
Como soy una conductora responsable y una ciudadana ejemplar, decidí el otro día hacer acopio de valor y apersonarse en el ente controlador de tránsito para pagar todas mis multas. Ocurre que, pese a mi buena voluntad al volante, la ciudad me ha presentado bastantes desafíos a la hora de desplazarme legalmente en mi vehículo automotor. Por más respetuosa que sea de los semáforos, y por mucho que ignore las temerarios recomendaciones del GPS que me manda doblar donde no hay giro y hacer vueltas en U que me mandarían directo a Chacarita sin pasar por Villa Crespo; aún así, he acumulado una cantidad notable de infracciones.
Como el personaje de Darín en «Relatos Salvajes», suelo dejar el coche contra cordones despintados que siguen valiendo amarillo a los ojos del fisco. Y sin ponernos tan explosivos como él, quién puede negarme que estacionar en Buenos Aires se ha vuelto una odisea. Las calles están abarrotadas, los espacios todos tomados, reservados o con tarifa. Los autos deberían ser retráctiles y doblarse en forma de maletín cuando uno llega a destino. No sé que hace la ciencia que no lo resuelve. Pero dejando de lado estas inquietudes, tenía que renovar el registro y no me quedó más remedio que ponerme a derecho. Así que me dirigí diligente a la bendita Dirección General de Administración de Infracciones, un edificio convenientemente establecido en una zona de la ciudad donde no llega el subte, y estacionar es aún más difícil que en el resto de la urbe, así que a combinar bondis para no coleccionar deudas.
Pero lo que allí me esperaba era de verdad kafkiano. No me vi de golpe transformada en escarabajo como Gregor Samsa, pero fui abducida por laberintos de burocracia que ni el autor de «La Metamorfosis» se atrevió a retratar. Mis legajos estaban divididos entre cuatro controladores. Dos atendían a la mañana y dos a la tarde, por lo que tuve que llamar al trabajo y pedir franco completo porque no iba a llegar. El primer orientador en tomar mi expediente, en mesa de entrada, me derivó al puesto 88. Di vueltas sin encontrarlo por una interminable estepa de ventanillas numeradas, hasta que un policía me advirtió que el responsable del 88 atiende en el escritorio 23. ¿Cómo no lo sabía? Vine sin la bola de cristal, disculpe, oficial. Tras horas de espera en distintas filas y negociaciones imposibles con mandatarios judiciales, y empleados municipales en tal grado de delirio que harían quedar a la estatal de Gasalla como una estadista, obtuve un plan de cuotas: una gruesa pila de papeles para ir pagando mes a mes, de acá al día en que los autos vuelen, como tanto prometieron las películas de ciencia ficción que jamás la vieron.
Todo esto para subirme a un taxi de vuelta a casa y que el tachero me comente -cancherísimo él- que tiene un contacto que te borra multas en el acto por la mitad de la plata. ¿Será que los justos siempre nos jorobamos en esta noble patria de avivados? Prefiero quedarme con la paz de haber hecho las cosas bien, y la satisfacción de saber que, incluso de uno de los días más desperdiciados de mi vida, puedo sacar una linda anécdota.