Una historia preciosa sobre resiliencia y un recordatorio de que nada dura eternamente
Hay una frase en El duelo es esa cosa con alas que me persigue cada vez que hablo del libro o de su autor Max Porter: «I Will Stop Finding Her Hairs» («dejaré de encontrarme sus pelos»). Está en la página 20 de la edición de bolsillo en inglés y vuelve a mí cuando recuerdo la historia. Leerla es lo más cerca de experimentar lo que debe de ser que te alcance un rayo. Creo que se me tatuó o se fundió conmigo de alguna forma y ahora forma parte de mi memoria. No puedo escapar de ella. ¿Cómo es posible que haga eso una combinación tan inocente de palabras?
La frase pertenece al monólogo interno de un hombre que ha perdido a su mujer, se ha quedado viudo y tiene que criar a sus dos hijos pequeños mientras intenta seguir adelante con su vida. Para atravesar el duelo, la familia recibe la visita de un cuervo que puede ser un auténtico cabrón, pero también el tipo más divertido que te puedas encontrar. En este contexto, esos pelos que siempre son un incordio se convierten en un resquicio de vida de alguien muerto. Un recuerdo, una prueba de que alguien existió, en algo poderoso, en algo a lo que aferrarse.
El libro de Porter es muy especial. No solo por cómo representa el duelo, sino por cómo está escrito. A veces en prosa; otras, en una ristra de frases con una sonoridad magnética que se queda a medio camino entre prosa y poesía. Adaptar algo así no es una tarea fácil, pero Dylan Southern se atrevió con la película Esa cosa con alas (2025), la versión cinematográfica del libro de Porter protagonizada por un portentoso Benedict Cumberbatch.
El filme no gustó a la crítica -46 % en RT-, pero yo creo que es una de las mejores películas de 2025. Ya está disponible en ‘streaming’ a través de Movistar Plus y es un buen momento para darle una segunda oportunidad a esta joya escondida que pasó desapercibida en cines.
Una Mary Poppins algo macabra
BFI / Film4 / Lobo Films / SunnyMarch
Acercándose al terror en ocasiones, Southern se aproxima al material original de Porter con inteligencia y haciendo los cambios necesarios y obligatorios para trasladar la historia del papel a la gran pantalla. La película juega en diferentes estadios, siguiendo la intermitente evolución de los seres humanos durante la pérdida de un ser querido. En definitiva: la vida misma.
Lo más complicado aquí era introducir al cuervo, ese que irrumpe en el hogar de la familia protagonista para echar una mano, aunque de primeras parezca un incordio. Este ser puede ser un saco de boxeo para apaciguar la ira, un amigo con el que desahogarse, un espejo que te enfrenta a tus miedos y también una niñera perfecta. Digamos que es una suerte de Mary Poppins algo macabra que se quedará el tiempo que haga falta para superar lo que él mismo representa: el duelo.
El cuervo es importante y la película hace un buen trabajo con él, pero Cumberbatch es una parte todavía más crucial. Era cuestión de vida o muerte encontrar a un buen intérprete para dar vida al padre. El personaje es clave en la historia de Porter que, aunque también se centra en los pensamientos de los dos hijos, convierte las dudas e incertidumbres del patriarca en una profunda exploración de la pérdida. Cumberbatch cumple. Sin él, es probable que el proyecto final no hubiese brillado tanto.
Esa cosa con alas -que toma su título de un poema de Emily Dickinson que dice: «Hope is the thing with feathers» («la esperanza es esa cosa con alas»)- es una película difícil, sí. Su tema central obliga a que así sea y, aunque es cierto que es imperfecta y en ciertos momentos le cuesta mantener el ritmo, el resultado final es una historia preciosa que se aferra a la fantasía y la alegoría para hablar de resiliencia. También es un recordatorio de que nada dura eternamente: ni lo bueno ni lo malo.