
Los huesos llevaban más de 70 años guardados en un museo con una etiqueta que parecía indiscutiblee. Durante décadas fueron tomados como restos de mamut hallados en el interior de Alaska, una zona donde ese tipo de fósiles no resulta extraño y forma parte del paisaje clásico de la paleontología local.
La historia cambió cuando esos materiales volvieron a revisarse dentro de un programa del University of Alaska Museum of the North que financia análisis de especímenes de su colección.
La nueva datación por radiocarbono dio una antigüedad demasiado reciente para un mamut y encendió la alarma entre los investigadores.
Los restos habían sido encontrados en la década de 1950 en la zona de Dome Creek, cerca de Fairbanks, en el interior de Alaska. Desde entonces quedaron archivados en el University of Alaska Museum of the North como si fueran dos piezas vinculadas a mamuts, algo que encajaba con el contexto paleontológico de la región.
El problema apareció cuando se los fechó otra vez. La datación inicial los ubicó entre 1.854 y 2.731 años de antigüedad, una cifra demasiado baja para restos de mamut si se toma en cuenta que la desaparición de estos animales en Alaska continental se sitúa alrededor de hace 13.000 años. Ese resultado obligó a revisar todo desde cero.
Después llegaron los análisis de isótopos estables y de ADN. Ahí se produjo el vuelco completo: los restos no eran de mamut, sino de dos ballenas distintas. Según el trabajo, uno correspondía a una ballena minke y el otro a una ballena franca del Pacífico Norte.
Como se trataba de animales marinos, los investigadores recalibraron la datación para corregir el llamado efecto reservorio marino. Con ese ajuste, la antigüedad de los huesos quedó en torno a los 1.100 y 1.800 años.
Ahí apareció el segundo misterio. Los huesos de ballena no estaban cerca del mar, sino en un punto del interior de Alaska ubicado aproximadamente a 400 kilómetros de la costa más cercana. Resolver la identidad de los fósiles, en lugar de cerrar la historia, abrió una pregunta más grande.
Uno de los motivos por los que el caso llamó tanto la atención es que no se trató de un error menor de catálogo. Durante años, esos restos pudieron haber sido vistos como una rareza dentro del registro de mamuts.
De hecho, si la primera datación se hubiera confirmado sin discusión, el museo habría tenido entre sus piezas algunos de los supuestos fósiles de mamut más recientes del continente.
El estudio mostró además algo habitual en paleontología: una clasificación antigua puede cambiar por completo cuando aparecen métodos más finos. La forma de los huesos, por sí sola, no había alcanzado para corregir la identificación. Recién con isótopos y ADN fue posible asegurar que se trataba de cetáceos y no de un gran mamífero terrestre.
Ese punto le dio fuerza periodística al caso. Los fósiles no salieron de una excavación nueva ni de una expedición reciente, sino de un cajón de museo. Estaban ahí desde hacía décadas. Lo que cambió fue la manera de leerlos y de contrastar esa lectura con técnicas actuales.