
-¿En qué medida los conceptos y categorías tradicionales de la ciencia política contemporánea están alcanzando a explicar las realidades emergentes?
-Es una pregunta que me preocupa desde hace diez años. Entonces empecé a ser consciente de que gran parte de las categorías teóricas que usaba estaban quedando obsoletas. Tenía unos conceptos muy rígidos para entender una realidad que cambiaba día a día, profundamente. Por ejemplo, “Estado-Nación”, “Partido Político”, “Representación política”, “Democracia”. Continuábamos anclados a grandes figuras de la ciencia política del último medio siglo y a sus elaboraciones conceptuales para una época que estaba quedando atrás vertiginosamente. Por caso, seguía citando a Giovanni Sartori y buscando ese partido político ideal sobre el que teorizó en 1975. Lo mismo pasaba con el concepto “Democracia”, aunque se hubieran creado terminologías como “Democracias Iliberales”, o, en mi caso, “Democracias fatigadas”. Sin embargo, esa adjetivación de la democracia no facilitaba mucho el conocimiento frente a las transformaciones profundas que no parecían advertirse. El cambio como consecuencia de la revolución digital exponencial era radical. Existía un problema central para ajustar el término a una sociedad muy diferente más individualista y que se informa y conecta de un modo radicalmente distinto y a una velocidad de vértigo. Luego estaba la cuestión de la metodología. La ciencia política avanzó mucho: vuelvo a citar a Sartori, quien afirmó que la misma se hizo mayor de edad con la revolución del conductismo cuando se comenzaron a aplicar las encuestas, a mediados de la década de 1930. Hoy, las encuestas han sido superadas para conocer a la opinión pública por la dinámica de las redes sociales que forman comunidades movibles, eclécticas, improvisadas y efímeras. Saber qué se mueve en las redes sociales es fundamental y ello requiere de nuevos instrumentos de análisis.
-A propósito de su definición sobre las “democracias fatigadas”, ¿cuál fue el punto de inflexión o momento bisagra que le da sentido a este concepto?
-Fue en 2016. Aquel año hubo un cambio de tendencia en los distintos índices de medición de la democracia. Hasta ese momento, desde el 2000, la evolución en la calidad de la misma iba en un lento ascenso. Pero en 2016 coincidieron varios hechos simultáneos: se declaró el término “Posverdad” como palabra del año; se produjo el Brexit; se inició el proceso que intentó promover la secesión de Cataluña; el gobierno de Colombia perdió el plebiscito sobre el acuerdo de paz con las FARC; Donald Trump llegó al poder en Estados Unidos, estalló el escándalo de Cambridge Analytica. Ese fue un año bisagra. Lo que comenzó hace diez años se intensificó con dos hechos fundamentales subsiguientes: la pandemia, en tanto entrenamiento que marcó la expansión del fenómeno digital, y el lanzamiento del ChatGPT, el 30 de noviembre de 2022. Han pasado tres años y medio de ello y hoy sólo hablamos de Inteligencia Artificial.
-Pensando que las transiciones democráticas de América Latina tomaron como modelo a la Europa postautoritaria de posguerra, ¿qué enseña la realidad latinoamericana al viejo continente y viceversa?
-Creo que América Latina vivió antes que Europa la descomposición del sistema de partidos. Peter Mair, en su obra póstuma “Gobernando el vacío”, advirtió sobre el declive de los partidos políticos europeos. Pero eso ya se estaba viendo en Latinoamérica, en los casos de Colombia, Perú y Ecuador así como algo después en Costa Rica e incluso en Argentina y Chile. Se había producido una hecatombe de los partidos que estaban más arraigados. En Europa ocurre algo similar: los partidos tradicionales están a punto de desaparecer, ya sucedió en Italia y el Reino Unido es un caso a tener en cuenta, aunque en España pareciera que el Partido Popular y el PSOE resisten. Además, mirando la influencia de Europa en América Latina, hay una preocupación por lograr una descentralización política efectiva que no se da en esta.
-Reparando en conceptos compartidos, ¿hay algo en común entre Europa y América Latina al momento de mirar y analizar el fenómeno de los populismos?
-Pensando en la teorización sobre el desencanto y la desafección, es evidente que hay un alejamiento de la sociedad respecto a la política y una mayor personalización de ella. No hay una ilusión por la política, no se concibe como algo promisorio o lleno de esperanza. La corrupción es desalentadora y la no resolución de problemas cotidianos alienta el hartazgo. En el mejor de los casos, se percibe la política como pura gestión, en otros casos bien intencionados, los reiterados fracasos frustran a la gente. Esta sensación invade a las sociedades europeas y latinoamericanas. Esto, de alguna manera, facilita la polarización que se mueve en el nivel de las emociones. En un mundo de descreídos, desconfiados y desilusionados – en el que, además, se ha articulado el egoísmo más brutal, llegando a configurar una sociedad líquida – es muy fácil engatusar a las personas con medidas extremas. En Europa eso se advierte en las políticas respecto a los inmigrantes, vendiéndose imágenes falsas que los equiparan a estafadores o a delincuentes que se benefician del Estado de Bienestar. En América Latina, su vinculación es con la inseguridad y el auge de las economías ilícitas. Si, por ejemplo, miramos los datos de Chile es ridículo pensar que estamos frente a una pandemia de inseguridad.
-En tanto forma de gobierno y modo de organización de la sociedad, ¿qué retos o acechanzas enfrenta la democracia liberal?
-El gran reto de la democracia es captar la voluntad general. Hoy, con el manejo de la Inteligencia Artificial se puede llegar a conocer. Esta puede servir para darle voz a quienes no solo no la tienen sino que tampoco quieren abrir la boca. No es una quimera saber qué es lo que queremos y qué estamos dispuestos a hacer para alcanzarlo aglutinando nuestras preferencias.
-Giuliano da Empoli habla “depredadores”. ¿La democracia, entendida como modo de gobierno y sistema de valores, tiene hoy enemigos internos y externos?
-Sí, es una tendencia que existe. Peter Thiel, quien reside hoy en Buenos Aires, es un ejemplo de lo que podemos llamar un enemigo interno de la democracia. Como enemigo externo tenemos al modelo chino: el éxito en una sociedad de mil 300 millones de habitantes que sacó de la pobreza a cientos de millones, pasando en 25 años de la insignificancia a ser puntera en ciencia y tecnología, pero que no es un modelo democrático. En un nivel mucho más pequeño está el caso Bukele, otro enemigo de la democracia, que se vende como modelo exitoso en materia de control de la violencia y de modernización para El Salvador.
Manuel Alcántara Sáez (Madrid, 1952) es Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Profesor emérito de la Universidad de Salamanca (USAL). Es Director del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales (CIEPS-AIP) en Panamá. Ha dictado cursos en el Centro de Estudios Constitucionales en Madrid y en Universidades extranjeras. Autor de numerosos libros, recibió el título Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú).