (2013) al reciente Antidepresivos (2025), conforma una de las resurrecciones más sólidas y creíbles de los últimos tiempos. Un glorioso pasado que confronta un envidiable presente, apoyado en unos directos que no acusan desgaste.
El paso de Ante por La Riviera volvió a ser una demostración de intensidad, despliegue de himnos y conexión con un público entregado desde el minuto uno, aunque faltó la magia de otras ocasiones por los problemas de voz de un David Anderson que acumulaba catorce conciertos en apenas tres semanas. Esto no restó un ápice a su carismática actitud, por mucho que tuviera que bajar unos tonos cuando fue necesario o ceder el micro al respetable en más ocasiones de las deseadas.
No faltó empeño y sobró músculo. Resultaba curioso poner frente a frente la rocosa “Disintegrate”, con la que abrían su concierto, y una vibrante “Metal Mickey”, que sonó en el tramo final, para trazar un círculo perfecto por el que, sin darnos cuenta, han transcurrido casi 35 años. Fue algo más de hora y media de recorrido por algunos de los capítulos más memorables de su pasado y por una generosa representación de un presente que encaja sin necesidad de forzar nada.
El karaoke colectivo empezó a asomar en «Trash», que dio paso a dos joyas de antaño como «Animal Nitrate» y «The Drowners», en la que empezaos a percatarnos de que Brett no llegaba a las notas altas, algo que pareció no afectarle demasiado al atacar sin piedad el single «It Starts and Ends With You». La introspectiva «Pale Snow», primera parada en Pensamientos nocturnos (2016), sirvió para dar una pequeña tregua y revolvernos con otro de esos caramelos que nos ha dejado su segunda reencarnación, “I Don’t Know How to Reach You”, que acompañó con naturalidad al glam sucio de “Filmstar” y “Can’t Get Enough”.

Las portentosas “She Still Leads Me On” y “Shadow Self” quedaron algo deslucidas, por no mencionar esa inmortal “The Wild Ones”, interpretada junto a la guitarra acústica de Richard Oakesque en su parte final puso en silencio la sala para dejar cantar a Brett a capela, algo que no fue posible, por mucho empeño que le pusiera. Cuando parecía que iba a romperse, resurgió y acometió el tramo final con brío, dejando muy altas las interpretaciones de “Everything Will Flow”, “So Young” y la antes mencionada “Metal Mickey”. Los “lalala” colectivos llevaron a “Beautiful Ones” al lugar que ocupa desde que nos cautivó hace treinta años.
La noche terminó con el tema que da título a su gira, «Dancing with the Europeans», un cierre quizá algo menor con todo el arsenal de clásicos que quedó por sonar. Fue la guinda a un concierto extraño en el que la voz de Brett flaqueó, lo que no nos impidió disfrutarlo acompañándole y arropándole junto a sus compañeros de banda como tantas veces ha hecho él con nosotros.
Fotos Suede: Raúl Julián