Mientras en Núñez el mundo Río se entusiasma con los renders del Monumental techado -un proyecto con financiamiento definido y cada etapa comunicada con claridad-, en Bolivia la realidad de Floreciente muestra el reverso de esa gestión: anuncios incumplidos, demoras acumuladas y un estadio que, siete años después de su presentación, sigue siendo apenas un dibujo. El Blooming Arena, cuya construcción debía iniciarse en 2019, aún no tuvo ni el primer movimiento de suelo y hoy sigue siendo un auténtico estadio fantasma.
El proyecto, que en su momento ilusionó a los hinchas de la academia cruceña, quedó atrapado en una maraña de problemas administrativos y estructurales. El principal escollo fue el terreno: originalmente, se pretendía edificar sobre un espacio no urbanizado, de carácter rústico, lo que bloqueó durante años la aprobación oficial. Ante ese panorama, la dirigencia decidió dar marcha atrás, retirar el trámite inicial y reiniciar todo el proceso desde cero, con la correspondiente actualización de documentación y adecuación urbanística.
A eso se sumaron otros inconvenientes. La apertura del denominado octavo anillo -vía clave donde estará emplazado el estadio- también generó demoras, al igual que la negociación con un propietario que se resiste a ceder su terreno dentro del área proyectada. Todas estas trabas obligaron a reconfigurar el plan original y a estirar indefinidamente los plazos que, en un inicio, eran mucho más optimistas.
En paralelo a las trabas administrativas, el proyecto dejó secuelas visibles en la propia vida institucional del club. Según le relataron a Olé desde el entorno de Blooming, la iniciativa impactó de lleno en la sede social: el estadio iba a levantarse allí mismo y, para avanzar, se realizaron excavaciones que modificaron por completo el predio.
La idea había sido presentada con gran despliegue, en un terreno de nueve hectáreas ubicado en una zona clave de Santa Cruz. Sin embargo, en el intento de adaptar el espacio para la futura obra, se eliminaron distintos sectores de uso cotidiano: árboles, canchas, piletas y parrillas . El resultado fue un escenario desolador: una gran excavación en el corazón de la sede que nunca llegó a transformarse en estadio.
A todo esto se suma un panorama económico complejo. El club arrastra deudas impositivas que condicionan cualquier intento de reactivar la obra. De hecho, para poder avanzar con la construcción del Blooming Arena, primero deberá regularizar su situación fiscal, liberar definitivamente el terreno y recién entonces obtener las condiciones necesarias para iniciar un proyecto que, por ahora, parece lejano.
Porque lo cierto es que cuando Blooming presentó el Blooming Arena en diciembre de 2019, la expectativa era completamente distinta. El club anunció un estadio moderno, con capacidad para 25.000 espectadores, 11.082 butacas en una primera etapa y 67 palcos con vista privilegiada y accesos independientes. Incluso se había fijado una hoja de ruta clara: comenzar las obras en abril de 2020 y estrenar el recinto a principios de 2023. Nada de eso ocurrió.
Recién ahora, en 2026, la dirigencia vuelve a poner fechas sobre la mesa. Sebastián Peña, presidente del club, aseguró que el inicio de obra depende de la aprobación municipal y que ese paso sería inminente: “Este año se tiene que concretar la autorización para construir. Ya el año pasado estimamos que en el primer trimestre de este 2026 toda la documentación esté presentada ante la Alcaldía para que nos otorguen el permiso de construcción”. En la misma línea, remarcó que el objetivo es finalmente poner en marcha el proyecto este mismo año, algo que ya fue postergado en reiteradas oportunidades.
Peña también detalló los tiempos estimados una vez que comiencen los trabajos: “El esqueleto de la obra se puede ejecutar en unos 18 meses, mientras que la obra fina demandaría entre seis y ocho meses. Por eso estamos apostando al 2028, aunque hay que ir paso a paso”. Un cronograma que, si bien vuelve a ilusionar, está lejos de disipar las dudas que generaron tantos incumplimientos previos.
La gente de Blooming, entre la bronca y la decepción…
En paralelo, el malestar de los hinchas crece. Muchos de ellos, confiando en el proyecto inicial, llegaron a adquirir localidades o comprometerse con el futuro estadio, lo que alimenta la frustración ante la falta de avances concretos. La ilusión de tener casa propia, que en su momento movilizó a toda la comunidad celeste, hoy se mezcla con desconfianza y enojo.
Así, en la previa del cruce por la Copa Sudamericana, el contraste es inevitable. De un lado, un club que planifica, comunica y ejecuta obras de gran escala. Del otro, uno que todavía lucha por destrabar papeles para empezar a construir. El Blooming Arena sigue siendo, por ahora, un sueño pendiente. Y también un símbolo de todo lo que puede salir mal cuando un proyecto queda atrapado entre promesas y burocracia.


