
China abastece de alimentos a una población de 1.400 millones de habitantes, y lo hace con una producción de 648 millones de toneladas de granos en 2025, que es el promedio de su oferta alimentaria en los últimos 10 años.
A partir de su incorporación a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, China comenzó a importar cada vez más alimentos del exterior; y el resultado es que hoy la República Popular experimenta un déficit en su comercio internacional de productos agrícolas de U$S 124.000 millones en 2025.
Son múltiples los indicios que muestran que la República Popular ha decidido terminar con esta situación, ante todo por las crisis y conflictos a escala mundial que se repiten cada vez con mayor intensidad, y que afectan estrictamente a su “seguridad nacional”, como es el caso de la guerra de EE.UU con Irán.
El aumento del ingreso per cápita de su población de +8% por año a partir de las reformas de Deng Xiaoping, hace que a partir de la década del ´80 se haya producido un vuelco masivo al consumo de proteínas cárnicas, ante todo carne de cerdo; y esto, a su vez, obligó a elevar primero por 3 y luego por 4/5 las importaciones de los productos necesarios para la alimentación animal, que son los porotos de soja, la pasta sojera, y el maíz.
Este fue el proceso alimentario básico y fundamental que se desarrolló en la República Popular entre 1980 y 2020/2025.
A partir de la invasión de Rusia a Ucrania en febrero de 2022, la situación mundial se ha modificado estructuralmente, y comenzó un ciclo de guerras que culminaría este año con la ofensiva de EE.UU e Israel contra Irán.
Esta situación encontró a China estratégicamente desequilibrada con más de 1/3 de los alimentos que necesita para abastecer a su población provenientes del exterior; y esto transformó a la cuestión de las importaciones agroalimentarias en un problema de “seguridad nacional”.
El gobierno chino prevé que las importaciones de agroalimentos alcanzarán su tope máximo en 2030; y a partir de allí, encabezadas por las importaciones de porotos de soja, declinarán más de 25%.
China piensa todos sus problemas sociales y económicos en términos de largos procesos históricos; y por eso ha comenzado a priorizar ahora el desarrollo de la biomanufactura de alta tecnología y la creación de proteínas alternativas de base vegetal.
La conducción del Partido y del Estado estima que a partir de 2030 las ganancias de productividad agrícolas de la República Popular reducirán la demanda doméstica de soja en casi 30%, lo que equivale al total de las exportaciones sojeras norteamericanas a la República Popular de 2024; y sostiene también que este fenómeno central viene acompañado por una reducción semejante en la carne vacuna, aviaria, lácteos y huevos.
El siguiente paso estratégico que prevé China tendría lugar en 2040, cuando se transformaría en una exportadora neta de alimentos; y las proteínas alternativas de base vegetal serían capaces de capturar un segmento del mercado interno chino de entre 35% y 55% del total.
La única condición para esta hazaña sería que se lograra en ese momento una paridad de precios con los otros “clusters” de proteínas animales, con el agregado de que se presume – lo que en China conviene tomar siempre al pie de la letra – que las exportaciones de nuevos productos e innovaciones se conviertan en una fuerza competitiva capaz de crecer a un ritmo superior al de los mercados globales.
Por último, en 2050, se espera que una tercera ola de innovaciones torne comercialmente viables en el mercado mundial a las carnes alternativas, apoderándose de franjas crecientes del mercado de las proteínas animales.
Para ese entonces, China volvería a ocupar el primer lugar mundial en la innovación alimentaria, y sería capaz de definir las tecnologías decisivas del siglo XXI.
En el país de la “Larga Marcha” y de 20 años de guerra civil que culminó con la proclamación de la República Popular por MaoTse Tung el 1 de octubre de 1949, conviene admitir que sus proyecciones de largo plazo o son la realidad de las cosas, o lo que viene inmediatamente después.