Hildegarda de Bingen, monja alemana que vivió en el siglo XII, compuso himnos litúrgicos, describió más de 200 especies vegetales, mejoró el proceso de elaboración de la cerveza y dictó sus visiones místicas. Leonardo da Vinci, un caso mucho más conocido, fue pintor, anatomista, matemático, botánico, arquitecto. Galileo Galilei, otro célebre polímata, pulsó las teclas de la física, de la música, de la poesía y de las matemáticas. Omar Khayyam, aquel sabio persa casi contemporáneo de Hildegarda, fue astrónomo, poeta, especialista en álgebra. En China, sobre comienzos de la Era Cristiana, Zhang Heng investigó eclipses lunares, fue artista plástico, inventó un detector de terremotos, compuso poemas. Cinco personajes que integraban la ciencia y el arte cuando esos dos campos no aparecían separados como en el presente. Revista Ñ dialogó con un quinteto actual de científicos argentinos que combina números, experimentos y papers con pigmentos, notas musicales y bocetos.
Laboratorios de sonidos
“La primera vez que escuche música que me tocaba muy adentro fue a los 10 años, con Chopin. Una vez mi papá se fue de viaje y me quedé escuchando su música, me pasaba algo muy fuerte. Ya a los 14 un amigo me prestó la guitarra y empecé a enamorarme de ella y tenía tres héroes: Andrés Segovia, Eduardo Falú y Cacho Tirao”. Del otro lado del teléfono y desde Estados Unidos, el que habla es Alberto Rojo, físico y músico argentino, nacido y criado en el Barrio Sur de Tucumán, cuya infancia también tuvo como banda de sonido el folklore que escuchaban sus tías.
Rojo, que estudió en el Instituto Balseiro de Bariloche, donde se doctoró en Física, está a punto de dar una clase de Física del Estado Sólido en un posgrado en la Universidad de Oakland, de Michigan. “En esta clase no uso tanto ejemplos del arte, en otras clases cuando enseño óptica, por caso, uso ejemplos de pintura”, explica.
Él toca tanto la cuerda de la ciencia como del arte. Ha publicado libros como Borges y la física cuántica y El azar en la vida cotidiana (ambos por Siglo XXI) y discos como “De visita” y “Para mi sombra”, entre otros. “Un punto de contacto entre ambos mundos es que la búsqueda de verdad es búsqueda de belleza. La teoría científica que no es la más elegante no es la más aceptada. Y la elegancia es un concepto subjetivo. Hay muchísima estética en la ciencia, que se pasa por alto, porque se piensa que todo es estricto. Y hay mucho rigor en el arte, como las reglas de armonía y contrapunto en la música”, afirma.
Físico también es Agustín Adúriz Bravo. Y cantante lírico. “Mis inicios fueron como espectador, cuando fui a ver una ópera, ‘El sombrero de paja de Italia’. En mi casa mis padres eran profesores de secundaria, pero no escuchaban ópera. Un compañero de mi papá conseguía entradas para los ensayos del Colón y entonces tuve ese privilegio de los 11 a los 18 años. A los 19 decidí estudiar canto, luego lo interrumpí y hasta 2010 solo cantaba en espacios chicos”, recuerda este investigador del Conicet, con un posgrado en Didáctica de las Ciencias Naturales.
Alberto Rojo, físico y músico.En aquel 2010 se sumó a la compañía Giuseppe Verdi y desde ahí integró cada vez más a su vida el canto lírico. Actualmente trabaja con seis compañías (la Verdi no existe más), pero la principal en la que se afinca es Música en Escena. Participó como cantante en la puesta de El reñidero y como asesor de idiomas y coros en La flauta mágica, entre muchos otros espectáculos.
Precisamente en El reñidero se generó una situación particular: “Un espectador de la obra, que se había dado en el Empire, sacó unas fotos de un supuesto fantasma y esas imágenes de viralizaron. Algunos pensaban que era un ser bondadoso, otros una criatura horripilante. Mi ayudante en la asignatura que dicto y yo explicamos que en realidad era el ‘espectro de Brocken’, un fenómeno óptico ya estudiado en el siglo XIX, que en el teatro lo habían generado la máquina de humo y las luces”.
Respecto a cómo las disciplinas artísticas pueden servir para la didáctica de las ciencias, Aduriz asegura: “Necesitamos más gente que lo haga y con más cuidado con ambos campos”. En su caso, le interesa especialmente llevar el mundo de la ópera a la enseñanza, y con esa intención, dice, en muchas ocasiones en el ámbito educativo se presenta “dragueado con disfraz de ópera”.
Elizabeth Karayekov. Foto de prensa. Lejos de Parsifal o Aída y muy cerca del jazz, Elizabeth Karayekov, bióloga nacida en Buenos Aires pero radicada en Rosario, lidera una big band que lleva su nombre. Ella hace crecer su carrera artística mientras se dedica a la comunicación pública de la ciencia en el Instituto de Biología Celular y Molecular de Rosario, dependiente del Conicet.
En la Universidad Nacional de aquella ciudad se había doctorado en Ciencias Biológicas, focalizándose en el estudio de la fotomorfogénesis; es decir, cómo cambia una planta cuando empieza a recibir luz. “Me dediqué a full al canto cuando terminé el Doctorado en 2010. Empecé a cantar en bandas, a trabajar en eventos, a tomar más clases. Empecé con el gospel, después mi transición natural fue hacia el blues. En 2012 decidí formar mi propia banda”.
Esta bióloga de apellido búlgaro lidera un grupo de catorce músicos que tiene grabados dos discos y que este año ganó el Premio Estrella de Mar por el mejor espectáculo de jazz. Con dirección musical de Ernesto Salgueiro, que además es guitarrista de la big band, tocan jazzeados temas como “Black or White” de Michael Jackson, “Wonderwall” de Oasis y “Wadu wadu” de Virus.
Inventario poético de la Costa Azul. Pablo La Padula. Los colores de la ciencia
Frente al Lago Nahuel Huapi, una silueta de mono carayá hecha en hierro tejido con la figura de un nene en su interior aparece en los jardines de la Galería La Ridícula Idea, de Pablo Bernasconi. La autora de la obra es Nadia Gutmann, porteña, doctora en Biología, que fue becaria del Conicet y desde hace mucho está enraizada en Bariloche. Como tesis doctoral, se dedicó a la ecología de poblaciones de ratones que habitan la parte de transición entre el bosque y la estepa patagónicas.
“Venía haciendo esculturas desde los años del Doctorado, ya estaba exponiendo, tenía algunos premios, me invitaban a encuentros de escultores”, recuerda. Los vaivenes del país en políticas científicas no le permitían dedicarse por completo de la investigación. Pero la biología empezó a brotar en sus esculturas. El mono carayá, un rana de Somuncurá, una hiena, una mara, un tapir, comenzaron a plasmarse a través del hierro tejido y a expresar ideas.
“La biología y el arte en mi caso se unen en el interés por la vida, por entender quiénes somos. Las dos confluyen en cómo veo al mundo. Las esculturas me permiten hacer superposiciones de varias miradas”, reflexiona, desde su casa en Villa Los Coihues, a un puñado de cuadras del Lago Gutiérrez.
A 1600 kilómetros, en la ciudad de Buenos Aires, la matemática Dora Tilli también encuentra en las artes plásticas su clave expresiva. “Mi hermano se llama Leonardo por Da Vinci, no por Favio (risas). Yo desde siempre amé la búsqueda del conocimiento. Admiro a las mujeres del Renacimiento”, afirma.
Un mural en el cruce de la calle Brandsen y el Pasaje Lanín, en Barracas, realizado con pintura látex con apliques de mosaicos y espejos, lleva el sello de Tilli. Ella asegura “los artistas son abiertos”, y que les sorprende que sea matemática. “El prejuicio lo siento más del otro lado, más desde las ciencias, porque parece que te tenés que dedicar a una cosa sola”, agrega, mientras explica que aparte de su carrera artística, estudia y trabaja en desarrollos de la teoría de grafos, que sirven para representar visualmente desde redes neuronales hasta circuitos eléctricos.
Pablo La Padula: muestra Zoologia Fantastica.Los cruces entre ciencia y arte tienen muchos más protagonistas que los que solemos imaginar. Pablo La Padula es otro renombrado biólogo y artista visual, también investigador del Conicet y promotor incansable de las intersecciones entre conocimiento científico, naturaleza y expresiones artísticas. Y entre los jóvenes científicos, Teo López Puccio, matemático graduado en 2024 e hijo de Carlos López Puccio, integrante histórico de Les Luthiers, es músico y estrenará en abril en el Teatro El Picadero su espectáculo “Problema 1”, para, según anuncia, “conocer cuánto de matemática hay en la belleza”.
En suma, Como subraya Rojo: “La tecnología y la ciencia actuales requieren mucha especialización. Y esa especialización nos divide en disciplinas. Pero el universo no se organiza como las universidades”. Razones y emociones se combinan mucho más de lo que se reconoce.