
Las bolitas de telgopor, simulando ser copos de nieve, le golpeaban la cara sin piedad. Él continuaba propagandizando las bondades turísticas del invierno argentino. Es cierto que fruncía el ceño de tanto en tanto, y de pronto cerraba los ojos, pero persistía en su discurso, cumpliendo con su deber comunicacional:
«Furor por la Argentina para esta temporada de invierno. Los centros de esquí van a estar colmados de familias brasileras».
Daniel Scioli, secretario de Turismo y Ambiente, honró así al corazón de la política posmoral: lo que vale es el simulacro. Detrás suyo, ante la contundente lluvia blanca, un banner burdo pero presente ornamentaba el paisaje con montañas nevadas.
Montañas mágicas, pero sin magia.
En tiempos de exaltación de la Inteligencia Artificial, cabe destacar que es artificial el acto performativo de Scioli. Allí se adapta al momentum de la consagración del artificio.
Lo de «inteligencia» es más discutible. Quizás sea una desinteligencia artificial. Pero hay que considerar que a las audiencias los artificios no necesariamente les molestan. De pronto ocurre lo inverso: el mundo de las apariencias va colonizando mentes y mentores políticos por igual.
El fenómeno tiene expresiones aún más extravagantes. Voceros paraoficiales del ecosistema oficialista recomiendan ahora comer carne de burro. Algunos han perfeccionado el disparate hasta extremos delirantes y sugieren comer el pene del cuadrúpedo.
Gastronomía sugerida para los tiempos del cólera, sin duda.
Es el simulacro llevado a la biología, a la mesa, al cuerpo: si la realidad económica no alcanza para comer, que la performance discursiva invente un menú alternativo. No importa que nadie lo consuma. Importa que alguien lo diga. El signo reemplaza al alimento.
Por ejemplo, hay un Jefe de Gabinete artificial que ya no es de hecho jefe, ni tampoco altanero vocero, pero continúa firme en su sitial, simulando efectivamente que nada ha ocurrido. La farsa se ha vuelto el procedimiento dominante de la acción política. La realidad está en otra parte, en los bolsillos, por ejemplo.
El imperio del simulacro es transversal a los modelos gubernamentales. Es transideológico.
El gobernador Axel Kicillof viajó a España invitado por Pedro Sánchez, presidente del gobierno, notorio populista radical.
Junto con Axel viajó una comitiva extensa y adyacente -sugerida por CFK desde San José 1111, y muy probablemente innecesaria- como si en la provincia de Buenos Aires no hubiera crisis alguna.
La austeridad requerida brilla por su ausencia, y relampaguea el ánimo viajero del progresismo que no necesariamente progresa, sino que tantas veces regresa a sus simientes, disociadas de lo que ocurre.
Otra nieve de telgopor, esta vez en castellano ibérico: la provincia dolorida de inseguridad y oprimida de regulaciones aparece como otro decorado, pero lejano. Lo principal es el peregrinaje ideológico, que cumple su apotegma fundacional: divorcio contradictorio con los hechos, matrimonio eternizado con todo lo que no existe.
La fantasía se impone sobre el padecimiento de millones.
Así la política argentina se ha constituido en una rama de la literatura fantástica.
Y como todo género, tiene sus reglas. La primera y más importante: el mapa precede al territorio. La representación no refleja la realidad sino que la sustituye. El signo ya no remite a ningún referente: sólo remite a otros signos.
El banner de montañas nevadas detrás de Scioli no representa ninguna montaña. Es la montaña. El telgopor no simula nieve. Es nieve. Y Scioli no simula cumplir una función. Cumple la función de simular.
Esta es la arquitectura invisible que sostiene el edificio político: una cadena ininterrumpida de significantes sin significado, de performances sin acto, de declaraciones sin consecuencia. El lenguaje ya no describe el mundo. Lo reemplaza.
Y el ciudadano, saturado de imágenes y agotado de discernir, termina por capitular. No por ignorancia sino por fatiga, por redundancia de imaginarios, por acumulación de absurdos hasta que el absurdo se vuelve clima dominante.
El simulacro vence no cuando convence, sino cuando cansa. Cuando amodorra. Cuando aletarga. Cuando convierte la indignación en resignación.
Ahí está Scioli, con los ojos cerrados bajo la lluvia de telgopor, resistiendo con su cuerpo lo que su boca niega.
Una metáfora perfecta, involuntaria y gratuita. La Argentina enfrenta su propio invierno con un banner mal dibujado y un alto funcionario que no refuta la nieve inventada aunque le golpee la cara.
Las fábulas portátiles de la discursividad vigente se patentizan, precisamente, en esa dimensión: donde el teatro político muestra ser lo que no es, y reina lo que no es por sobre el ser.
Entre el telgopor y el burro recomendado, naufragamos en el paraíso prometido, que por supuesto, no existe.