En su nueva novela, Cruces, de la colección Tierra firme del Fondo de Cultura Económica, Violeta Gorodischer narra una experiencia límite que le toca atravesar a una mujer: explora sus sentimientos más íntimos y, a la vez, los cruces que se producen a medida que avanza el relato. Entre la vida y la muerte; la realidad y lo fantástico; la responsabilidad y el deseo.
La autora –Los años que vive un gato (2011); Buscadores de fe (Emecé, 2012) y Sueños a noventa centavos (Seix Barral, 2015)– vuelve sobre un tema que trató en Desmadres (Planeta, 2022), libro que combina ensayo, investigación periodística y crónica íntima para abordar la cuestión de la maternidad.
La escritora Violeta Gorodischer. Foto: gentileza.Cuenta Gorodischer que hace tiempo “había empezado a escribir una novela que quedó interrumpida porque no terminaba de encontrarle la vuelta”. Después atravesó “algunas cuestiones personales”, se convirtió en mamá, pasó el “famoso” puerperio y escribió Desmadres. “Con todo ese background”, explica, volvió a aquella novela, “ya con el camino a seguir mucho más delineado” y, luego de reescribir gran cantidad de capítulos le dio forma final a Cruces.
–¿Qué diferencias encontrás entre haber abordado el tema de la maternidad en Desmadres y hacerlo ahora desde la ficción?
–Con Desmadres la intención original era escribir una ficción. Pero me encontré con tanta información (y desinformación), tanto ruido hueco con respecto a determinados temas inherentes a la maternidad, que decidí abordarlo desde la no ficción, con herramientas periodísticas, mucha información y la presencia del registro narrativo en una suerte de crónica íntima, partiendo de mi experiencia personal para saltar hacia las de otras mujeres. Abrí el juego a historiadoras, antropólogas y sociólogas que me ayudaron a darle un marco teórico consistente, tendiente a mover a la maternidad del terreno de lo íntimo y lo doméstico, para legitimarla como un hecho social, colectivo. “Sacar a la maternidad del clóset académico”, como me dijeron varias de ellas. Quise brindar información y ser una herramienta para futuras madres o madres recientes a la hora de lidiar con culpas, mandatos y abusos de poder, entre otras cosas. En el transcurso de esa escritura separaba materiales y anécdotas que aparecían en el camino y claramente necesitaban otro tipo de registro. Entre ellas, me llamó mucho la atención que muchos profesionales de campos ligados a la maternidad, como obstetras o doulas (mujeres que acompañan a otras mujeres en el proceso de gestar y dar a luz), investigaban también el tema de la muerte, ya fuera como doulas–tanatólogas que acompañan a morir o como obstetras que trabajaron y trabajan en un proyecto de ley de eutanasia para la Argentina. Ahí entendí que había muchísimos puntos en común entre el nacer y el morir; sobre todo, puntos de contacto en el rol del sistema médico ante ambos acontecimientos.
–¿Y ahí fue que decidiste investigar más acerca de los médicos y su entorno?
–Ya en mi investigación para Desmadres había trabajado con la irrupción de los hombres en el territorio del parto, las modificaciones del espacio para comodidad de los médicos y no de las parturientas, la sobre–medicalización de ese momento (anestesias, epidurales, exceso de cesáreas) y la lucha de muchísimas mujeres por volver, siempre en la medida de lo posible, a un proceso que les fuera propio y no arrebatado. Bueno, en la muerte hospitalizada pasa algo similar: hoy la extensión de la vida llega a límites tortuosos, muchas veces sin razones muy claras, incluso contra la voluntad de los pacientes. Philippe Ariès habla de eso en su libro Morir en Occidente: los pacientes terminales entran en estados de sedación prolongados y a veces ya ni siquiera es claro en qué momento empiezan a morir; son pequeñas muertes medicalizadas, alejadas de la forma en que se moría antes: en las casas, junto a amigos y familiares, despidiéndose, siendo parte activa de ese momento. Uniendo ambas cosas se me ocurrió llevar estos conceptos a la novela, cuya protagonista ya estaba delineada como una médica del área de cuidados paliativos, y trazar una circularidad entre la vida y la muerte. Pero para hablar de estas cuestiones tenía que cambiar el registro. De ninguna manera iba a ser un libro plagado de golpes bajos: por eso decidí romper los límites rígidos del realismo y jugar con lo fantástico para construir narrativamente escenas que simbolizan la entrada al terreno de la muerte, pero sin nombrarla jamás. Esta médica de paliativos, entonces, acompaña literal y metafóricamente a las personas a morir.
Laura y El Hijo
Una de las preguntas que se planteó Gorodischer al encarar la escritura de la novela fue de qué forma se conectaría Laura, la protagonista, que trabaja como médica en un hospital público, con su hijo que no llegó a nacer. “Me impactaron mucho los testimonios que recogí sobre pérdidas gestacionales”, cuenta.
“Y la dificultad para hacer ese tipo de duelo; incluso yo misma pasé por una experiencia así. Una vez más: ¿qué pasa cuando una mujer está por ser madre y se queda a mitad de camino? ¿Qué pasa con ese dolor invisible para el resto de la sociedad? ¿Por qué se transforma en tabú?”, se pregunta, y agrega que, en lugar de recurrir a la escritura catártica o autorreferencial, decidió integrar esas experiencias a la ficción.
“Con respecto al vínculo con El Hijo, me gustaba que en paralelo a estas situaciones se narrara el devenir personal de la protagonista”, sigue Gorodischer, “ligado a la pérdida de un embarazo, una separación y la dificultad de realizar ese duelo”.
Y agrega que, siendo ella un personaje con cierta sensibilidad para seguir en contacto con el territorio de la muerte, “en términos de lo fantástico y de las conexiones que mantiene con el otro mundo luego de cada cruce”, descubrió la existencia de un hilo conductor entre quienes pierden seres queridos: el encuentro en los sueños. “Por eso quise tirar de esa punta”, explica la autora.
Consultada acerca de cuán en claro tenía que escribiría en gran parte sobre la muerte, respondió Gorodischer: “Sí, lo tenía en claro por todo lo que mencioné, y porque fui reforzando esos conceptos con lecturas que me resultaron muy iluminadoras, como Vivir con nuestros muertos, de Delphine Horvilleur, que tiene una mirada muy reveladora sobre el tema y sobre el vínculo entre la narración y la muerte: los muertos son los generadores de las historias que nos sostienen».
La escritora también leyó a la antropóloga Vinciane Despret, sobre cuyo libro A la salud de los muertos, dice: «Me parece directamente necesario. Barre con la concepción moderna y occidental del duelo como el “dar vuelta la página”, como la invisibilización del ser que se fue, y plantea que los muertos necesitan que les demos un rol activo, no pasivo; que hay un diálogo diferido con ellos a través de diversas acciones, casi inconscientes, en muchas de las cuales me identifiqué, como el vínculo con objetos que les pertenecieron o que remiten a ellos de alguna forma».
Gorodischer señala que estos son conceptos que «casi no circulan en nuestra sociedad, pero que ayudan a resignificar ese proceso que es inherente al hecho de vivir».
Violeta Gorodischer, autora de Desmadres (Planeta), es licenciada en Letras y trabaja como periodista. Foto: Paula Salischiker.–¿De qué otros temas se podría decir que trata el libro?
–Yo diría que la novela trata sobre los duelos, la pérdida, el deseo, la resiliencia, el amor, la amistad, los vínculos familiares. Aparece la relación con la madre y el hermano, la conformación familiar cuando hay un padre ausente, la dinámica con las amigas de infancia, lo que le generan los embarazos ajenos, la exploración sexual en busca de un nuevo goce luego de la pérdida… Obviamente, también se tematizan los cuidados, no solo de los pacientes, sino de los diversos personajes que la protagonista debe cuidar a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, su propia madre, que es rescatista de animales, termina animalizada como una metáfora de la vejez y el deterioro. Es una madre–perra que no tiene autonomía, que perdió identidad, que depende de otros para sobrevivir. Todo eso genera que Laura y su hermano deban enfrentar esa etapa como se asume, en general, el cuidado de los padres mayores. Solo que en vez de estar vieja y enferma, la madre de ellos está vuelta animal. Pero es lo mismo, lo que genera en su entorno es exactamente lo mismo, y ahí radica el poder de la literatura y sus herramientas mágicas para contar. Como dice la contratapa de la novela, esta es la historia de una mujer que debe cuidar a los otros, sin perderse a sí misma. La pregunta es si será capaz de lograrlo.
–¿Existen prejuicios a la hora de escribir o leer un libro que en parte habla acerca de la muerte de niños y niñas?
–Si bien arranca con el diálogo de la protagonista con un niño terminal, no diría que “trata” sobre eso. Primero, porque esa muerte nunca se nombra o se ve en forma literal. Nunca vemos morir a ese niño, ni se describe su agonía, ni hay un detenimiento ni regodeo en ese punto: fui muy cuidadosa al respecto. Los cruces son escenas muy trabajadas desde la escenografía, desde los indicios, desde lo que allí sucede y cómo esta novela imagina que ocurre. Las conexiones que Laura tiene con quienes ya no están, por otro lado, buscan jugar con el registro de lo siniestro y también poner en escena, una vez más, que los muertos siguen presentes en quienes quedan vivos.
–¿Por qué el nombre Cruces?
–Cruces es un título polisémico, que remite a muchas cosas. Por un lado, remite a una cuestión espiritual (los cementerios y Jesús para la religión católica, el calvario personal de cada uno), pero también habla de los cruces de planos que se producen de la mano de la médica protagonista. Y, a su vez, refiere a todos los cruces que atraviesan la historia: lo real y lo fantástico, la vida y la muerte, la medicina y el ritual, el sueño y la vigilia, el duelo y el deseo, la pérdida y la maternidad.
Violeta Gorodischer básico
- Nació en 1981 en la ciudad de Buenos Aires. Es licenciada en Letras (UBA) y trabaja como periodista.
- Colaboró en diversos medios, fue coeditora del sello de narrativa independiente Tamarisco.
- Es autora de la novela Los años que vive un gato (Tamarisco), del libro de crónicas Buscadores de fe (Planeta) y del libro de cuentos Sueños a 90 centavos (Seix Barral), ganador del segundo premio del Fondo Nacional de las Artes 2014.
- Durante su proceso de escritura, Desmadres quedó seleccionado entre los proyectos finalistas de la categoría no ficción del Premio Estímulo a la Escritura Todos los tiempos el tiempo 2021, con un jurado compuesto por Pablo Gianera, Ariana Harwicz, Leila Guerriero y Mariano Llinás.
Cruces, de Violeta Gorodischer (Fondo de Cultura Económica).