
El ganador de las recientes elecciones húngaras, Péter Magyar, calificó al gobierno derrotado de Viktor Orbán como una «organización criminal». Pero si se cometieron crímenes contra la democracia y el estado de derecho, ¿Será condenado el propio Orbán? ¿Se le permitirá exiliarse en Moscú o Washington D.C., donde residen sus patrocinadores?
Las transiciones democráticas son un momento colectivo de inmensa esperanza nacional. Sin embargo, también son muy delicadas, lentas y propensas a la frustración. Las multitudes que bailaban frente al Parlamento húngaro recordaban a las que bailaban sobre el Muro de Berlín en 1989, y en la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires en 1983.
Sin embargo, aquellos fueron casos claros de transiciones políticas de regímenes autoritarios a democráticos. Hungría 2026 es diferente y quizás estemos ante un nuevo tipo de proceso de democratización, no se trata del fin del autoritarismo, sino del fin de la democracia “iliberal.”
La erosión del estado de derecho, la demolición del equilibrio de poderes, y la «colonización» de medios de comunicación y las agencias estatales independientes por Fidesz, transformaron a la Hungría de Orbán en un régimen político singular: Hungría ya no era una democracia, pero tampoco un régimen autoritario en toda regla.
Dicho esto, los desafíos de Peter Magyar no serán muy diferentes a los que enfrentaron Raúl Alfonsín en Argentina, Adolfo Suárez en España, Lech Walesa en Polonia o Eduardo Frei en Chile: casos de transiciones a democracias de regímenes autoritarios que consolidaron la superioridad de la autoridad civil, rehabilitaron partidos políticos y ampliaron los derechos civiles y políticos, sin llevar a cabo purgas masivas del aparato de seguridad, reformar todo el sistema judicial, y sin procesar a cuadros enteros del régimen anterior. Alfonsín enfrentó varios levantamientos militares, y Suárez tuvo que lidiar con un intento de golpe y terrorismo de extrema derecha. Es probable que Hungría se enfrente a resistencia interna y sabotaje por parte de los leales a Orbán.
Teniendo esto en cuenta, podríamos estar presenciando un nuevo tipo de proceso de democratización. Este no es un fenómeno nuevo: Brasil y Estados Unidos atravesaron un camino similar recientemente, en 2022-23 y 2020-2021 respectivamente. Si bien en ambos casos no podemos hablar de “el régimen” de Trump o de Bolsonaro, es evidente que tenían la intención de subvertir la democracia, como lo demuestran sus respectivos intentos de golpe de estado.
Una diferencia clave, por supuesto, es que Bolsonaro fue juzgado por sus crímenes contra la democracia brasileña; el 11 de septiembre de 2025, la Corte Suprema lo condenó a 27 años de prisión. Brasil sentó un precedente para las democracias del mundo. En cambio, en el caso de Trump se le permitió lanzar su tercera campaña presidencial y regresar al poder.
Si Magyar es sincero en su deseo de volver a la democracia, tendrá que afrontar importantes desafíos, sobre todo en lo que respecta al equilibrio entre justicia, estabilidad social y económica, y viabilidad a largo plazo. La historia nos enseña que el revanchismo por sí solo conduce a resultados antidemocráticos o tecnocráticos.
El desafío reside en cómo integrar a algunos de los partidarios del líder autoritario en una forma de democracia más inclusiva e igualitaria. Cada vez que cae un régimen antidemocrático, surge la pregunta clave de hasta qué punto, y durante cuánto tiempo, se hará justicia.
Federico Finchelstein es catedrático de Historia Contemporánea en la New School for Social Research de Nueva York. Emmanuel Guerisoli es profesor e investigador en el Departamento de Estudios Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y de Gobierno de la UNSAM, en Buenos Aires.