
El apoyo de Estados Unidos a Gran Bretaña en la guerra de Malvinas fue fundamental. Eran tiempos de la Guerra Fría y también eran tiempos de una estrecha relación de la dictadura militar argentina con el gobierno de Ronald Reagan. Asesores militares argentinos exportaban en Centroamérica el know how de la tortura, aplicada aquí con brutalidad, a los “contras” que combatían al sandinismo triunfante en Nicaragua: Daniel Ortega era un sátrapa emboscado que luego se sacó la máscara y mostró lo que en verdad es.
Los militares argentinos creían que esa cooperación con la CIA -que se financiaba con droga que se intercambiaban por armas con Irán- mantendría al menos la neutralidad de Washington ante un desembarco en Malvinas. Reagan aceptó que su secretario de Estado, Alexander Haig, oficiara de mediador entre Londres y Buenos Aires para negociar una solución al pleito y evitar la guerra. Reagan ya había advertido que su país era “neutral” respecto de la disputa de soberanía pero que dejaría inmediatamente de serlo en caso de que estallara la acción armada. En ese caso, le aseguró el presidente norteamericano a Margaret Thatcher, su país abandonaría la neutralidad y se apoyaría absolutamente a la fuerza expedicionaria británica. Así fue.
Ocurrió entonces un episodio con ecos actuales. Diplomáticos norteamericanos estuvieron prácticamente de rehenes del régimen de Teherán y lograron fugar gracias a la valentía y sagacidad del embajador de Canadá en la capital iraní. Ese episodio caló hondo en la sociedad americana y, posiblemente, le costó la reelección a James Carter.
Cuando Haig vino a la Argentina como mediador, el gobierno de Leopoldo Galtieri organizó un tour para el diplomático de EE.UU. paseándolo en helicóptero sobre una Plaza de Mayo repleta de manifestantes en apoyo a la recuperación de las islas. Haig vio en esa esa muchedumbre eufórica una similitud a la turba que asaltó la embajada en Teherán y dijo: “This is Iran” (Esto es Irán). El efecto fue contrario al que esperaban militares argentinos para demostrarle al mediador el apoyo que había generado el desembarco en Malvinas.
La misión Haig fracasó como fracasaron todas las otras negociaciones que podrían haber devuelto las islas a la Argentina. Desde la que realizó el ex presidente peruano Belaúnde Terry, que se hundió junto al crucero “Belgrano”, hasta las que se intentaron en las Naciones Unidas.
Cuarenta y cuatro años después, el Pentágono filtró un documento en el que se le ofrecen a Donald Trump opciones para presionar a Londres en la guerra actual de EE.UU. e Israel contra Irán. Se sugiere que Estados Unidos deje de apoyar a Londres en Malvinas. Inmediatamente el Departamento de Estado dijo que Washington era “neutral” en la disputa de soberanía y Londres volvió a recordar que los isleños habían votado “abrumadoramente” en favor de seguir siendo británicos.
Ese status se lo dio Thatcher tras la victoria militar en la que perdieron la vida 649 argentinos y 255 británicos.
Los habitantes de Malvinas quieren el derecho a la autodeterminación. Argentina rechaza absolutamente esa alternativa. No tiene otro camino que negociar pero Londres hace oídos sordos.
Trump tiene una relación especial con Javier Milei, no con la Argentina. En cambio, Estados Unidos tiene un vínculo especial con Gran Bretaña. No hay que confundir la coyuntura política con la historia completa.
Es posible que esa relación con el presidente argentino le sirva a Milei para que Trump lo ayude a sentar a los británicos para retomar conversaciones por las islas. Sería un gran avance. Ese objetivo seguramente forma parte del capital que Milei quiere mostrar para la reelección en 2027.
Habrá que ver, también, que impacto tiene la actual política exterior de alianza absoluta con EE.UU. sobre el conjunto de países que tradicionalmente ha apoyado a la Argentina. Por ejemplo: la Asamblea de la ONU votó en mayo que la la esclavitud y la trata de personas africanas era “el crimen de lesa humanidad mas grave de la historia”. Hubo solo tres votos en contra: EE.UU., Israel y Argentina. ¿Qué harán los países africanos cuando la Cancillería de Quirno pida su voto por Malvinas?
Sin embargo, esta rémora colonial que ahora preocupa a Washington no le provoca los mismos sentimientos cuando se tratan de sus propios intereses nacionales. La destemplada reacción de la Casa Blanca respecto de la restauración por parte de Londres de la soberanía de las islas Mauricio sobre Chagos, donde Estados Unidos y el Reino Unido tienen una base militar estratégica, habla de la dualidad que se maneja en la Casa Blanca.
En síntesis, la intencionada filtración de “soltarle” la mano a los británicos en Malvinas es una presión sobre el gobierno laborista para que se involucre en la guerra con Irán y, especialmente, ayude a reabrir el estrecho de Ormuz. Ese es, por ahora, el alcance y el sentido de este trascendido del gobierno de Trump.