No todas las crisis de pareja implican un final. Pero tampoco todos los vínculos que continúan realmente funcionan. En el medio, aparecen señales que pueden indicar que algo empieza a deteriorarse.
Muchas veces no hay un hecho puntual que marque el quiebre, sino que es algo progresivo: formas de vincularse que cambian, charlas que se vuelven cada vez más superficiales y una sensación de distancia que empieza a volverse habitual.
“La relación amorosa siempre implica conflicto, pero lo patológico aparece cuando ese conflicto no puede simbolizarse ni ponerse en palabras y, en lugar de eso, se actúa con silencio, agresión o indiferencia”, explica la psicóloga y sexóloga Jacqueline Orellana a Clarín. Y advierte: “No es el conflicto lo que define el problema, sino cómo se tramita”.
En ese punto, una de las primeras señales de desgaste aparece cuando cambia el lugar del otro en el vínculo. “Cuando el otro deja de ser alguien con quien hablar y pasa a ser alguien contra quien defenderse”, señala la especialista. Ese pasaje, muchas veces imperceptible, marca una ruptura en la lógica de la pareja como espacio de confianza.
A partir de ahí, suelen aparecer otros indicadores. Se pierde la curiosidad y el interés por lo que le pasa al otro y el intercambio deja de ser un espacio de encuentro para volverse cada vez más funcional o distante. En paralelo, puede instalarse una lógica de “contabilidad afectiva”, donde todo se mide en términos de quién da más, quién cede más, o quién pierde más.
El malestar empieza a dejar de ser algo puntual y pasa a convertirse en un clima que atraviesa la relación. En ese contexto, también cambia la forma de amar: «Cuando amar deja de ser algo que se construye activamente y pasa a depender de lo que el otro haga o no haga, el vínculo empieza a deteriorarse».
“No es el conflicto lo que define el problema, sino cómo se tramita”, sostiene Orellana. Foto: ilustración Shutterstock.¿Crisis pasajera o estructural?
Pero no toda dificultad implica que la relación no funcione: «No es lo mismo un síntoma que todavía dice algo, y por eso puede trabajarse, que un síntoma que ya se volvió modo de goce, es decir, algo que se repite aunque haga sufrir», dice la psicóloga (@psi.sexologia).
Desde ahí, distingue entre crisis pasajeras y problemas estructurales. Las primeras suelen estar vinculadas a situaciones externas, como cambios laborales, la llegada de hijos o momentos de estrés. En esos casos, el vínculo puede tensarse, pero mantiene su sostén.
En cambio, cuando el conflicto se repite con distintos disfraces y no hay transformación posible, aparece una señal más profunda. “Aunque se hable, hay una sensación de estancamiento o desgaste. Cuando la repetición domina, ya no es crisis: es estructura”.
El sexo como termómetro del vínculo
En esa misma línea, la intimidad suele ser uno de los primeros espacios donde se manifiestan (y también se malinterpretan) las señales de desgaste. La falta de deseo sexual no siempre indica que una relación no esté funcionando, pero sí puede volverse crucial según cómo se viva y, sobre todo, cómo se comunique.
“El deseo no es lineal ni constante”, explica Orellana, y puede verse afectado por factores como el estrés, la maternidad o paternidad, cambios corporales o procesos individuales. Pero también advierte que el deseo necesita cierta distancia: “En los vínculos donde todo se vuelve transparente, previsible y sin misterio, el deseo se apaga. No por conflicto, sino por exceso de ‘lo mismo’”.
En ese sentido, la pregunta no es simplemente si hay o no deseo, sino qué lugar ocupa dentro de la pareja. Puede tratarse de una transformación del vínculo o de un efecto del contexto, pero también puede estar señalando algo más profundo.
La sexóloga Romina Barraza (@drabarrazasexualidades) coincide en que la ausencia de sexo no siempre es un indicador de crisis. En muchos casos, responde a situaciones circunstanciales, sobre todo cuando todavía hay afecto, contacto físico y posibilidad de hablar del tema sin hostilidad.
La intimidad suele ser uno de los primeros espacios donde se manifiesta el desgaste. Foto: ilustración Shutterstock.Pero cuando esa ausencia aparece junto con resentimiento, evasión o distancia emocional, el escenario cambia. «El hecho de no poder hablar de lo que les pasa en la intimidad es una señal de que algo no funciona. El sexo no suele ser un problema, sino el termómetro del vínculo».
Cuándo replantear la relación
Frente a estas señales, la pregunta ya no es solo qué está pasando en la pareja, sino qué hacer con eso. Según Orellana, hay margen para sostener y revisar la relación cuando, aun con malestar, existe implicación subjetiva (es decir, cuando cada uno puede reconocer algo propio en lo que ocurre) y cuando persiste el deseo de entender, no solo de tener razón. También cuando el otro no es vivido como un enemigo, incluso en contextos de conflicto repetido.
En cambio, sugiere terminar un vínculo cuando aparecen ciertas dinámicas más profundas. “Si hay violencia -explícita o sutil-, desresponsabilización total (‘el problema sos vos’) o se pierde el respeto y la dignidad, el vínculo produce más sufrimiento que posibilidad”, advierte. En esos casos, la continuidad deja de ser una opción saludable.
En ese marco, la especialista introduce una idea central para pensar los vínculos: “Amar implica necesariamente un malentendido. Pero no es ese malentendido lo que destruye un vínculo, sino la imposibilidad de alojarlo”.
“Quizás la pregunta no sea tanto si una relación funciona o no, sino si en ese vínculo todavía es posible desear, hablar y transformarse. Porque donde eso se pierde, el amor se vuelve repetición vacía; pero donde algo de eso insiste, incluso en la dificultad, todavía hay lazo”.